Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2004/01/04 00:00

El místico y el libertino

Dos buenas antologías para conocer a Gonzalo Rojas, premio Cervantes de literatura.

Gonzalo Rojas, un clásico moderno

Gonzalo Rojas
Antología poética Antología del aire
Fondo de Cultura Económica, 2000 Fondo de Cultura Económica
143 páginas 333 páginas

A sus 86 años Gonzalo Rojas sigue siendo un poeta joven. Por eso, en cambio de pensar en la muerte, como aconsejaría su octogenaria edad, se preocupa más de la vitalidad, de la "reniñez" y, por supuesto, del erotismo y de las mujeres, dos temas muy presentes en su escritura. "Habrá viejos y viejos, unos vueltos hacia la decrepitud y otros hacia la lozanía, yo estoy por la lozanía...".

No resulta extraño, entonces, que los jóvenes vayan a sus recitales, que se le acerquen y lo consulten. En Chile, en España, roqueros han ido a buscar su apoyo como si fuera otro miembro de su banda y han convertido en canciones algunos de sus poemas. Aunque, valga aclararlo, su poesía no es fácil, ni lírica, y no hace ningún tipo de concesiones: tiene el nivel de un Octavio Paz o de un Lezama Lima.

Gonzalo Rojas es un clásico moderno. Para él son tan importantes Ovidio y San Juan de la Cruz como Rimbaud y los surrealistas: la tradición y la vanguardia. Al igual que su querido Ezra Pound, "el copión maravilloso", piensa que la única manera de ver el pasado es reinventándolo. Y, bastante latinoamericano, practica la hibridez: su lenguaje oscila entre el habla cotidiana y la invención, como si se tratara de una conversación interrumpida por una imagen.

"Esa noche, oyéndolo recitar sus poemas, creí entenderlos cabalmente", dice Fabienne Bradu, al referirse a una lectura pública de Gonzalo Rojas en el Palacio de Bellas Artes en México. Y en efecto, hay algo especial en su forma de leerlos, de arrastrar las sílabas y de pautar las frases con su respiración entrecortada, que va creando un ritmo irresistible. "Soy un animal fónico, lo que no significa que no quiera tratos con la conceptualidad". Vale la pena oírlo y es una fortuna que todos los poemas de esta antología sean leídos por él (como se sabe, no siempre lo poetas son los mejores lectores de su poesía).

Nació en Lebu, al sur de Chile, donde su padre era minero. Muchas veces ha referido la perdurable revelación que significó descender a los 4 años con él a una mina y, poco después de su muerte, escuchar un relámpago junto a sus hermanos en la casa de zinc del lluvioso puerto. Para Jorge Edwars, su pertenencia a una familia de mineros y a ese paisaje de piques subterráneos que penetran varios kilómetros por debajo del mar, ha incidido profundamente en su obra: "A mí me parece que el procedimiento de Gonzalo Rojas consiste en excavar, en penetrar en la mina del lenguaje y extraer pedazos de pirita negra, chispas, minerales de colores variados".

Cansado de Concepción, donde había estudiado pobremente, de Santiago, una ciudad sin mito, y del ambiente insoportablemente literario del grupo surrealista Mandrágora, al que pertenecía, decidió, a los 23 años, volarse con María McKenzie, una mujer casada, a Orito, un campamento de mineros a 3.000 metros de altura en el norte de Chile. Allí, con fragmentos de Heráclito en un manual de filosofía que habían llevado y 20 botellas de pisco, enseñaron a leer a los mineros.

Su obra no es muy abundante y entre su primer y segundo libro hay un lapso de casi 16 años. Alguna vez, Pablo Neruda le dijo a un amigo suyo: "Gonzalo Rojas es muy buen poeta, lástima que escriba poquito". El le respondió a través del mismo amigo: "Dile que él también es un gran poeta, lástima que escriba demasiadito".

Es un místico concupiscente que ve eróticamente al mundo y al amor como lo único que produce encantamiento. Las hermosas -así llama a la mujeres- inspiran el goce y alimentan la voluptuosidad y el "fornicio": son el centro de su mundo poético y de su vida. Está de acuerdo con William Blake: aquel que desea y no satisface su deseo, engendra peste. "Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra/ de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar/ a trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,/ a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso".

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