Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/01/10 00:00

EL MODERNO CARAVAGGIO

Exposición de Christian Boltanski en la Casa de Moneda.

EL MODERNO CARAVAGGIO

¡Vengan! ¡Vengan!. ¡Aquí está pasando algo!" ¿Y pasa? Ya pasaron el Holocausto y la
bomba atómica; el muro de Berlín quedó convertido en un montón de trocitos de ladrillos que se venden como
souvenirs made in Germany, pero el planeta _de cabo a rabo_ sigue produciendo víctimas anónimas,
masacres, genocidios y un prolongado etcétera. Por eso la obra del francés Christian Boltanski (París,
1944) puede leerse desde cualquier nacionalidad y conmover con tanta fuerza en la China, Japón o Francia
como en Burkina Faso o en la antigua Unión Soviética. Porque el tema es la muerte. Porque, a pesar de
estar centrado en el Holocausto judío, su drama es universal. Y en Colombia, además de todo, es cotidiano.
Por eso hay que ajustarse las gafas, dilatar la pupila y enfrentarse a sus Sombras.
La cita es en la Casa de Moneda. El recorrido está planeado de una sala a otra. Por etapas. En la primera
parte hay un encuentro con 50 rostros que cuelgan de la pared: Los niños de Dijon. La pobre iluminación de
la sala _sólo hay 10 lámparas apuntándole de frente a un igual número de fotografías_ impide descifrar sus
gestos o asignarles una identidad. Es como encontrarse con uno de esos boletines de televisión de 'niños
buscan su hogar' y, por un error en el generador de caracteres y una falla de audio, sólo está su imagen; no
hay nombre, no hay pasado, no hay nada (cualquier parecido con los desaparecidos forzosos en
Colombia es pura coincidencia). Esa tortura se prolonga por cada una de las instalaciones. En las 100 cajas
de 'Los suizos muertos'. O en las Imágenes negras. Y mientras tanto, también se intensifica la batalla entre la
luz y las tinieblas. Porque de alguna manera, entrar a ver esta exposición, puede resultar tan inquietante como
meterse de lleno en un cuadro del terrible Caravaggio.
Michelangelo Merisi, Caravaggio, una de las banderas del barroco italiano, creó un estilo en el que sus
personajes, también anónimos, también desconocidos, sin pasado ni nombre, aparecen envueltos en la
oscuridad de una cueva y sus rostros están invadidos por una luz sacramental que no viene de ningún foco
visible (es como si tuvieran una linterna guardada en sus chaquetas y, a lo Bela Lugosi, se apuntaran a la
cara). Casi cuatro siglos después, en Los soportes del Club Mickey, Boltanski reemplaza el espacio del
cuadro por una sala. Y sus personajes son unos niños que se esconden detrás de un telón blanco. La magia
caravaggiana está en la iluminación. En el neón que sale de adentro de estas telas y les da a estos chicos
una presencia fantasmal. Boltanski, al fin y al cabo, a pesar de llevar años sin coger un pincel, se considera
un pintor con todas las de la ley. Y, como los antiguos, quiere conmover. No quiere alardear de su condición
de artista posmoderno o de digno representante del narrative art sino darle un grito a la gente de "Vengan,
vengan, aquí está pasando algo". Y en todo esto hay algo de humor. Para no ir más lejos, su Angel es una
divertida representación de la muerte (a no que el ángel de la guarda tenga plumas de chulo) que gira dentro de
una de las salas. Su sombra, claro, se agranda y se achica y parece llenar todo el espacio. Y por esa misma
línea (¿de humor?) se halla su última serie de la muestra: Velas. Aquí, las clásicas calaveras, tan tenebrosas,
tan terroríficas, aparecen en posiciones de bailarinas de ballet o con alitas de mariposa. Son unos
muñequitos de alambre enfrentados a la luz de una vela que las proyecta, inmensas, contra la pared. Pero
eso no es lo mejor. En medio de tanto caos hay un lugar para algo de esperanza: las miradas, ocupan toda
una sala, la más grande, y son eso: miradas de niños sonrientes, del tamaño de una valla mediana, que
cuelgan del techo.

El caso colombiano
Doris Salcedo, Oscar Muñoz , Rodrigo Facundo y Pablo Van Wong han encaminado sus obras por ese
mismo camino.
El monopolio de la memoria de los desaparecidos como materia prima en el arte no es, ni más faltaba,
privilegio de Boltanski.
En Colombia, un país que sufre con secuestrados y desaparecidos, hay por lo menos cuatro artistas que han
centrado su búsqueda en este capítulo del día a día.
Doris Salcedo, luego de una ardua tarea de reciclaje, enseña los objetos de estas personas en unas
vitrinas que, en lugar de tener un vidrio como pantalla, tienen tejido animal.
En Aliento, Oscar Muñoz presenta unos espejos redondos (del tamaño de un retrovisor), que esconden la
imagen de personas desaparecidas tomadas de los periódicos y para hacerlas aparecer es necesario
lanzarles una bocanada de aliento contra la superficie. Por su lado Pablo Van Wong, con ese tipo de
recortes, dibuja esos rostros con pólvora. Los quema y finalmente los encierra, masacrados, en unos
pequeños sarcófagos de resina, enmarcados, a su vez, con una coraza de hierro oxidado.
Y, finalmente, Rodrigo Facundo retoma la imagen de personas que en algún momento aparecieron en
revistas de los años 60 y 70. Facundo las reproduce en planchas off set y las interviene tapándoles los ojos y
negando su identidad. Bajo estas imágenes pone un sustantivo que define el supuesto estado de ánimo de la
persona (por ejemplo, miedo).

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