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| 5/31/2010 12:00:00 AM

El libro como objeto único

Una pequeña editorial de Medellín les apuesta a los libros de excelente calidad estética.

Carlos Vásquez
El oscuro alimento
Tragaluz editores, 2009
55 páginas


Después de leer y acariciar los preciosos libros de la editorial Tragaluz, no me queda la menor duda: la literatura del futuro se editará así. En pequeñas editoriales independientes, a baja escala, con un gran cuidado de su forma física y de sus contenidos. Para ser conservada por unos pocos pero calificados lectores.

Se ha vaticinado que el libro electrónico acabará con el libro físico. Quizá con aquel hecho para el consumo, perecedero, publicado a gran escala a través de un pesado y costoso sistema editorial que necesita reproducirse creando al menos un best seller por año. No con el libro hecho como un objeto único donde el editor, en vez de darle al lector la obra que estaba esperando, le propone la que no sabía que estaba esperando.
 
Muchos escritores importantes –que publican en grandes editoriales– han empezado a ver las bondades de publicar en editoriales pequeñas donde sus obras no quedan abandonadas a la lucha feroz “del libro más vendido” como criterio absoluto.

Florecen en varios países las editoriales independientes y Colombia no es la excepción. Desde hace cinco años Pilar Gutiérrez y Juan Carlos Restrepo se empeñaron en fundar una editorial que produjera libros comprometidos con la buena literatura y la gráfica.
 
“Nos distingue la alta calidad estética, los buenos ilustradores y una excelente factura. Los libros de Tragaluz recobran la noción de objeto, buscan superar el olvido y pasar de una generación a otra, como tesoros para conservar”. Su carta de presentación fue el libro Tres poemas ilustrados, de Jaime Jaramillo Escobar con ilustraciones de José Antonio Suárez Londoño, con el cual ganaron el X Premio Lápiz de Acero 2007. La poesía los dio a conocer y su proyecto es el de reunir en ella títulos de 15 poetas representativos de Colombia. Empezaron con los reconocidos y siguieron con otros más jóvenes.

Por cierto, el último libro publicado, El oscuro alimento, de Carlos Vásquez, es el descubrimiento de un poeta riguroso y exigente que merecía la divulgación: “La empujarán hasta la ceniza. Allí donde una puerta de perdón se abre. / La depositarán en el verbo y el verbo la cubrirá”. Se trata, sin duda, de una poesía metafísica que se pregunta por la muerte y la palabra como una respuesta a la muerte. De raíces órficas, nada menos: la palabra y la ausencia. No es común este tipo de poesía en nuestro medio que tiende a excluir la reflexión del quehacer poético: “Si la palabra llama por mí, soy la oscuridad que la piensa”. Un dato que me llamó la atención: al cotejar la lectura del autor –el libro viene con un mini CD– con el texto, había diferencias, frases y palabras distintas. Averigüé y no se trataba de ninguna errata sino de un retoque del autor, de una creencia en lo inacabado del trabajo artístico. Borges cambiaba sus poemas cada vez que podía: el pintor Bonnard, con sus cuadros colgados en el Louvre, es decir, ya consagrado, entraba a escondidas al museo con un pincel y los retocaba. Como lo sabía Paul Valéry: un poema no se termina, se abandona.

La poesía no es la única colección editorial de Tragaluz Editores. Hay otra, ‘Cuaderno de notas’, que empezó con un libro sobre Débora Arango (el segundo será sobre Gregorio Cuartas, un pintor antioqueño que vive en París hace muchos años). Y otra más, con libros de gran formato. En fin, libros buenos y bonitos. No son demasiado costosos de producir ni demasiado costosos para comprar. Y la editorial no se quiebra, por el contrario, crece. A la gente le sigue gustando el libro como objeto, por eso no van a desaparecer. Seguramente convivirá sin problemas con el libro electrónico, que es maravilloso, pero es otra cosa. En vez de alimentar falsas profecías, deberíamos más bien exigirles a las grandes editoriales que les permitan a los editores volver a hacer lo que ellos saben hacer: libros que los lectores no sabían que estaban esperando.
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