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| 3/24/2003 12:00:00 AM

El ladrón de orquídeas

Una comedia sobre los deprimentes trucos a los que recurren los guionistas de todas las películas que vemos.

Lo mas interesante de esta comedia es que se pregunta, en el fondo, quién es el verdadero autor de una película. Desde que los franceses rescataron la figura del director, al comienzo de los años 60, hemos ido a los teatros con la misma actitud con la que leemos una novela -vamos, por ejemplo, a ver "la última película de Francis Ford Coppola"- y año tras año han aparecido ante nosotros realizadores capaces de incorporar el oficio de actores, operadores, escenógrafos, músicos y vestuaristas a una visión personal del mundo que puede intuirse en los personajes y las historias de cada uno de 'sus' largometrajes, pero El ladrón de orquídeas, que convierte en ficción el drama verdadero de Charlie Kauffman, su guionista, podría ser el principio de una nueva tendencia del cine de nuestros días.

A Kauffman ("gordo, asqueroso, patético", según su propia descripción) le ha sido encargada, en las primeras escenas de este divertidísimo relato, la adaptación cinematográfica del libro que la periodista neoyorquina Susan Orlean ha escrito sobre el desdentado John Laroche, un cazador de orquídeas obsesionado con él mismo ("soy el tipo más listo que conozco", suele repetir en público), pero su extremado respeto por el texto, su dolorosa inseguridad frente a las mujeres y sus inmensas dudas sobre su propio talento le han hecho virtualmente imposible llevar a cabo aquel trabajo. Dos personajes que representan todo lo que odia lo ayudarán, sin embargo, a replantear sus estrategias: el primero, un pragmático hermano gemelo llamado Donald -que, aunque no existe en la vida real, también fue nominado al Oscar de este año por aparecer en los créditos de la producción-, lo conducirá hasta el segundo, el analista Robert McKee, que se ha hecho famoso entre los aspirantes a guionistas, en la realidad y en la ficción, por sus esclarecedores cursos de tres días.

El ladrón de orquídeas es, como puede verse, una comedia llena de paréntesis e ideas entre guiones que comprende, frente a nosotros, que vivir es adaptarse. Que no se es original jamás y que es imposible considerarse el autor de una película. Charlie Kauffman, el personaje ficticio, interpretado por Nicolas Cage y dirigido por Spike Jonze, grita "no quiero crear hombres que superan obstáculos y aprenden profundas lecciones sobre la vida: la vida no es así", pero Kauffman, el guionista de carne y hueso, consciente de que sólo la ficción hace verosímil la realidad, termina por ceder a todos los trucos que se consiguen en el mercado (en un largo final en el que la broma se hace, quizá, demasiado evidente) para encoger los hombros ante sus ambivalencias y sus contradicciones.

Por eso, porque se atreve a oscilar entre la honestidad y la mentira, los narradores de profesión y todos los que disfrutaron ¿Quieres ser John Malkovich?, la obra anterior de Kauffman y de Jonze, verán más de una vez esta estupenda parodia.
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