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| 4/23/2016 12:00:00 AM

El mexicano más rico del mundo

Una biografía no autorizada del empresario Carlos Slim, escrita por el periodista Diego Enrique Osorno.

Diego Enrique Osorno

Slim

Debate, 2016

375 páginas

En 2007, el empresario mexicano Carlos Slim ocupó el primer lugar en la lista de la revista Forbes sobre las personas más ricas del mundo. Una novedad que un millonario de un país emergente alcanzara esa posición y una extravagancia que se tratara de un país con 50 millones de pobres. El hecho no pasó desapercibido para el cronista mexicano Diego Enrique Osorno, quien en esa época se encontraba trabajando en varios lugares de México –Oaxaca, Chiapas, Michoacán– asolados por el hambre, la corrupción y la pobreza. Decidió, entonces, escribir una biografía de Slim que le tomaría muchos viajes, ocho años de investigación y cientos de entrevistas. Todo iba para una biografía sin la participación del biografiado, hasta que, en 2015, Osorno recibió una llamada: ‘el ingeniero’, finalmente, aceptaba hablar con él. “Para que no vaya a decir tantas mentiras”, le aclaró Slim en la primera entrevista que tuvieron. La verdad es otra: apartes de la biografía habían aparecido en algunas revistas y él, un hombre astuto y calculador, entendió que era mejor tomar el toro por los cuernos.

Este libro no es una biografía convencional. Es más un extenso perfil o un reportaje: cómo puede surgir un multimillonario en un país asolado por la pobreza. No empieza con los orígenes y la infancia de Slim –aunque se mencionen–, sino con un episodio que define su carácter y su relación con el dinero: con papel y lápiz, haciendo sumas y restas, discute con un fotógrafo por el excesivo costo de una edición de 1.000 ejemplares de un libro sobre Ciudad de México que le había encargado. El hombre con una fortuna estimada en 80.000 millones de dólares le regatea a un fotógrafo aficionado y también a un vendedor de artesanías en Venecia. Y no cree en la filantropía, a diferencia de Bill Gates y Warren Buffet –muy generosos con sus fundaciones– quienes cada año se disputan con él la primacía en la lista Forbes. “Nuestro concepto se enfoca en realizar y resolver las cosas, en lugar de dar. No ir por ahí como Santa Claus”. Tampoco es generoso consigo mismo: vive en la misma casa de hace 30 años, come en sus restaurantes Sanborns, maneja su carro en el tráfico desesperante del Distrito Federal y sus oficinas no son ostentosas. “Slim es un cabrón que casi siempre anda en calcetines en su oficina”, dice un líder campesino amigo suyo. Su única extravagancia conocida fue hacerle una fiesta apoteósica a Sophia Loren, el delirio de su juventud.

Carlos Slim era un rico más hasta que adquirió la empresa de teléfonos mexicana, Telmex, que catapultó su fortuna. Una riqueza hecha gracias a los favores políticos –de Carlos Salinas de Gortari, según sus detractores– y a las prácticas monopolísticas, según The Wall Street Journal. “A la sombra del poder”, como la mayoría de las riquezas tercermundistas. Slim se defiende: “Es la mentira repetida una y otra vez. Mira, aquí mi competidor fue el beneficiario. En las bases él venía beneficiado, porque ahí decía que podías dar en pago o temporalmente acciones, y nosotros no teníamos ninguna y él tenía 10,6 por ciento de la empresa”. Además, aduce a su favor, la animadversión que Salinas de Gortari tuvo con él después de esta negociación. Otro motivo más para hilar delgado. En fin, el lector juzgará: el mérito de este reportaje es que luego de una juiciosa contextualización, Osorno nos enfrenta a las respuestas de Slim. A veces claras y a veces evasivas: “Mmm… La siguiente pregunta”. No lo glorifica; tampoco lo crucifica.

En su investigación Osorno descubre que Julián, su hermano mayor, perteneció a la Dirección Federal de Seguridad, famosa por sus torturas y sus crímenes en los años setenta. Y que su padre simpatizaba con Al Kataeb, una organización falangista libanesa vinculada a la masacre de palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Shatila. Pero Carlos Slim, políticamente acomodado, niega pertenecer al PRI, niega que exista la derecha o la izquierda y, por eso, puede admirar a la vez a Fidel Castro y a Paul Getty. Aunque, por encima de ellos, sus preferencias van por Gengis Kan, el estratega invencible que derrotó a ejércitos más poderosos que los suyos.

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