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| 2/8/2014 4:00:00 AM

Philip Hoffman, el maestro del lado oscuro

Las drogas y la actuación fueron los dos grandes demonios de Philip Seymour Hoffman. El actor llevaba su oficio hasta el límite y eso le costó la vida.

“Soy un adicto”, le dijo el hombre al periodista que acababa de preguntarle a qué se dedicaba. Entonces el sujeto se quitó el gorro de lana y el reportero se dio cuenta de que su interlocutor no era cualquiera: “¡Eres Philip Seymour Hoffman!”. “Bingo”, le respondió el otro. La escena ocurrió hace solo unos días, durante el Festival de Cine de Sundance. Fue el último evento público al que Hoffman asistió. Dos semanas después la Policía de Nueva York sacaba su cuerpo sin vida de un apartamento en Bethune Street, West Village.

Vivía allí desde octubre cuando su novia, la diseñadora Mimi O’Donnell, con quien tenía tres hijos, lo echó de la casa. El actor había vuelto a consumir drogas prescritas y heroína después de mantenerse limpio por 23 años, la mitad de su vida. Quiso intentarlo de nuevo y se internó diez días en una clínica de rehabilitación en mayo y en diciembre pasados. Pero tampoco funcionó. Cuando el domingo lo encontraron muerto en el baño aún tenía la aguja en el brazo izquierdo: había 20 jeringuillas más y alrededor de 50 papeletas de heroína marcadas con la leyenda “As de espadas” y el símbolo del as de corazones.

Las autoridades creen que se trató de una sobredosis (el reporte oficial de la autopsia aún no arroja conclusiones), aunque en un principio se pensó que la droga tenía rastros de fentanilo, un opiáceo cien veces más poderoso que la morfina. De hecho, esa fatal mezcla causó una docena de muertes en Pensilvania, Nueva York y Rhode Island durante los primeros días de enero. Sobre el origen de la droga solo hay una pista: un supuesto video de la noche anterior en el que aparece retirando 1.200 dólares de un cajero automático que luego entregaría a sus dealers. Si bien las autoridades arrestaron la semana pasada a cuatro traficantes –tres hombres y una mujer– que vivían cerca del apartamento del actor, todavía no está claro si ellos fueron quienes le vendieron la droga el sábado.

Hoffman anticipó su trágico final. En diciembre les confesó a unos amigos que si no paraba, iba a morir pronto. Luchó contra su adicción desde que estudiaba Artes dramáticas en la Universidad de Nueva York y sobrevivía como mesero y vigilante en un spa. Apenas se graduó ingresó a una rehabilitación y para el momento en que hizo su debut en el cine con un papel secundario en Perfume de mujer, el alcohol y las drogas parecían cosa del pasado. Su adicción fue solo uno de sus tantos demonios.

En un reportaje publicado por The New York Times Magazine en 2008, Hoffman recuerda que supo que quería ser actor cuando vio por primera vez, a los 12 años, All My Sons, una obra de Arthur Miller: “Esa experiencia me cambió para siempre. Fue como un milagro. Pero ese tipo de amor tan profundo tiene un precio muy alto: para mí, actuar es una tortura y lo es porque es algo hermoso. En ese entonces era fácil desearlo, pero tratar de ser el mejor, bueno, eso es absolutamente tortuoso”. Su filmografía lo confirma: desde el homosexual enamorado de una estrella porno en Boogie Nights, el enfermero de la muerte en Magnolia y el ludópata de Owning Mahowny hasta el atormentado escritor en Capote, el sacerdote acusado de pedofilia en La duda y el líder de una secta en El maestro (ver recuadro).

Desde el comienzo Hoffman supo aprovechar su contextura –paradójicamente estuvo a punto de dedicarse al atletismo, pero una lesión lo hizo cambiar de opinión– para interpretar papeles que se salían del estereotipo de galán y en cada uno de ellos, por más pequeños que fueran, se atrevió a mostrar su lado más oscuro. “Ser actor es como ser un detective en busca del secreto que desentrañará al personaje”, solía decir. Después de ganar un premio Oscar en 2006 por Capote, admitió que esa búsqueda afectó seriamente su salud mental. No se sometía a transformaciones físicas extremas, sino que todo sucedía en su cabeza. Tampoco le importaba explorar el lado más enfermo y fracturado de sus personajes. Creaba una empatía con sus problemas y luego le costaba librarse de ellos.

Se hizo famoso en la pantalla grande, pero en las tablas se sentía más cómodo. Cuando no estaba en el set, se dedicaba a actuar, dirigir y apoyar producciones off Broadway desde su compañía de teatro Labyrinth. Con su muerte varios proyectos quedaron en suspenso: quería interpretar al rey Lear algún día y estaba terminando de filmar las últimas dos películas de la saga de Los juegos del hambre. Alcanzó a presentar God’s Pocket y A Most Wanted Man en Sundance, cintas en las que interpreta de nuevo a personajes atormentados. “Trato de vivir de manera que no tenga remordimientos –dijo al Times– Por eso trabajo tanto. No quiero pensar que me perdí de algo importante”. Siempre quedará, sin embargo, la sensación de que todavía le esperaba algo genial.

Genio torturado


Aunque la mayoría de sus papeles fueron sobresalientes, estos personajes convirtieron a Philip Seymour Hoffman en el actor más respetado de su generación.


George Willis, Jr. en Perfume de mujer (1992). Marcó el inicio de su trayectoria al lado de Al Pacino. Interpretaba a un niño rico y malcriado.



Scotty J. en Boogie Nights (1997). Como siempre, se destacó en los papeles secundarios. En este caso interpretó a un joven camarógrafo enamorado de un actor porno.



Allen en Felicidad (1998). En esta película independiente interpreta a un oficinista reprimido e incapaz de relacionarse con las mujeres. Fue uno de sus roles más oscuros.



Phil Parma en Magnolia (1999). En su tercera colaboración con Paul Thomas Anderson interpretó a un silencioso enfermero que ayuda a morir a sus pacientes.



Dan Mahowny en Owning Mahowny (2003). Representó a un cajero de banco ludópata. Para hacer este papel estudió a fondo la adicción al juego.



Truman Capote en Capote (2005). El papel que le dio el Oscar y lo catapultó a la fama. Capote también murió a causa de su adicción al alcohol y las drogas.


Andy en Antes que el diablo sepa que has muerto (2007). En esta cinta de Sidney Lumet fue un hombre arruinado y adicto a la heroína.



Padre Brendan Flynn en La duda (2008). Este papel le valió otra nominación al premio Oscar. Es el impresionante retrato de un cura acusado de pedofilia. 



Lancaster Dodd en El maestro (2012). En su última colaboración con Paul Thomas Anderson interpretó a un falso profeta al borde de la locura.


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