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| 9/24/2011 12:00:00 AM

El lado B del generalísimo

Una nueva biografía de Francisco Franco revela una faceta hasta ahora desconocida del dictador: el artista. Y la sorpresa sigue: su obra se parece a la de Adolfo Hitler, otro pintor frustrado.

A Vicente Gil, médico personal de Franco, le preocupaba que su paciente no tenía cómo librarse del estrés propio de ser un dictador. Por eso, no ahorró elogios para referirse al pequeño cuadro con el que un día le llegó a su consultorio. Lo había pintado la noche anterior, cuando, tras posar para un retrato, quiso probar suerte con el pincel. Decidió luego llevarle el resultado a Gil, uno de sus más fervientes aduladores.

El caso es que, hasta ahora, la faceta artística del dictador había permanecido oculta. El responsable de revelarla fue su nieto, Francisco Franco Martínez-Bordiú, un hombre de negocios que ha hecho su fortuna en el sector inmobiliario y que también es aficionado a la caza y a la pesca como su abuelo. Lo hizo en la biografía La naturaleza de Franco. Cuando mi abuelo era persona, obra recién publicada que pretende mostrar su lado más humano y así contrarrestar las "calumnias que se han vertido".

En sus páginas, el autor recuerda cómo "cada tarde, después del café, se encerraba un ratito a pintar. Era un gran dibujante. Algunos de sus cuadros eran copias de otros famosos, algún retrato de mi madre, su autorretrato. No eran excepcionales, pero sí de una calidad y realismo casi inalcanzables para la mayoría de aficionados a la pintura". El fruto de esta pasión oculta fueron 15 lienzos entre los que también hay retratos de su hija y algunos paisajes. Su carrera fue truncada en 1961 por un accidente que sufrió mientras estaba de cacería en la Nochebuena de ese año, cuyas secuelas no le permitieron sujetar más la espátula con la mano izquierda.

La biografía trae otras revelaciones, como que Franco cantaba zarzuela en el carro y la fascinación que le producía el pintor surrealista catalán Salvador Dalí, al punto que en una ocasión navegó en su barco, el Azor, hasta la isla de Cadaqués para reunirse con el artista. Años más tarde, en 1970, le regaló un retrato a lápiz de él y otro de su esposa, Carmen Polo, cuando Dalí visitó el Museo del Prado en Madrid.

Pero Franco no fue el único gobernante de su época que gastó horas frente a un lienzo. Dos contemporáneos suyos, Adolfo Hitler y Winston Churchill, también tienen una obra para mostrar. El ex primer ministro británico incluso tiene un libro: Painting as a passtime, en el que deja claro que la pintura fue un pasatiempo, ideal para momentos de abatimiento mental, frecuentes en personas que, como él, "han tenido que lidiar con excepcionales responsabilidades". Allí también sostiene que todo hombre público debe tener un hobby.

El Führer

Al contrario de Franco y Churchill, que recurrieron al arte con fines terapéuticos, Adolfo Hitler sí tuvo planes de desarrollar una carrera artística. Eso tenía en mente en septiembre de 1907, cuando, a sus 18 años, quiso ingresar a la Academia de Bellas Artes de Viena. Pero de nada le sirvió haberse preparado durante un año: fue rechazado al no superar la prueba de dibujo. Un año después volvió a fracasar en su intento. Entre uno y otro intento le fue negada la entrada a la escuela de Arquitectura.

Pese a estas frustraciones, en 1910 decidió dedicarse de lleno al arte. Comenzó con obras de formato pequeño, copias de postales y grabados antiguos. Pintaba sobre cartón y con lápiz, y utilizaba tintas de colores y acuarelas. Vendía sus obras en bares y cafés, con un socio suyo con quien vivía en un albergue masculino de Viena. Entre sus clientes predominaban los pequeños comerciantes judíos. Para 1913 se trasladó a Múnich, donde logró vivir de la venta de sus cuadros, que pintaba de día y de noche, según asegura en su autobiografía, Mein Kampf. Tras la Primera Guerra, en la que participó como cabo, sus prioridades cambiaron. La política desplazó al arte. Aun así, se consideraba un diestro pintor, "solo superado por mi talento de dibujante", como asegura en Mein Kampf.

Más adelante, con el Tercer Reich en pleno furor, Hitler no descuidó del todo esta inclinación, solo que pasó de artista a coleccionista: durante la Segunda Guerra, el régimen nazi se apoderó de obras pertenecientes a colecciones privadas y a museos públicos, sobre todo en Francia.

Con la misma tijera

Pero si la revelación de los cuadros de Franco llama la atención, sorprende más el parecido que tienen con los de Hitler. En un artículo publicado en el diario The Telegraph, el crítico de arte Mark Hudson analiza lo que tienen en común los cuadros de ambos tiranos. Comienza por mencionar cómo los dos prefieren técnicas y estilos convencionales. El Führer, con sus pálidas acuarelas, pintaba edificios majestuosos y el generalísimo, escenas de caza, género que Hudson asocia con la "masculinidad filistea", esto es "la clase de arte de los grandes del pasado a los que no les gustaba el arte".

Para este crítico, ambos se sintieron cómodos con temas que "ejemplifican un orden con el que se identifican, pero que sigue estando tranquilizadoramente fuera de su propia experiencia". Aquí el mejor ejemplo son los barcos de vela, presentes en la obra de ambos y también en la de Churchill. Asegura que si lo kitsch es la imitación de un estilo de una época sin dosis de ironía, los cuadros del dictador español encajan sin problemas en esta categoría.

Sobre el estilo de Franco, Hudson rescata "una vitalidad primitiva que recuerda a los pintores populares de América Latina". Asegura que en los cuadros de caza, como aquel en el que pinta un águila llevándose su presa, es en donde "parece más él mismo: se identifica claramente con el pájaro". Se refiere también al cuadro en el que un oso aparece atacado por perros. Aquí sostiene que, aunque se trate de una copia y haya sido pintada con fines terapéuticos, a la larga revela, como el resto de sus obras, "mucho más de sí mismo de lo que pretende".
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