Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1999/09/20 00:00

EL LADRON

Guardadas las proporciones, esta película rusa es perfectamente asociable al drama de miles <BR>de colombianos.

EL LADRON

Las guerras, cualesquiera que ellas sean, pueden medirse por el número de muertos que
generan, pero también a partir del drama de sus sobrevivientes, muchos de ellos desplazados que una
vez concluido el conflicto han perdido hasta la esperanza de volver a casa. Rusia, por supuesto, no fue la
excepción y el director Pavel Chukhrai, con base en un pequeño episodio particular que adquiere por sí
mismo dimensiones universales, está dispuesto a demostrarlo en El ladrón. La película narra la historia de
Sanya, un niño de seis años que ha nacido a la vera del camino apenas terminada la Segunda Guerra
Mundial. Su madre, Katya, se las ha arreglado para sobrevivir hasta que un día, a bordo de un tren, conoce
a un apuesto miembro del Ejército Rojo, quien apresuradamente le propone _mal o bien_ un futuro a su
lado en cualquier pueblo. Sin rumbo fijo y nada que perder, Katya termina por aceptar la oferta del galán. Pero
para Sanya ese encuentro será definitivo. Obsesionado por su padre _un soldado anónimo probablemente
muerto en combate y sobre el cual no se habla_, Sanya lo sueña por las noches e inclusive inventa
sorpresivas y fantasmales apariciones de ese ser remoto que nunca conoció pero que ha crecido en su
corazón hasta el punto de competir con ese aparecido que insiste en reemplazarlo sin motivo. Al fin y al cabo
no resulta ser el militar que es, sino un pobre y egoísta ladronzuelo que utilizará la debilidad de su madre para
convertirla en cómplice. Ni el ladrón, ni Katya ni el pequeño tienen la culpa. Es la vida misma la que los ha
curtido de tal forma. Tanto que Sanya terminará llamando padre a su improvisado padrastro a pesar de que
termine urdiendo una venganza contra él tiempo después, cuando su madre ha muerto y él sea un adolescente
en busca de acabar de una vez por todas con el fantasma de su padre . A pesar de la lejanía geográfica que
supone esta historia rusa sus características coinciden en más de un detalle con el drama de miles de niños
colombianos, víctimas de una violencia que no les ofrece ningún futuro promisorio. Tal vez esa sea la mayor
virtud de El ladrón, una dura anécdota local que trasciende sus propias fronteras para ubicarse como ejemplo
en cualquier escenario en conflicto. n Soldado universal, el regreso ollywood parece quedarse corta en
imaginación. A las cada vez más numerosas adaptaciones contemporáneas de películas del pasado las casas
productoras le han sumado la costumbre de convertir sus realizaciones en series casi nunca justificadas.
Es el caso de Soldado universal, cinta de acción protagonizada por el belga Jean-Claude Van Damme que
hizo furor en la taquilla a comienzos de la década a fuerza de patadas, explosiones y ráfagas de metralleta.
En principio no habría ninguna novedad en el estilo si no fuera por el descaro a mansalva de inventarse una
segunda parte. En esta ocasión el corpulento Luc Deveraux (Van Damme), ya rehabilitado del todo luego de
haberse convertido en una supermáquina de matar en la primera parte, debe hacerle frente al poder de una
computadora que, bajo la amenaza de ser desconectada, cobra autonomía absoluta y se apropia del
programa genético que hace posible transformar en androides superdotados a antiguos soldados muertos en
combate. El resultado es un ejército de autómatas que pone en riesgo la seguridad nacional. La película no
merece mayor comentario. Además de la pésima actuación de Van Damme _un descubrimiento como el del
agua tibia_ la cinta está llena de tonterías camufladas torpemente bajo el sello de la acción. Con un
agravante: la obsesión del director por romper paneles y paneles de vidrio en cada pelea, recurso explotado
hasta la saciedad en Duro de matar. Floja de principio a fin, la segunda parte de Soldado universal es un
sartal de aburridas peripecias que no alcanzan a levantar el ánimo de los más furibundos fanáticos de la
acción.

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