Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1997/11/03 00:00

EL LEGADO DEL POPMODERNISTA

Con la muerte de Roy Lichtenstein el 'pop-art' pierde a uno de sus máximos gestores y el mundo del 'comic' su más firme cultor artístico.

EL LEGADO DEL POPMODERNISTA

Ante el refinamiento estetico alcanzado por el expresionismo abstracto, con sus manchones de pintura, sus trazos líricos y apasionados y su desaforada sensibilidad, la imagen de un Lorenzo Parachoques salpicado de puntos y elevado a la categoría de una monumental viñeta parecía más una desfachatada broma que una verdadera propuesta artística. Sin embargo en esa broma irreverente se hallaba, precisamente, todo el sentido de la obra de Roy Lichtenstein, uno de los mayores cultores del arte pop y, sin duda, el encargado de que las tiras cómicas iniciaran un viaje sin retorno hacia su consagración como hecho artístico.
Que sus reproducciones hayan representado una denuncia contra el marcado consumismo de la sociedad estadounidense contemporánea, o tan sólo una exaltación irónica del paraíso de confort prometido por el sueño americano, todavía no está muy claro. Lo cierto es que a comienzos de la década de los 60 el expresionismo abstracto había llegado a tal punto de comercialización que para muchos rebeldes el concepto artístico estaba en entredicho. De alguna manera había que hacer descender al arte de su pedestal postizo, del estatus que representaba para los opulentos consumidores de la democracia mercantilista adquirir un cuadro que hiciera juego con la sala. Ya no era arte lo que compraban sino su precio. Y qué mejor manera de reaccionar contra el fenómeno que reivindicar el valor artístico de la iconografía popular, representada por todas aquellas imágenes ofrecidas por los medios de comunicación de masas y por los objetos domésticos de uso cotidiano que se habían encargado de confirmar que la sociedad de consumo había nacido para devorarlo todo.
Que Andy Warhol, sin duda el más popular y excéntrico de los exponentes del pop-art, y Roy Lichtenstein hubieran decidido trabajar sobre la iconografía popular del comic al mismo tiempo y sin que hasta ese momento hubieran oído hablar el uno del otro, es una coincidencia que no hace sino reafirmar que su movimiento artístico no era una simple banalidad pasajera. Sólo que mientras Warhol dibujaba las tiras cómicas con cierto estilo personal, Lichtenstein logró desprenderse desde el comienzo del concepto de originalidad en su obra. No sólo había imitado el comic sino que había reproducido incluso los puntos bendei, ese revolucionario proceso de impresión de imágenes coloreadas que Lichtenstein adoptó como una rúbrica tan propia como impersonal en relación con la obra de arte. Estaba claro que más que la conexión íntima entre el artista y su obra -según los cánones de los expresionistas- lo importante era el objeto como tal y, además, reproducido en serie como símbolo de la cultura americana de masas.
Hijo de la industria del consumo, pues de hecho había trabajado varios años como diseñador industrial antes de dedicarse de lleno a la pintura, Lichtenstein de alguna manera intuía sus propuestas. Sólo faltaba que sus propios hijos se convirtieran en catalizadores directos de un estilo que lo convertiría en uno de los más famosos artífices del arte moderno norteamericano. Devoradores de los comics y de las figuritas promocionadas en los chicles, sus hijos lo habían cuestionado más de una vez sobre el porqué esos hipnóticos dibujos no podían acceder a categoría artística. Su padre, simplemente, les halló la razón. Luego de haber experimentado sin suerte en el expresionismo abstracto durante los años 50, Lichtenstein llegó en 1961 a la galería de Leo Castelli, quien de paso se transformaría en el mayor promotor del arte pop, con su primera viñeta de tira cómica. Se trataba de una reproducción casi exacta de una hilarante escena entre el ratón Mickey y el pato Donald. Castelli quedó cautivado.
El mundo artístico de Lichtenstein empezaba a abrirse camino. Sus figuras no sólo estaban colmadas de una gran ironía sino que se erigieron en el retrato de una sociedad que ni siquiera se había percatado de sus propios gustos. Al lado de los comics y los avisos publicitarios que exaltaban a la figura femenina no sólo como símbolo sexual sino también como el prototipo del ama de casa, aparecieron también las representaciones de los aparatos domésticos. Si Warhol se había dedicado a los tarros de sopa, a las cajas de jabón, a los frascos de arvejas, en fin, a los productos de supermercado, Lichtenstein exaltaría las lavadoras, los calcetines, las aspiradoras y todos aquellos bienes de confort. Y si Warhol había escogido las figuras míticas del cine como Marilyn Monroe y Elvis Presley, Lichtenstein sería el abanderado de los grandes héroes de las tiras cómicas.
La revolución artística estaba hecha, pero para muchos su victoria cultivaría también el germen de su condena. El arte pop, que había nacido como una reacción a la absurda comercialización de la pintura como refinado objeto de decoración, estaba llamado a sucumbir también al poder devorador de la sociedad de consumo. Sus obras eran tan populares que pronto se convirtieron en productos de mercado, igual o más costosos que sus antecesores. El propio Lichtenstein había sentado su protesta frente a que cualquier manchón de pintura se vendiera por un millón de dólares, con lo cual quiso decir que el expresionismo abstracto había llegado a sobrepasar los límites del arte para constituirse en un bien económico como las acciones de bolsa y los automóviles lujosos. Pero paradójicamente él mismo terminó rompiendo marcas de venta en el mercado del arte, con precios que sobrepasaban comúnmente los siete millones de dólares.
Las vanguardias posteriores reaccionarían enérgicamente contra lo que consideraban un arte totalmente desprestigiado, una moda pasajera y anodina que estaba condenada al olvido. Pero la realidad artística del final del siglo se ha encargado de reconocer la enorme influencia del pop en las manifestaciones actuales. Conceptos como la relatividad de la obra original, la exaltación del objeto como fenómeno artístico y las reflexiones alrededor de la idea por encima de la belleza estética de la obra, del virtuosismo del artista y la imaginería popular como lenguaje artístico autónomo, son de alguna manera una herencia del pop art.
Si el término posmoderno ha sido revaluado en los últimos años por los especialistas, por lo menos deben reconocer que, gracias a Lichtenstein y a sus colegas, el arte actual tiene mucho de popmoderno.

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