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| 5/26/2012 12:00:00 AM

El niño de la bicicleta

Para bien de los cinéfilos, los hermanos Dardenne insisten en documentar los desmanes del mundo por medio de ficciones.

Título original: Le gamin au vélo
Año de estreno: 2011 
Guion y Dirección: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne
Actores: Thomas Doret, Cécile de France y Jérémie Renier?

Estas películas son un nudo en la garganta. El viacrucis comienza en el primer gesto del primer plano de la primera escena. Y solo termina, si es que termina, cuando los créditos bajan por la pantalla. Los cinéfilos, que tenemos tan alto el umbral de la paciencia, que enfrentamos las pesadillas de zombis con la misma emoción con la que rescatamos cualquier clásico del cine, estamos acostumbrados a ser testigos de estos dramas que no cesan. Pero tal vez sea bueno advertir -para bien del espectador desprevenido que se pregunta qué ver- que se sentirá taquicardia durante la hora y media que persisten los reveses y las desgracias y los tristes triunfos de El niño de la bicicleta: estas películas son así.

Cuando digo 'estas películas' estoy diciendo 'las películas retorcidas, brutales, conmovedoras, de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne'. Que, tras dedicarle la primera parte de sus carreras a filmar historias verdaderas, se han pasado las últimas dos décadas poniendo en escena ficciones que documentan lo dolorosa que puede llegar a ser la vida en los márgenes del mundo. El par de cineastas belgas, premiados en Cannes varias veces, han escrito y dirigido seis largometrajes estremecedores desde 1996 hasta hoy. Y los seis, La promesa (1996), Rosetta (1999), El hijo (2002), El niño (2006), El silencio de Lorna (2008) y El niño de la bicicleta (2011), son retratos de jóvenes con el corazón roto que hacen lo mejor que pueden para no dejarse someter por el presente.

El niño de la bicicleta es el drama de un adolescente de doce años, Cyril, que solo tiene a su favor la esperanza de que su padre no lo haya abandonado en aquella casa especial para hijos que no saben a quién más acudir; solo se siente a salvo cuando pasa el día al lado de una estilista resignada a ser una buena persona, Samantha, a la que se aferra como a una tabla de náufrago desde el primer momento en que la ve; y solo se siente cómodo cuando se sube a una bicicleta roja que se le ha ido volviendo lo único que tiene. Los hermanos

Dardenne lo siguen paso por paso hasta el momento en que sienten que ha llegado la hora de dejarlo: el momento en que queda completamente claro que, igual que en las anteriores tramas de los directores belgas, hemos estado viendo los padecimientos de un personaje realista atrapado en una parábola.

El niño de la bicicleta es una fábula ejemplar para los tiempos que corren, pero, como en las demás obras de los realizadores, la moraleja es que solo algunos gestos humanos -un beso, un inesperado asomo de culpa, un arrebato de bondad- nos salvan de la miseria por un rato. Queda aprendida la lección, una vez más, gracias a la sorprendente puesta en escena que se han inventado los dos directores. Que da angustia. Que estremece. Que hace pensar que ni siquiera la vida real logra ser tan verosímil como una de estas películas de los Dardenne.
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