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| 12/24/1990 12:00:00 AM

El que mucho se despide...

La mejor estrategia publicitaria de los cantantes parece ser la del último adiós.

Las despedidas de cantantes resultan tan creíbles como las de políticos y toreros. Pasan años anunciando de plaza en plaza su retiro definitivo de la escena, mientras ríos de lágrimas corren entre sus fans, y los editorialistas se esfuerzan por hacer cronologías exhaustivas que estén acordes con una vida que, rica en realizaciones, desaparece del panorama. Pero no acaban de escribir los cronistas la última línea cuando ya los protagonistas están de nuevo en la brega. Unos, definitivamente "dando lora" y otros, desgastados y con facultades disminuidas, quemando sus últimos cartuchos.
En el terreno musical son los cantantes los más adictos a esta práctica que les arroja un jugoso botín, pues lo que tardaron varios lustros en recorrer lo hacen en uno o dos años presentándose en cuanto escenario existe y cobrando exagerados honorarios, con la disculpa de que se trata de su última aparición en público. Casos hay como divos han existido.
La soprano norteamericana Beverly Sills duró fácilmente tres años despidiéndose de su público hasta que su voz ya no dió más. Pasó entonces, con gran inteligencia, a dirigir el City Opera de Nueva York con resultados extraordinarios que le permitieron mantenerse cerca de la escena, pero sin estar en ella. El gran tenor italiano Giuseppe di Stefano duró otro tanto recorriendo teatros en plan de despedida y fueron los chiflidos del público los que lo hicieron caer en la cuenta de que ya era tiempo de asumir un retiro forzoso. Empobrecido y sin el aliento del aplauso, se dio a la tarea de crear una firma discográfica para vender grabaciones piratas donde se escuchara su voz.
En fechas mas recientes, la mezzosoprano española Teresa Berganza no sólo dio decenas de recitales y conciertos de despedida, sino declaraciones muy puntualizadas donde exponía las razones de su definitivo abandono de la escena operática. Manifestó la cantante en su día que abordar ciertas partituras con notas demasiado agudas se le había convertido en una pesadilla. Su voz ya no era la misma y, entonces, dijo que se dedicaría al género del lieder, que con su voz maravillosa podía perfectamente recrear. Todos le creyeron. Sin embargo, el año pasado, tres después de haberse ido definitivamente, salió triunfante en Bercy, en París, para cantar de nuevo "Carmen" de Bizet, uno de los roles estelares de su carrera.
El turno le correspondió ahora a la fabulosa Régine Crespin. Francia se volcó sobre la diva para darle una fastuosa despedida, porque no cabe duda de que ha sido una de las grandes damas del canto de este siglo. Dio declaraciones a porrillo, anunciando que su retiro era definitivo. Quería libertad para viajar, descansar y dedicarse a todo lo que no pudo hacer en su disciplinada vida de cantante. Y también todos le creyeron. Dio multitud de recitales y, cuando los teatros de primera se le agotaron, continuó con otros de menor categoría, para dar paso a presentaciones en tómbolas, bazares y toda suerte de espectáculos de pacotilla, organizados para obras de beneficencia. Ahora, para estupor de todos , anunció que el año entrante encarnará "La Condesa" de la ópera "La dama de Picas", de Tchaikovsky, rol que ya había sido asignado a Rita Gorr, quien se quedó por lo tanto con los crespos hechos ante la reaparición intempestiva de la Crespin. Este hecho dio lugar a que la prensa especializada dedicara cuartillas enteras en los diarios y revistas para comentar los "falsos adioses de la cantante".
No se resignan estas divas de voz maravillosa a dejar los aplausos, la escena y los contratos millonarios. Pero en justicia, esta práctica del adiós perpetuo no es moda actual. Adelina Patti, por citar un ejemplo de ópera, fue una de las grandes, grandísimas, exponentes del arte lírico que inició su periplo de despedidas en 1884 y duró veinte largos años dando conciertos hasta que tuvo su empresario, para darle credibilidad a cada reaparición de la diva, que pagar varios avisos publicitarios donde se anunciaba: "En esta oportunidad, su despedida sí es definitiva".
No resulta por lo tanto extraño suponer que Joan Sutherland, que también acaba de retirarse de la lírica después de 40 años de carrera fulgurante y luego de dar buen número de conciertos de despedida -el último de ellos en el teatro de Sidney, donde le hicieron un apoteósico homenaje-, en breve anuncie una nueva aparición, para no romper con algo que más que coincidencia parece ya una tradición.
María Teresa del Castillo.-
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