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| 10/22/2001 12:00:00 AM

El mapa del abuelo. (Cap. del libro

Marcos, hombre de edad avanzada que a duras penas sabe leer y escribir, tuvo el coraje necesario y la suficiente malicia para elaborar un singular mapa que difícilmente lograrían hacer los organismos de inteligencia más eficientes, en el que ubicó las 57 principales guaridas de 500 delincuentes que cometen el 25 por ciento de los crímenes en Bogotá. La casa de Marcos —colgada de una ladera— se convirtió en una especie de central de inteligencia, a donde llegan sus vecinos a diario para contarle los secretos de jóvenes asesinos, apartamenteros, desvalijadores y "jaladores" de carros que viven en la zona. Le pasan datos sobre la identidad de sicarios y el paradero de arsenales, o simplemente acuden a él para contarle los detalles del último crimen. Las revelaciones de los informantes también han alimentado su archivo sobre templos diabólicos donde someten a ritos satánicos y torturas a las víctimas de las cuarenta bandas que tienen su centro de operaciones en las lomas surorientales de la ciudad. Con caras de terror, temblando y con voces entrecortadas que claman por "un poquito de justicia", Marcos y sus informantes hablaron con este autor para denunciar el asesinato de sus hijos y familiares, del lechero, del surtidor de comestibles, del estudiante... "Aquí ya matan hasta la misma muerte y la noche tiene 24 horas", dice Marcos. La historia del mapa de Marcos comenzó hace más de tres décadas. "Por esa época —recuerda— muchos pobres comenzamos a erosionar las tres lomas para construir un miserable rancho. A la par con nosotros llegaron forasteros que le huían a la violencia guerrillera en los campos de Tolima, Boyacá y los Llanos. Los pobres honrados buscamos poner un negocito. Los que llegaron de afuera comenzaron a robar en el centro y en Chapinero. Y esto comenzó a ponerse feo. Los que no corrían con suerte regresaban envueltos en una sábana, los más afortunados llegaban con los pesos recibidos por la cadena, el anillo o la cartera ‘raponiada’ que vendían en las compraventas". Después llegó Planeación Distrital y diseñó las calles de los barrios, y Marcos se hizo a un mapa original que guardó en el baúl de los recuerdos, el mismo que años más tarde le sirvió para enfrentar el crimen. "La gente de bien ya no aguantaba más y era necesario actuar para tratar de detener a estos niños y muchachos que convirtieron nuestros barrios en zona roja, donde tiene que vivir uno enjaulado para mantenerse vivo. Pensé que entre todos podíamos detectar las guaridas de los delincuentes y los sitios más peligrosos del barrio, para luego, con un punto rojo, marcarlos en el mapa", dice. Los primeros puntos rojos ubicaban las casas de los ladrones de tiendas. Ante los continuos robos, los propietarios no tuvieron otra alternativa que atender entre rejas. "Vivimos como en prisión, y no es para menos; este año han asesinado a por lo menos veinte tenderos por llevarse ‘chichiguas’", sostiene Luis, un tendero de la zona. "Tan crítica es la situación —agrega— que a las seis de la tarde ya debemos cerrar el negocio y echarnos a dormir. Después de las siete, la calle es de los delincuentes. Además, los proveedores no volvieron por temor a que los maten, como ocurrió con algunos que opusieron resistencia". Pedro, de 18 años, denunció ante Marcos que un día los pandilleros llenaron el barrio de volantes en los que ofrecían inscripción gratuita para ser duro, para ser sicario. "En un comienzo pensé que se trataba de una broma, pero cuando comenzaron a hacer polígono en uno de los sitios desolados del barrio, entendí que habían fundado una escuela de sicarios". Otro punto rojo es un colegio de la zona. "La situación de este colegio es verdaderamente de caos. Allí, alumnos, profesores, rector y padres de familia viven amedrentados por las pandillas", revela un miembro de la Asociación Distrital de Educadores. Los profesores lo confirman: "Aquí se trabaja bajo amenazas de muerte y con el corazón en la mano, pendiente de que en cualquier momento uno sea asesinado por cualquiera de estos muchachos". Mercedes cursa noveno grado y quiere cambiar de colegio. "Es imposible estudiar, los muchachos no vienen a aprender. Lo único que les interesa es imponer su ley y al que no le guste lo van amenazando. A nosotras nos manosean y si llegamos a oponer resistencia corremos la suerte de varias amigas: a ellas las violaron..." María, de 19 años y quien tiene que convivir con los asesinos de su hermano, también se ve obligada a compartir asiento con los delincuentes que bajan a la ciudad a "trabajar" en colectivos piratas. "Al barrio llegan señores en carros lujosos y con escoltas a contratar los servicios de los sicarios o a comprar armas. Hecho el negocio, los muchachos bajan en los colectivos piratas con la ‘mercancía’ camuflada". Edilson corrobora lo dicho por María y señala otro punto rojo: "Yo conozco túneles que comunican varias casas entre sí y en esas caletas guardan desde pistolas y revólveres hasta rockets y granadas, que venden a mitad de precio a los encorbatados que aparecen por aquí". Para muchos de los habitantes, la estación de policía también debía ser un punto rojo. "Aunque hay policías, ellos no protegen a nadie. Es más, cuando el policía se pasa la mano por la cabeza, los delincuentes ya saben que vienen agentes de abajo a realizar alguna requisa", denuncia un carpintero. Los días pasan, el crimen continúa y Marcos no desfallece en la tarea de continuar perfeccionando su mapa. "A mi edad (73 años), creo que esta es la única herencia que les puedo dejar a mis vecinos y a la ley".
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