Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1995/10/02 00:00

EL MITO DEL CUADERNICOLA

Con la muerte de Fernando Arbeláez se fue uno de los más singulares poetas de la generación de 'Mito'.

EL MITO DEL CUADERNICOLA

UNA MAÑANA DE 1947 UN MUCHAchito que no había pasado de los 25 años estaba dictando cátedra de castellano ante sus alumnos del Instituto Nacional General Santander, de Honda, cuando un estudiante levantó la mano para preguntar: "¿Maestro, qué es el que relativo?". El profesor, que andaba muy bien en literatura pero para quien la gramática era un don innato, imposible de explicar, le. dijo: "Mijito, en esta vida todo es relativo".
Era Fernando Arbeláez, un manizalita flaco y aguileño que había decidido años atrás probar suerte por fuera de su terruño, luego de haber pasado tormentos insospechados en el bachillerato por cuenta de la botánica y la aritmética y de remediar sus carencias a punta de escribir versos. Sus primeras escaramuzas por Bogotá lo habían llevado a trabajar en laboratorios médicos y más tarde, en Girardot, a vender tractores. Por esa época, 1945, su aspecto físico ya lo delataba y aun cuando nadie había conocido un poema suyo, sus compañeros de trabajo ya lo habían bautizado con el nombre de Poeta. La confirmación por parte del gerente de la compañía de este apodo acabó con las falsas aspiraciones mercantiles de Arbeláez. En realidad, su profesión tenía que ser la de poeta. Así llegó a Bogotá y fue cuando el Ministerio de Educación lo nombró profesor en Honda. Allí se empacó los seis tomos de Las mil y una noches y la última regresó bajo el riesgo de ser mantenido por sus amigos en sus momentos de crisis económica en la capital.
Así, mientras simulaba estudiar derecho, ingresó de pleno en el corrillo de intelectuales que frecuentaban los dos templos sagrados de la bohemia y el conocimiento vital: el café Asturias y El Automático, adonde solía reunirse lo más selecto de las letras y las artes colombianas de mitad de siglo. En ellos, el precoz poeta conoció a los que serían sus amigos entrañables, Rogelio Echavarría, Jorge Gaitán Durán, Aurelio Arturo, y de paso se batiría a duelo literario, a tan temprana edad, con quien en esos momentos ya era uno de los más respetados poetas nacionales: León de Greiff.
Para los noveles intérpretes de la poesía, como lo eran Gaitán Durán, Echavarría, el propio Arbeláez, Charry Lara y -en general- todos los jóvenes que en ese momento eran llamados los cuadernícolas, muchos de los cuales conformarían la generación de Mito, era más que osado ocupar un asiento en la misma mesa de De Greiff y Jorge Zalamea. Pero aun así, Arbeláez logró hacerlo en más de una ocasión, hasta que un buen día a De Greiff se le ocurrió hacer mofa del grupo de jóvenes entusiastas por medio de la publicación de cinco satíricos sonetos en contra de los pedantísimos impúberes. Fernando Arbeláez no dudó en contestarle con sus propios versos pero en el lenguaje singular del maestro León y con el seudónimo -alusivo a De Greiff- de Papus Papadiamantopolus. Si lo que se escribieron en forma de poema se lo hubieran dicho de frente, tal vez la discusión habría terminado en los puños. Pero la altura de la pugna era literaria y armó una polémica tan sana en su momento, que ayudó a dilucidar, en buena medida, en qué andaba este grupo de insurrectos poetas que, con el tiempo, serían los gestores de la poesía contemporánea en Colombia.
Uno de ellos, Fernando Arbeláez, a quien la historia de la poesía nacional ha ubicado dentro del grupo de Mito -una generación cuya reacción contra el piedracielismo ha sido revaluada como la insurrección real contra las formas poéticas del siglo XIX-, andaba digavando sobre la razón de ser de la poesía y su necesidad de aproximarla a la realidad humana en un esfuerzo ético y estético por rescatarla de una retórica que según él, había agotado todas sus posibilidades, para llevarla a una renovación que -incluso- se diera el lujo de romper con todas las reglas, como finalmente sucedió tiempo después.
Durante este trayecto, Fernando Arbeláez emprendió paralelamente una carrera solitaria, que lo diferenciaría de los demás integrantes de su generación. Impulsado por la influencia de Aurelio Arturo y por el surrealismo europeo, Arbeláez descendió a la penumbra de su soledad para hablar en su poesía de la angustia humana, de la tragedia y la muerte, de la tristeza y de la imposibilidad de redención, temas que aparecen con insistencia en libros como Canto Llano, Serie china, El viejo de la ciudad y Textos desde el exilio, que dan cuenta de su viaje hacia la introspección absoluta, hacia el hermetismo sombrío de sus versos, que exigen del lector grandes esfuerzos intelectuales.
Durante un tiempo ocupó la dirección de la división cultural del Ministerio de Educación, cuando no existía Colcultura. Y entonces trajo a Borges. Después fue a Washington como bibliotecario del Banco Interamericano de Desarrollo y trabajó allí hasta su jubilación. Sin embargo, siempre vivió como escribió: solo, en una soledad que lo apartó inclusive de su familia. Solo con sus inquietudes existenciales hasta que la muerte lo sorprendió la semana pasada, a los 71 años.
Sin embargo, lo más probable es que sus testimonios poéticos y su herencia como un intelectual visionario de su época logren confirmar su propia regla, según la cual "todo es relativo" y su muerte no sea sino una estratagema para habitar en sus libros con toda vitalidad.

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