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| 5/12/2007 12:00:00 AM

El lado introspectivo de la música

César López y Pedro Crump lanzan nuevos trabajos en los que exploran la composición como un retrato profundo del alma.

A finales de 2003, el disco Alas de Prueba II de César López me sirvió para hacer un experimento. Cuando llegaba gente a mi casa y la grabación estaba sonando, las mujeres se detenían a escuchar y casi de inmediato identificaban la música como perteneciente a “una película”. Era imposible que la hubieran oído antes porque el disco estaba recién salido, pero lo afirmaban con plena seguridad. Sin embargo, cuando les pedía identificar la película, comenzaban a tambalear. Al final concluían que no se trataba de una película que hubieran visto en cine o en televisión, sino de algún episodio propio que ellas veían como una escena de su “película interna”.

No puedo sacar conclusiones porque no tengo herramientas científicas. Ni puedo saber, por ejemplo, por qué el fenómeno se repetía con mujeres y nunca sucedió con hombres. Pero hace poco le conté esta anécdota a César López y me dio una luz. Me dijo que su manera de componer consistía en evocar imágenes consecutivas para crear la sensación de movimiento, muy al estilo de los cinematógrafos. “Me siento al piano y atrapo una imagen, la convierto en música y eso me da unos 10 segundos, luego atrapo otra y así”. Al parecer, la sensibilidad femenina se conectó con esa dinámica emotiva de composición.

Ahora cuando acaba de aparecer Alas de Prueba III, el panorama se va esclareciendo y descubrimos una madurez en ese juego de creación musical que ya lleva 10 años. No se trata de compararla con la música de cámara de tradición europea, porque el mismo César dice que “si se analiza el ADN de estas piezas, se descubre que el papá es un tipo que viene del rock”. Pero la opción de emplear instrumentos como el piano, el oboe y el violonchelo consigue generar una actitud distinta entre los oyentes: esta es música que invita a guardar silencio y encontrar resonancias en el alma.

Estos ejercicios comenzaron cuando López aún era integrante de Poligamia. Conoció a Lía Uribe, fagotista de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, y empezó a escribirle obras para piano y fagot como su particular declaración de amor. Con el tiempo fueron llegando amigos y la familia instrumental fue creciendo. César ha dicho que “más que escribir para un instrumento, escribo para la persona”.

Meses atrás había aparecido otro disco que refleja maneras no convencionales de composición. Se llama El silencio del agua y es interpretado íntegramente por Pedro Crump. Las piezas están tocadas en sintetizadores sobre constantes fondos sonoros de agua: hay sonidos de manantial grabados en los cerros orientales de Bogotá, sonidos de la lluvia cayendo en el patio de una casona en Chapinero y sonidos del mar recogidos en las playas de Bocagrande, en Cartagena.
Lo curioso es que Pedro venía de estudiar percusión afrocolombiana y empezaba a trabajar en un proyecto de tambores, cuando fue contactado por unas vecinas bioenergéticas que le sugirieron que compusiera música para la instrospección. Pedro empezó a tomarse en serio la idea. Recogió primero las grabaciones del agua y luego las reprodujo en su estudio, y les agregó las notas que la misma agua le iba sugiriendo.

Crump es seguidor de las teorías de Masaru Emoto, el médico japonés que descubrió que los componentes del agua se pueden alterar si se les expone a diferentes vibraciones. Hace poco me dijo, convencido, que al estar el cuerpo humano conformado en un 75 por ciento por agua, su grabación encuentra una resonancia muy fácil y ayuda a armonizar el cuerpo. Una vez más, no hay herramientas científicas para comprobar estas cosas. Pero acaso el valor que tienen estos ejercicios de composición es la búsqueda de otras formas, dictadas menos por las leyes de armonía occidental que por los profundos impulsos del alma.
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