Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1986/08/11 00:00

EL MUSEO IMAGINARIO DE MARIA CLARA GOMEZ

El misterioso caso de la pintora que sabía demasiado

EL MUSEO IMAGINARIO DE MARIA CLARA GOMEZ

En el blanco salón múltiple del Museo de Arte Moderno se exponen actualmente veintidós grandes cuadros de la pintora María Clara Gómez. Pero en realidad son muchos más. Ellos mismos son múltiples, dividido y subdividido cada uno en distintos planos, armado de diversos fragmentos como un rompecabezas, a veces en distintas versiones de sí mismo. No es solamente que el espacio pictórico de cada lienzo esté fracturado en varios planos -para ohtener como resultado no digamos un cuadro cubista, sino la visión cubista de un cuadro: una simultaneidad de ángulos de reflexión sobre el lienzo. Es además que en ellos se entrechocan, o se combinan, técnicas y métodos diferentes: realismo figurativo, abstracción, simplificación geométrica. Y es sobre todo que se trata de cuadros situados simultáneamente en diversos planos de la conciencia: hay en ellos el cuadro, y además el comentario al cuadro, y además la referencia erudita sobre el comentario, también en una simultaneidad caleidoscópica. Comentarios y referencias que van desde lo personal y privado-cosas o personas del entorno cotidiano de la artista, una brocha, un paisaje o un gato-, hasta lo colectivo: el inagotable museo imaginario de la historia del arte. Un autorretrato de Alejandro Obregón o de Vincent Van Gogh, el retrato del Papa Inocencio X por Velázquez, una alusión a David Hockney o a Roy Lichtenstein .
Técnicamente, la pintura de María Clara Gómez es impecable. El oficio de pintor no tiene secretos para ella.
Y tampoco los tiene, por lo visto, la historia de la iconografía: todas las alusiones cultas están ahí. Referencias que son a veces interferencias, casi como notas de pie de página en un libro. Pues no es sólo pintura dentro de la pintura, pintura sobre la pintura, cuadros que remiten a otros cuadros como en un juego de espejos -del mismo modo que los artesanos chinos hacen cajitas chinas que dentro encierran otras cajitas chinas, o los rusos muñecas rusas rellenas de sucesivas muñecas rusas. Lo de María Clara Gómez no es solamente juego intelectual en ese sentido, sino que va más allá: es frenesí crítico. Es pintura con comentario sobre la pintura incorporado. Dentro de cada cajita china hay una muñequita rusa.
Todo esto puede parecer excesivamente cerebral, rebuscado, casi como una incitación al mareo. Y lo es, aunque esté firmemente asentado en la solidez de la composición y en la sobria, y también sólida, utilización del color, además del ya mencionado virtuosismo técnico. Pero es cierto que tras visitar la exposición queda en el espectador la impresión de que hay un exceso de glosa en la pintura de María Clara Gómez. De ahí viene cierta sensación de frialdad, de distanciamiento, de falta de participación en esos juegos intelectuales sabiamente realizados, en esos rompecabezas culturales que se dirigen más al cerebro que al ojo del visitante.
Pues, como ya se dijo, la fracturación de los cuadros no es un simple recurso plástico, sino ante todo un acto de fe cultural. Es como si Maria Clara Gómez estuviera abrumada por el peso de su propia cultura pictórica, paralizada por el respeto a lo que se ha hecho en artes plásticas por lo menos, digamos, desde el Renacimiento para acá, y eso incluye desde la orfebrería hasta la aerofotografía.
Fríamente considerado el asunto, no le falta razón: ya todo se ha hecho en el arte de Occidente, y más o menos de todas las maneras posibles, desde todos los ángulos concebibles del intelecto y de la técnica, de la espontaneidad y de la premeditación, de la pasión y de la razón. Pero eso lleva a la fatiga. No tanto la del espectador -que en cada cuadro encuentra muchos motivos de placer y de interés-cuanto la del artista. La de María Clara Gómez es una pintura fatigada. O mejor, enervada: como esas plantas parásitas que viven de prestado porque no tienen suficiente fuerza vital propia. A María Clara Gómez, que domina la técnica y es dominada por la cultura, le está haciendo falta una sola cosa para salir de ese estadio artificial de ejercicios de piano y convertirse en una pintora de peso: confianza en sí misma. --

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