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| 6/11/2011 12:00:00 AM

El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina

Una pequeña fábula que reconstruye, alrededor de una familia, los peores dilemas que vivió Bulgaria en 45 años de comunismo. ***

Título original: Svetat e golyam i spasenie debne otvsyakade

Año de estreno: 2008

Género: Drama

Dirección: Stephan Komandarev

Guion: Yurii Dachev, Stephan Komandarev y Dusan Milic basado en la novela de Ilija Trojanow

Actores: Miki Manojlovic, Carlo Ljubek, Hristo Mutafchiev, Ana Papadopulu, Lyudmila Cheshmedzhieva, Nikolai Urumov, Vasil Casilev-Zueka  

Quizás se le vaya la mano en sentimentalismos. Tal vez haga demasiado esfuerzo para conmovernos. Acaso abuse de los lugares comunes. Pero sin duda funciona: cuesta no sentirse removido por dentro durante sus últimas escenas. La producción búlgara El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina, dos películas de carretera por el precio de una, consigue revivirles la vida a sus espectadores -quiero decir: logra despertar los recuerdos familiares de cada quien- por medio de sus buenos personajes, su amor por los pequeños detalles y su trama alegórica que nunca pierde de vista los gestos de una cultura. Mientras más local sea un relato, mientras más apele a las cosas concretas del universo que narra, más nos sentiremos todos identificados. Y eso pasa con El mundo es grande.

Comienza, en tono de comedia, con el nacimiento de su protagonista: Aleksander Sashko? Georgiev. Es 1975. Bulgaria vive en puntillas bajo la mirada de aquel régimen comunista, fiel hasta la muerte a la Unión Soviética, comandado por el eterno Todor Zhivkov. Y el niño que acaba de venir al mundo es recibido por una madre que hace lo que puede para tragarse su melancolía, un padre que cada vez soporta menos la creciente corrupción del Estado, una abuela paciente que ha llegado a la conclusión de que todo estará bien siempre y cuando se tenga a la mano algo de azúcar y un abuelo entrañable, rebelde, generoso, que ha sido llamado por la gente de su barrio el rey del 'backgammon'. Todo va bien. Sashko es un niño feliz. Hasta que un día, porque sus padres se niegan a convertirse en delatores, se ve obligado a irse al exilio. Y refugiado en Alemania, años después, pierde la memoria tras sufrir un accidente de tránsito.

Es su abuelo, Bai Dan, quien va a su rescate. Lo trae de vuelta, en una bicicleta tándem, al lugar donde nació. Y lo ayuda a recordar su viaje hacia el exilio. Dos películas de carretera en una.

El planeta se ha puesto triste: es puro dinero. Pero su abuelo aún se niega a vivir en un país -es decir, en un mundo- que cree haber resuelto todos los misterios. Y la película, fiel a su título hasta el final, insiste en sus alegorías con una fe que acaba ganándose al auditorio: El mundo es grande ve la vida como un juego de backgammon en el que, tal como las fichas les responden a los dados, solo nos queda reaccionar a los giros del destino; trata de recobrarle a un personaje, en nombre de un país, la memoria que tiende a enterrarse en sociedades hechas de víctimas, y sigue a ese viejo que viaja con su nieto en la misma bicicleta, con esa fotografía suave que insinúa tiempos mejores, para hacernos notar que toda una generación de búlgaros se perdió por el camino.

Quizás suene a película de tesis. Pero funciona: la compasiva imagen del nieto que entiende, al final, que todo viene de su abuelo, es una imagen contundente.
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