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| 10/22/2001 12:00:00 AM

El noviciado de la muerte

Se publica ‘La perorata del apestado’, la primera novela de Gesualdo Bufalino.

Gesualdo Bufalino
La perorata del apestado
Norma, 2001
225 páginas Ante la insistencia de la editora Elvira Sellerio, en 1981 un profesor de 60 años publica su primer libro, guardado durante años en un cajón del escritorio. El reconocimiento no se hizo esperar: muy pronto el desconocido autor obtendría el prestigioso premio Campiello y el unánime reconocimiento como uno de los mejores escritores italianos contemporáneos. Se trataba de Gesualdo Bufalino, nacido en el pueblo siciliano de Comiso y de la novela La perorata del apestado. Después de haber editado casi todos sus libros Editorial Norma se decidió —al fin— a publicar esta joya de la obra bufaliana. Aunque un poco tarde, hay que reconocer que la espera valió la pena: la traducción de Yolanda González es extraordinaria y la novela no desentona de la fama que venía precedida. Además trae, por primera vez en español y como gran novedad, un apéndice de valiosos textos y comentarios que Bufalino había pensado incluir en la versión inicial. La perorata del apestado cuenta la experiencia vivida por Bufalino en La Rocca, un sanatorio durante el verano de 1946. De regreso de la guerra, éste contrajo la tuberculosis y debió compartir un tiempo las esperanzas y las desesperanzas de sus compañeros de enfermedad. Con el padre Vittorio y su angustiosa religiosidad; con el Gran Magro, el mefistofélico médico y director del nosocomio. Y, desde luego, con Marta, la hermosa y enigmática bailarina con la cual tendrá una historia de amor. “Cuánto me repugna, cuánto la amo”. Sí, fueron días infelices, los más felices de su vida. Bufalino finalmente se curó. De todos los personajes fue el único que logró escapar de aquella enfermedad que en esa época era mortal. Si de tantos sólo él, por premio o condena, sobrevivió y pudo respirar, quedó con mucho más remordimiento que alivio, por haber traicionado, sin que ellos lo supieran, el pacto de no sobrevivirse: “¿Pero quién podrá olvidarse de los compañeros de reclusión, del fuego que los animaba?”. El tema es un aprendizaje: el joven inocente que experimenta brutalmente la corrupción del cuerpo. Viaje inusual, saludable noviciado en el reino de la muerte. En esa breve temporada en el infierno él será una especie de Orfeo con su Eurídice perdida para siempre. (Un Orfeo “bellaco” que se voltea intencionalmente). O un Lázaro que vuelve con un botín de fuego y un poco de ceniza bajo su pecho: “Tal vez por esto se me había concedido la exoneración; sólo por esto yo, y nadie más, me había salvado de la guadaña: para dar testimonio”. Y para recordarnos que la vida es una cosa ajena, robada por broma, para devolver al día siguiente. Que la historia, con sus masacres y sus parafernalias no tiene ninguna importancia, no significa nada ante el minúsculo e irrepetible cataclismo de nuestra muerte. Perorata quiere decir hablar excesivo con mucho artificio. Más que novela, este libro es un poema narrativo en el cual la fantasía y lo lírico prevalecen sobre los hechos. Por eso, debe leerse y gozarse como se lee y se goza la buena poesía: palabra por palabra. Su belleza depende en gran medida de su lenguaje. No por azar Bufalino dijo alguna vez que la metáfora era el alimento de su prosa. La suya es una escritura elegante y suntuosa, bastante cercana al barroco. Y, como se sabe, para los barrocos la forma no es sólo forma sino una función imprescindible; sin ella “la arquitectura se derrumbaría”. Quizá barroco, quizá demasiado exuberante, pero, como se ha visto, con un hondo contenido existencial. En La perorata del apestado, los huéspedes de La Rocca divagan y sueñan. Hacen teatro, cuentan falsas historias de sí mismos, de sus vidas no vividas aun cuando se encuentren ya en las cercanías de la muerte. Hablan todo el tiempo, nunca dejan de hablar. “Embalsamados en aromas de palabras”, de la mañana a la noche, acarician sus vanidosas agonías.
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