Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2007/06/09 00:00

El juego de las palabras

La Biblioteca Luis Ángel Arango le encargó al editor Alejandro Martín una exposición sobre el diccionario. El resultado es un juego inusual sobre una serie de hombres que se jugaron la vida por las palabras.

Las escaleras que llevan a las salas de lectura de la Biblioteca Luis Ángel Arango están adornadas con definiciones de palabras de uso común

Lo primero que se ve es una escalera de definiciones. Sube, de palabra en palabra, hasta la sala de exposiciones bibliográficas de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República Y entonces se abre el mundo de los hombres que dedicaron las vidas a jugar con los conceptos. Ahí, en las paredes de la muestra, en los márgenes de una especie de ciudad hecha de libros antiquísimos, están las historias de una serie de personajes casi inverosímiles, los lexicógrafos, que se convierten en nuestros prójimos a la salida del salón. La conclusión que entonces le queda al visitante, una entre tantas posibles, es que las biografías de esos investigadores prueban que lo que algunos llaman terquedad es lo que otros llaman vocación. Pero lo que más impresiona de aquel recorrido por la historia de los diccionarios es que sea un viaje divertido. Bien visto, tiene algo de milagro.

Detrás de los 1.000 juegos que se pueden encontrar en la exhibición, titulada Diccionario: una definición, se encuentra un editor colombiano de 32 años que ha tenido que ver con las matemáticas, la filosofía y el cine, Alejandro Martín Maldonado, que no sólo edita la revista piedepágina desde 2004, sino que ha puesto en marcha el portal de cine www.ochoymedio.info desde finales de 2002. “La directora de la Biblioteca, Ángela Pérez, me invitó a organizar la exposición porque le había gustado el número sobre diccionarios que hicimos ‘piedepágina’, dice Martín. Se propuso pensar, entonces, una exposición en la que se presentaran los elementos clave para entender los diccionarios desde una perspectiva distinta, que hiciera perder a los visitantes esa distancia que suele convertir al diccionario en un objeto pesado, aburrido, incluso intimidante. Quien pasa por las salas de la Biblioteca, por estos días, se tropieza con divertidas definiciones pegadas en las paredes cuando menos lo espera. Los pasillos del sitio están llenos de gente que sonríe.

La directora, cuenta el curador Martín Maldonado, siempre había querido darles juego a las exposiciones bibliográficas dentro de la Biblioteca. Y pensó que este año, 2007 de ‘Bogotá, capital mundial del libro’, el tema del diccionario, ese libro paradigmático donde se encierran todas las cuestiones acerca de la lengua, era más que relevante. El primer obstáculo con el que se encontró la exposición fue el espacio donde iba a tener lugar: “José Roca, el director de la Unidad de Artes del Banco de la República, me lo advirtió: el sitio no sólo tiene un área inmensa, sino que es de una altura tremenda”, dice Martín, que aceptó el consejo de Roca de no centrarse sólo en escoger los libros y textos sino en pensar directamente en el espacio que iba a intervenir. En la entrada de la biblioteca, dice, se le ocurrió que lo mejor era convertir la escalera que lleva a la sala en un diccionario. “Y así propuse que en la contrahuella de cada escalón se pudieran leer definiciones de ciertas palabras que de una vez pusieran a los visitantes a pensar en ideas cercanas al diccionario”, recuerda.

Venía, ahora, la pregunta por la selección de diccionarios. Esa tarea, que suena sencilla, pronto se convirtió en la más complicada: en pocas palabras, hay demasiados. Así que lo mejor, en la cabeza del curador, era poner en las vitrinas esos libracos antiguos a los que el público no podría tener acceso directo de otra manera. “Quise que hubiera otros de consulta libre para el público, pero esto no hacía sino ampliar las elecciones que había que hacer”, reconoce. Una vez elegido el eje de la exposición, el diccionario de lengua española, Martín Maldonado eligió las distintas secciones de la exposición, pensó los libros que se exhibirían y las imágenes que irían en los paneles ilustrativos. La diseñadora Camila Cesarino supo interpretar a la perfección el juego propuesto por Martín. Luis Fernando Ramírez, el museógrafo de la biblioteca, coordinó la disposición de los elementos en el espacio.

Y así, de pronto, apareció el juego. Una exposición de diccionarios plagada de humor. En la que están los trabajos emblemáticos, desde el Tesoro de Covarrubias, de 1616, el primer diccionario monolingüe del español (“que busca por encima de todo dar con las etimologías de las palabras”), hasta el Diccionario de Construcción y Régimen, de Rufino José Cuervo, “que era una suma de minuciosas fichas escritas a mano que él mismo fue recopilando con el paso de los años”. Una exhibición que cumple con contar la historia, pero que va más allá, a la reflexión, una pared final lleva al espectador a preguntarse hasta qué punto se consigue captar el lenguaje, qué es lo que hace que la gente confíe en lo que le dicta el diccionario y si el diccionario se verá cuestionado por la irrupción de la Internet. “Los diccionarios de Internet, imagina Martín, tendrán que proponer nuevos órdenes para las palabras, actualizarse constantemente y olvidarse de los límites de espacio”.

Tendrán que parecerse, quizá, a la sección más exitosa de la exposición. Aquella que propone a los visitantes que definan la palabra que quieran. Fue así: se dejaron hojas en blanco sobre la gran mesa en la que se pueden consultar los diccionarios; se liberó una pared y pronto, sólo tres días después de inaugurada la muestra, el muro estaba lleno de definiciones. “Había desde mensajes románticos hasta consignas políticas. Y entre todas me llamaron la atención, particularmente, dos que se referían a la exposición: ‘Rara’: la exposición que actualmente se está haciendo en esta sala. Pero muy interesante para lograr comunicar la importancia del diccionario en la comprensión de la lectura. Y ‘Diccionario’: Libro prohibido para los niños, especialmente si lo usan los maestros. No permite jugar, soñar, divagar... Hoy cambio de concepto”.

Ese “cambio de concepto”, ese proponer un diccionario que no sea una tarea sino un recreo, es el logro principal de esta exhibición que estará en la Biblioteca hasta finales de junio.

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