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| 1/21/2012 12:00:00 AM

El legado de Lucho

Al conmemorarse 100 años del nacimiento de Lucho Bermúdez, su obra sigue siendo el referente de músicos jóvenes y parte vital de una identidad colombiana. Por Juan Carlos Garay.

Lucho Bermúdez orquestaba como nadie. Tenía un conocimiento de los instrumentos de viento que le permitía separarlos en secciones muy dinámicas: el clarinete dice esto, los saxofones le contestan así. Y jugaba con los ritmos. Más allá de la cumbia, que dominaba a la perfección, se acercó al bolero, al pasillo, al vals. Una de sus primeras composiciones, Doble Cero, es un danzón cubano a cabalidad. Años después llegó a exuberancias como Fiesta de negritos, cuya base es una larga improvisación de clarinete en lenguaje de jazz. Parecía Benny Goodman, pero con un toque mulato.

Buena parte de la solidez de su obra tiene que ver también con sus melodías, que fueron atractivas más allá de las modas y las generaciones. En la música de Lucho Bermúdez cada frase parece sugerir interpretaciones distintas y al mismo tiempo es suficientemente fuerte para mantener la identidad. Jacobo Vélez, el líder de la agrupación La Mojarra Eléctrica, cuenta que la primera vez que escuchó la gaita Plinio Guzmán (con la que Bermúdez inmortalizó a su médico personal) fue tocada por el grupo folclórico de la Universidad del Valle. "Me gustó sin saber que era de Lucho. Es una melodía que tiene la esencia de lo colombiano y al mismo tiempo la saca de lo típico. Luego la volví a oír en un casete y decidí ponerla en mi repertorio".

La versión de Plinio Guzmán de La Mojarra Eléctrica apareció en 2003, en su primer disco. Jacobo Vélez, sin embargo, ideó un arreglo diferente a la grabación original: usó como centro una marimba de chonta y agregó instrumentos eléctricos cercanos al rock. El resultado sonaba un poco a pilatuna, pero rápidamente se convirtió en un referente explosivo de nuestra renovación musical. Vélez considera que aquel ejercicio es semejante a los que hizo Lucho Bermúdez en su tiempo: "Su decisión estética fue reinterpretar lo tradicional a partir de las influencias de Duke Ellington o de Benny Goodman. Así desarrolló un sonido particular y cambió la historia musical de Colombia".

Pero la melodía de Plinio Guzmán no conoció allí su última versión. En 2007, la orquesta La 33 la incluyó en su disco Gózalo, esta vez a ritmo de salsa. ¿La razón? La costumbre colombiana de desempolvar viejos discos tropicales cada fin de año. "Ese tema me traía muchos recuerdos de la niñez", cuenta el director de la orquesta, Sergio Mejía, "y justo por esa época estábamos buscando hacer algo salsero pero que sonara colombiano al mismo tiempo". Así, en una nueva encarnación, la obra del maestro Lucho volvía al panorama internacional.

En realidad nunca se ha ido. Más allá de las orquestas 'de época' que todavía trabajan con los arreglos originales, no es difícil descubrir esta música como parte de nuestro acervo, como referencia de nuestra identidad. Hasta su separación hace un par de años, el grupo de reggae Huevo Atómico cerraba sus conciertos con una versión antillana de La gaita de las flores. Y en el marco de la música pop, Andrés Cabas suele incluir Colombia tierra querida en sus presentaciones por fuera del país. "Es una canción que hace que uno extrañe la tierra", explica Cabas. "Lucho logró una identidad uniendo elementos del jazz y la música colombiana. Todavía hoy, muchos de los arreglos que utilizan clarinete tienen su influencia".

Vigente, a Lucho Bermúdez se le respira aún gracias a ese consejo que le daba a los músicos de su orquesta: "A donde voy exijo que haya alegría, que contagien a la gente". Esa alegría está cumpliendo su primer siglo.
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