Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2009/01/19 00:00

El legado del ‘Chuli’

Con una exposición y un libro se rinde homenaje a Fernando Martínez Sanabria, precursor de la arquitectura moderna.

Interior del Edificio Martínez-Darrién, 1957. Portada del libro ‘Fernando Martínez Sanabria’, edición de Molinos Velásquez y la Alcaldía de Bogotá

Los nombres de Germán Samper, Bruno Violi, Leopoldo Rother, Rogelio Salmona, Karl Brunner, Gabriel Serrano, Guillermo Bermúdez y Fernando Martínez Sanabria pasarán a la historia de la arquitectura colombiana como los de quienes dedicaron toda su vida a pensar y repensar el diseño de las ciudades y las edificaciones. Quizá sea Fernando Martínez quien mejor encarne esa búsqueda incesante por definir una arquitectura de lugar. Hijo de inmigrantes españoles, nacido en 1925 y fallecido en 1991, Martínez se empeñó desde muy joven en organizar el Plano Regulador para Bogotá, en plenos años 40, cuando aún la ciudad era una pequeña metrópoli que en tan sólo dos décadas, se convertiría en una urbe desmesurada.

El 'Chuli', o el Mono Martínez, como le dijeron siempre, fue un estudiante adelantado de su generación. Bachiller del Gimnasio Moderno, estudiante de la facultad de arquitectura de la Universidad Nacional, se graduó en 1947, a los 22 años de edad. Discípulo de las ideas del arquitecto suizo -nacionalizado francés- Le Corbusier, Martínez además de ser un hombre culto, amante de la música, de la lectura y de las artes, fue siempre un librepensador. Su idea de la arquitectura quería desatarse del academicismo reinante en buena parte del mundo y por eso abrazó las ideas de la Carta de Atenas, el manifiesto que Le Corbusier propuso como camino en el IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna, celebrado a bordo de la embarcación Patris II que recorría la ruta Marsella-Atenas. En este documento, publicado finalmente en 1942, se buscaba "una separación funcional de los lugares de residencia, ocio y trabajo poniendo en entredicho el carácter y la densidad de la ciudad tradicional. En este tratado se propone la colocación de los edificios en amplia zonas verdes poco densas".

Martínez entró en contacto con Le Corbusier en 1947, cuando el arquitecto visitó Bogotá. Y desde entonces, junto a Gabriel Samper y Rogelio Salmona -quien trabajó en París con él-, sostuvieron una correspondencia sobre un plan que, como en La Vorágine, se tragó la violencia. Aunque muchas de las ideas de Le Corbusier tuvieron eco en los jóvenes arquitectos, el Plan como tal jamás se llevó a cabo. En parte por el desorden institucional colombiano, y en parte por la violencia que desencadenó el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948.

Martínez, sin embargo, insistió en sus ideas, participó en cientos de concursos y realizó obras de carácter público que, aunque muchas de ellas hoy demolidas y olvidadas, son parte de la memoria de la ciudad. Así ocurre, por ejemplo, con las viviendas del barrio Veraguas, en el sector de Puente Aranda, en Bogotá, que fueron transformadas sin consideración; el recién recuperado edificio de la Caja de Sueldos de Retiro de la Policía, en donde funcionó el Hotel Hilton en los años 80, en la calle 32 con carrera séptima, y el edificio de la Caja Agraria, en Barranquilla, que se encuentra abandonado. O, el más citado en estos días, la remodelación de la Plaza de Bolívar. Hoy, cuando se le hace homenaje al 'Chuli', bien vale la pena preguntarse por su legado. Uno que está registrado en el libro que se lanzó el pasado jueves en el Museo de Bogotá, con ensayos de Alberto Zalamea y Fernando Montenegro y que se puede admirar en una exposición dedicada a su obra, pero que, en ocasiones, como ocurre con el edificio ubicado en la carrera séptima con calle 84 en el barrio El Retiro, de Bogotá, parecen condenados al desdén y al olvido.

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