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| 1/14/2017 12:00:00 AM

El movimiento ciudadano que dice que Renoir apesta

Más de un siglo después de su muerte, 11.000 personas se han sumado a una iniciativa que cuestiona la calidad del artista francés. Se manifiestan afuera de los museos y en las redes sociales.

La escena se repite en varias ciudades frente a los museos: un grupo de activistas del movimiento ‘Renoir apesta como pintor’, protesta con pancartas y letreros para que las pinturas de este artista sean descolgadas de las salas por su falta de estética.

Sus integrantes se hacen notar con frases como “Dios odia a Renoir” y “Más Gauguin, menos Renoir”, entre otras, para expresar que las obras del impresionista, según ellos, están sobrevaloradas. Max Geller, un joven de 33 años, lidera el grupo que ha reunido a más de 11.000 personas en redes sociales en su lucha por una “justicia cultural”, como él la llama.

El fenómeno anti-Renoir le ha dado la vuelta al mundo, por medio de una cuenta de Instagram con más de 300 imágenes con críticas sobre el autor y los cánones de belleza reflejados en su arte. Aparecen algunos de sus cuadros supuestamente exhibidos en baños públicos, así como también memes y burlas que ridiculizan sus grandes obras del siglo XIX, como Las bañistas.

El francés Pierre-Auguste Renoir (Limoges,1841–Cagnes-sur-Mer, 1919) fue una figura central del arte impresionista. Esta corriente, integrada por artistas como Monet, Degas y Cézanne, se caracteriza por la importancia de captar la luz y las sensaciones inmediatas que esta provoca. El interés de Renoir por los paisajes nació en el bosque de Fontainebleau, producto de varias excursiones que realizó con sus contemporáneos. Su amor por la pintura al aire libre lo llevó a pasar largas temporadas en Argenteuil, cerca de París, junto a Monet, donde ambos crearon obras emblemáticas.

Luego de este primer periodo boyante, terminado en 1877, el artista se alejó del impresionismo y sus composiciones se empezaron a preocupar más por el equilibrio. En sus últimos años sufrió reumatismo y ello complicó sus sesiones de pintura; por esta razón, se dedicó a la escultura por medio de un joven artista que seguía sus instrucciones precisas.

¿Por qué apesta?

Todo comenzó para Geller el día que visitó la Fundación Barnes, en Filadelfia, famosa por albergar una importante colección de Renoir. Allí consideró que las obras del pintor estaban llenas de calorías y, poco después, lideró una manifestación frente al Museo de Bellas Artes en Boston: algunos lo tacharon de loco y otros se sumaron a la causa. Desde entonces, el movimiento se propagó por todo Estados Unidos y alcanzó, también, al Museo Norton Simon en California.

Una estrategia inesperada, pero oportuna para ganar seguidores en América Latina, fue descubrir que Renoir es el artista favorito de Donald Trump. Por esta razón, la cuenta de Twitter del movimiento, que lleva por nombre “Trump ama a Renoir”, ha ganado adeptos entre quienes critican su discurso racista y xenófobo.

El ruido que ha generado esta movilización, a su vez, impactó en países como Nueva Zelanda, China y Rusia. Y aunque el movimiento todavía no es fuerte en Europa, algunos museos han tomado las precauciones necesarias para evitar que sus exhibiciones dejen de ser un atractivo para el público. Ese fue el caso del Thyssen-Bornemisza, en Madrid, que lanzó una campaña titulada ‘Juzga tú mismo’, para promocionar la actual exposición Renoir: intimidad, con 70 obras del artista.

Sin embargo, pese al gran esfuerzo para contrarrestar las opiniones del grupo, algunos espectadores y analistas no le ayudan a Renoir. El crítico Halim Badawi le dijo a SEMANA que luego de pasearse por los corredores del Thyssen, Renoir se le cayó del pedestal. La retrospectiva, según él, lo deja muy mal parado con sus “pinturas llenas de rosadito Barbie, con rostros carentes de alma, como de esquela fúnebre; y floreros mal hechos, como pintados por Laureano Gómez un domingo de invierno”.

Con argumentos similares a estos, los líderes del movimiento se atrevieron a pedir a la Casa Blanca “quitar las horribles pinturas de Renoir de la Galería Nacional en Washington D.C.”. Y, si bien el proceso no prosperó, es un hecho que Renoir aparece cada vez menos en museos como el Metropolitan y el MoMA en Nueva York.

Los alcances del movimiento dejan en evidencia que las bellas artes olvidaron a los jóvenes. Esta peculiar audiencia que Geller conquistó está compuesta, principalmente, por estudiantes y mujeres que creen necesaria la llegada de nuevos artistas a los espacios culturales. Afirman que el terrorismo estético consiste en colgar los cuadros de Renoir cuando muchas otras obras están en la bodega sin que nadie pueda apreciarlas.

“Es importante contar con museos que valoren y reflejen a un país entero y no solo a un hombre blanco y mediocre”, le dijo Geller a SEMANA, para explicar que el crimen, ante sus ojos, se comete cuando los curadores no se hacen responsables por sus exhibiciones y los efectos que estas tienen en la sociedad.

Jaime Cerón Silva, experto en el tema, considera curioso el fenómeno y coincide con Geller en que la historia del arte necesita escuchar voces de muchas culturas. Y explica que la validez de ciertos modelos estéticos está en manos de grupos sociales y ellos, desde su generación, aceptan o no tales propuestas. Por ello, no debería extrañar que casi un siglo después de la muerte de Renoir sus obras sean cuestionadas como sucede ahora.

En la otra cara de la moneda están los que arremeten contra el activista y sus argumentos. El crítico Álvaro Medina es uno de ellos. Reprocha al grupo por afirmar que las mujeres en los cuadros de Renoir parecen haberse tragado un par de llantas y que sus manos ni siquiera lo parecen. “El arte no consiste en dibujar unas manos perfectas, para eso está la fotografía”, dice Medina. Según él, el arte permitió a otros artistas, como el Greco, Rubens y Botero, exagerar algunos rasgos de la figura humana. “No se trata de saber anatomía”, agrega.

El punto de todo esto es que, como afirma Badawi, “la historia del arte vive un proceso de revisión permanente”, y, para no ir muy lejos, pone como ejemplo el caso local de Rómulo Ronzo. El artista colombiano fue muy reconocido en el mundo del arte en la década del veinte y del treinta, pero sus obras pasaron al olvido luego de que la legendaria crítica Marta Traba y otros lo cuestionaron desde ópticas muy particulares.

No se sabe, con certeza, si el movimiento seguirá creciendo y ganando adeptos. Pero es claro que en el mundo del arte ya nadie está a salvo. Ni siquiera Renoir.

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