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| 4/14/2015 12:00:00 PM

“El mayor escritor alemán del Siglo XX”

La muerte del Nobel alemán Günter Grass sorprendió también a su traductor, Miguel Sáenz, que habla aquí sobre la obra y el compromiso político del autor.

Miguel Sáenz Sagaseta de Ilúrdoz es un reconocido traductor que ha llevado al mundo hispanoparlante la obra de destacados escritores alemanes e ingleses como Günter Grass, Thomas Bernhard, Bertolt Brecht, William Faulkner y Salman Rushdie, entre otros. Miembro de la Real Academia Española y de la Deutsche Akademie für Sprache und Dichtung, (Academia Alemana para la Lengua y la Poesía) ha tenido el privilegio de elegir él mismo a sus autores y dice que le gusta traducir “porque es la forma más atenta e intensa de leer, que además le da el placer de escribir sin el dolor del que tiene que crear algo totalmente nuevo”. Miguel Sáenz habló con Deutsche Welle (DW) desde su residencia en Madrid.

DW: ¿Le sorprendió a usted la noticia sobre la muerte de Günter Grass?

Miguel Sánez:
A mí me ha sorprendido enormemente, porque aunque yo sabía que Grass estaba muy enfermo, era una persona de tanta vitalidad y tanta claridad hasta el último momento que era casi imposible imaginar que podía llegar a morir.

DW: La calidad estética y una escritura comprometida con su tiempo es lo que muchos definen como la característica más destacada en su obra ¿Usted cómo la definiría?

M. S.:
Yo creo que fue un gran estilista. Lo que hizo él con el alemán fue realmente sensacional a partir del famoso Grupo 47. Pero El Tambor de Hojalata, que fue traducido por primera vez en México, fue una campanada en la vida literaria y a partir de entonces cada libro de Grass ha sido una novedad, ha tenido la capacidad de irse renovando y yo creo que realmente su literatura ha marcado todo el siglo XX alemán. Si tuviera que decir quién es el escritor alemán del Siglo XX yo diría sin vacilar: Günter Grass. Por otra parte, él era un hombre de una gran inteligencia y sobre todo de un gran compromiso político. Él creía saber que el intelectual tiene que estar comprometido con su tiempo. Que tiene un gran peso, una gran responsabilidad, pero que precisamente por ello está obligado a hablar cada vez que hay un asunto importante. Él siempre se mostró dispuesto a apoyar todas las causas perdidas, o desesperadas porque tenía un gran corazón.

DW: ¿Recuerda usted alguna anécdota que ejemplifique esta actitud crítica y humana, que lo hacía un ejemplo no sólo ante sus compatriotas en Alemania, sino, en general, ante la sociedad de su tiempo?

M. S.:
Recuerdo una visita a Madrid en la que Grass coincidió con un par de grandes escritores españoles. Juan Benet, entre ellos, con el que chocó. Juan Benet era un excelente escritor, sin embargo, tomaba esta obligación (del escritor) de estar comprometido, de ser una especie de voz de los seres oprimidos de una sociedad, un poco a la ligera. Es decir, por lo menos se permitía hacer humor. Grass no entendía que alguien pudiera considerar frívolamente que un escritor no tenía por qué saber mucho más de política o de economía o de cualquier otra cosa que los demás. Eso ha sido una constante en toda la vida de Grass. Bastaba con señalarle una situación injusta, una minoría oprimida, para que inmediatamente se lanzara a defenderla. En muchas ocasiones se equivocó, en política exterior y en política interior. Quizá por falta de información o porque es muy difícil para un extranjero comprender lo que pasa en Cuba o lo que pasa en el Yemen, pero Grass tenía un corazón tan grande que era muy fácil ganárselo para cualquier causa justa.

DW: En el caso cubano criticó las violaciones a los Derechos Humanos pero echó la culpa de la situación a Estados Unidos, ¿no defendió con ello a la izquierda a capa y espada?

M. S.:
Con la izquierda alemana en los años sesenta tuvo algunas discrepancias. Es decir, él era un escritor y político que tenía una postura, una conciencia sumamente social, lo que a veces le produjo dificultades porque no fue bien comprendido, ni en su propio país. Su postura no era absolutamente izquierdista, sino de apoyo a todo aquello que consideraba justo y Cuba para él fue muy importante porque creía en la realidad de la postura cubana y en el trabajo que se estaba haciendo ahí. En muchas ocasiones no estuve de acuerdo con él, pero él tenía la suficiente amplitud de miras para poder comprender otras posiciones e incluso para rectificar las suyas propias.

DW: Usted y su esposa Grita Löbsack, han traducido buena parte de la obra de Günter Grass. ¿Cómo ha sido ese trabajo, han trabajado en equipo?

M. S.:
La primera traducción de Günter Grass la hizo Carlos Gerhard en México. Fue El tambor de hojalata, bajo la editorial de Joaquín Mortiz. Y fue una excelente traducción. Realmente admirable, teniendo en cuenta además, los pocos años que habían transcurrido desde que Grass la escribió. Mi esposa y yo comenzamos a traducir la obra de Grass con El rodaballo, fue una gran novela. Grass vino a España a presentarla cuando El tambor de hojalata, que hasta entonces había estado prohibido, fue publicada bajo el sello Alfaguara. Su director, que era Jaime Salinas, hijo del poeta Pedro Salinas, organizó un viaje en tren con escritores, artistas y críticos para llevarnos a Cuenca con Günter Grass. Fue la primera vez que tuve el inmenso placer de conocerlo. Era una persona muy sencilla, de una franqueza extraordinaria. Y que viajaba con un equipaje mínimo. A partir de entonces, comenzó una gran amistad.

DW: ¿Fue entonces cuando comenzó la traducción de El rodaballo?

M. S.:
Fue la primera novela que yo traduje. Es complicada porque se desarrolla en once épocas distintas y el texto está escrito en distintos lenguajes que corresponden a la época. Ahí fue cuando Grass hizo su primera reunión de traductores, lo que fue un gran acierto. Desde entonces cada vez que escribía un nuevo libro, volvía a convocar a una reunión con sus traductores a los distintos idiomas y pasaba con ellos cinco, seis, ocho días, hablando con ellos, leyéndoles, explicándoles lo que le interesaba. Grass no podía resolver los problemas, pero sí podía señalar dónde podía haber problemas. Realmente los traductores de Grass hemos sido casi como una secta. Él nos llamaba su familia ampliada y nos trataba muy bien. El traductor es un personaje poco agresivo que conoce muy bien las obras que está traduciendo y Grass Grass se encontraba muy a gusto con nosotros.

DW: ¿Es El rodaballo una de las obras más difíciles de traducir de Günter Grass al castellano?

M. S.:
Para mí lo fue. Y tardé casi dos años porque tuve que hacer toda una investigación de escritores en lengua española, de las distintas épocas que aparecen en la novela, pero lo hice con mucho gusto, con mucha tranquilidad. Y fue también la primera vez que mi mujer trabajó conmigo. Mi mujer es alemana y es una inmensa ayuda para explicarme detalles que desconozco del alemán. El rodaballo a mí me parece una gran novela. Se anticipa a cuestiones como el feminismo y, sobre todo, tiene una riqueza léxica, histórica y anecdótica enorme. Me gusta mucho.

DW: También es una obra sumamente intelectual. ¿Cómo es que Grass llegaba a estos temas tan complejos? ¿Era un intelecto excepcional?

M. S.:
Yo creo que sí. Mire, Günter Grass se jactaba de que él no tenía ni el bachillerato, no lo terminó. Es un escritor autodidacta con una inmensa cultura aprendida en la literatura, en la vida... y no en las academias ni en las universidades. Tenía innumerables títulos honoríficos, como el Premio Nobel y, antes, el Príncipe de Asturias. Era una persona de una enorme cultura, pero no era dogmático ni teórico, aunque tiene una obra ensayística muy interesante también. A mí me parecía una gran cabeza y además alguien con una curiosidad inextinguible. Estaba siempre leyendo, informándose. Y, sobre todo, tenía una gran base histórica. Conocía perfectamente la historia alemana y la historia universal.

DW: ¿Cómo ha sido recibida su obra en el mundo hispanoparlante? En España fue el primer autor no iberoamericano que recibió el Premio Príncipe de Asturias, en 1999. El galardón se adelantó tres meses al Nobel de Literatura.

M. S.:
Efectivamente, me alegra que lo cite. La obra de Günter Grass no es fácil. Hay algunas novelas que son muy densas. Incluso El tambor de hojalata requiere cierto esfuerzo por parte del lector. Hay otras que son mucho más ligeras, mucho más accesibles. Grass ha sido siempre muy popular en España, pero a veces me pregunto hasta qué punto ha sido leído. Yo he ido con Grass por las calles de Madrid y la gente lo reconocía en la calle. Entrábamos en un bar y un grupo de muchachos se ponía a cantar y se lo dedicaban al maestro alemán. Él se mostraba entusiasmado. Pero hay libros de Grass que requieren cierta capacidad del lector, cierta cultura, no todos son fáciles. Grass era muy popular en España, sus conferencias estaban siempre llenas, pero no sé hasta qué punto se ha leído su obra.

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