Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/07/21 00:00

EL legado de Le Corbusier

Se inauguró en Francia la última obra que diseñó en su vida Le Corbusier, el arquitecto más influyente del siglo XX. La Iglesia de San Pedro reúne todo el poder formal y funcional que caracterizó su trabajo.

Charles-Edouard Jeanneret, conocido como Le Corbusier

Pasaron 46 años antes de que los habitantes de Firminy, un sector de las afueras de la ciudad francesa de Saint Etienne, pudieran ver en pie su anhelada iglesia. No se trata de cualquier edificio, es la Iglesia de San Pedro, la última obra diseñada por
Charles-Edouard Jeanneret, conocido como Le Corbusier, el padre del movimiento moderno. Creador de edificios tan significativos como la Unidad Habitacional de Marsella y la Villa Savoye, obras que redefinieron el curso de la arquitectura mundial.
 
En el año de 1960, Eugène Claudius-Petit, alcalde de Firminy, encargó al arquitecto suizo el diseño de una iglesia que reflejara el espíritu progresista de la ciudad. El edificio se concibió como la piedra angular del proyecto para renovar e internacionalizar la región. Cuatro años después, Le Corbusier finalizó los planos con la ayuda de su joven aprendiz José Oubrerie. Sin embargo, la muerte del maestro en 1965 se convirtió en el primero de una cadena de sucesivos golpes que tendría que enfrentar el proyecto. En 1970 se colocó la primera piedra del edificio, pero la construcción oficial sólo se inició a finales de 1973.

La iglesia proyectada por Le Corbusier era un revolucionario volumen similar a un cono asimétrico de concreto de 40 metros de altura suspendido sobre un sólido basamento de 25 metros de lado. En el interior albergaba cuatro plantas conectadas a través de una rampa que remataba en una cumbrera inclinada que fue diseñada milimétricamente para que los rayos del sol del atardecer iluminaran el altar.

Los primeros cinco niveles del edificio se terminaron en 1976, pero la falta de fondos hizo que las obras se paralizaran definitivamente dos años después. Entonces, lo que debía ser una de las iglesias más representativas de la época pos revolución industrial se convirtió en una penosa ruina abandonada durante más de 20 años. Esto hasta que en 1996 las autoridades francesas declararon el complejo como patrimonio arquitectónico del país, lo cual aseguró los recursos necesarios para finalizar su construcción.

En 2001 se reactivó oficialmente el proyecto, con la idea de convertirlo nuevamente en el eje central del plan de desarrollo de la ciudad, el cual esperaba atraer a 100.000 visitantes por año. El cálculo de las autoridades fue bastante conservador, ya que sólo seis meses después de inaugurada la Iglesia, han visitado la ciudad cerca de 200.000 turistas.

Reanudar una obra inconclusa de un arquitecto como Le Corbusier es casi tan complejo como terminar un cuadro de un famoso pintor del renacimiento. La primera decisión afortunada fue encomendar al arquitecto Oubrerie –el entonces aprendiz del maestro– la revisión de los planos, la readecuación de algunos espacios y la incorporación de componentes tecnológicos exigidos actualmente en los edificios de esta envergadura.
 
El primer cambio consistió en reemplazar la residencia del sacerdote y la escuela religiosa, ubicados en el primer piso, por una serie de espacios abiertos destinados a las nuevas salas del Museo de Arte Moderno de la ciudad. Este cambio fue necesario, ya que las normas francesas impiden el desembolso de dineros públicos para financiar obras exclusivamente religiosas.

El gran mérito de Oubrerie fue ejecutar cada uno de los cambios de una manera sutil, casi imperceptible, manteniendo el espíritu brutalista de las fachadas. Por eso, de los bocetos y esquemas originales hechos en tinta y acuarela a la iglesia hoy construida existen muy pocas variaciones. Después de concluida la etapa de revisión de los planos se iniciaron los trabajos para readecuar las primeras plantas abandonadas, y posteriormente se fabricó la pesada nave central de hormigón.

La imaginación de Le Corbusier no tenía límites, menos cuando se trataba de diseñar iglesias. Los dos edificios religiosos que construyó en vida fueron quizá la cumbre de su búsqueda de nuevas soluciones formales y funcionales en la arquitectura. La capilla de Ronchamp y el convento de Tourette, ambos construidos en Francia, redefinieron para siempre el diseño de templos cristianos.

La iglesia de San Pedro de Firminy completa una de las trilogías más importantes de la arquitectura moderna. Su arquitectura es tan radicalmente contemporánea, que incluso varios críticos han expresado la dificultad de entender a primera vista los complejos esquemas de circulación y el juego de luces y sombras que se proyectan en los pesados muros de concreto. Hace 70 años, Le Corbusier expresó “Mi arquitectura y mis principios necesitan por lo menos 30 años para ser acogidos y traducidos en aplicaciones prácticas”. En el caso de la iglesia de San Pedro, fueron necesarios 46 largos y tortuosos años.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.