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| 3/2/1998 12:00:00 AM

EL MAÑANA NUNCA MUERE

Ahora James Bond se enfrenta a un magnate de las comunicaciones que quiere armar una guerra sólo para disparar la audiencia.

Por más que lo quieran sus saturados enemigos, el agente 007 no pasa de moda. Su refinado estilo de vida, su reputación con las mujeres y su elegancia para encarar las situaciones más peligrosas con ayuda de exclusiva tecnología han producido tanto eco en el público, que ya no importa que se haya acabado la guerra fría y los superespías se hayan quedado sin empleo. El héroe creado por Ian Fleming ha desbordado su tiempo reclutando fanáticos generación tras generación. Así ha sucedido con Pierce Brosnan, por quien pocos apostaban cuando fue elegido el sucesor de Sean Connery y hoy ha dejado callados a sus detractores. A pesar de todas las críticas la leyenda continúa, esta vez con la película de Roger Spottiswoode El mañana nunca muere. Acostumbrado a lidiar con los más diversos villanos, James Bond se enfrenta en esta ocasión a un magnate de las telecomunicaciones que juega a armar guerras para asegurar audiencia en sus noticieros de televisión y millones de lectores para sus revistas y periódicos. El perverso doctor Carver (Jonathan Pryce) no se limita a divulgar noticias, sino que él mismo las produce y las manipula a su antojo, gracias a sus aventajados mecanismos para controlar satélites, burlar radares y tergiversar información militar clasificada. La misión de Bond es detenerlo, y para llevarla a cabo vuelve a hacer gala _con la debida actualización_ de toda su parafernalia tecnológica. Bond es el mismo seductor de siempre al servicio de cualquier dama que se le aparezca, el mismo prestidigitador capaz de las más increíbles proezas, el mismo intrigante solitario cuya vida envidian todos sus colegas. Todo en Bond es tan decididamente exagerado, que sus aventuras más que suspenso terminan causando risa. Por supuesto, ningún espectador estaría dispuesto a comerse el cuento si no fuera porque, en definitiva, al 007 se le perdona todo en aras de que pueda conservar su reputación intacta.
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