Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/05/08 00:00

El nuevo ‘homo informaticus’ ’

En este libro podemos ver de qué manera los avances tecnológicos en comunicación —incluido Internet— han modificado los comportamientos.

El nuevo ‘homo informaticus’ ’

Cuando apareció la fotografía en 1839, algunas sectas protestantes fundamentalistas condenaron en Alemania el nuevo invento, argumentando la sentencia de Exodo 20:4: “No te fabricarás escultura ni imagen alguna de lo que existe en la Tierra”. Juzgaban como una herejía la duplicación mecánica y fiel del mundo creado por Dios.

La radio, que fue utilizada por primera vez en forma generalizada para las comunicaciones militares durante la Primera Guerra Mundial, dio lugar a un arduo debate sobre su uso en tiempos de paz. Los burgueses temían que voces desconocidas se introdujeran fácilmente en sus hogares y perturbaran la tranquilidad de sus hijas. Al final, se impusieron los intereses económicos de las compañías eléctricas.

El cine, que empezó a proyectarse en público a finales del siglo XIX, también provocó resistencias técnicas y morales: la alta inflamabilidad de la película de nitrato de celulosa provocaba incendios y había mucha desconfianza en que hombres y mujeres se reunieran en una sala oscura ante un espectáculo de tanta sugestión.

Platón, en Fedro, puso en boca de Sócrates una conocida objeción contra la escritura: si los hombres se fían de ella no usarán su memoria y no se reconocerán por sí mismos.

Teniendo en cuenta tales hechos, Román Gubern concluye que cada novedad tecnológica en el ámbito de la comunicación ha suscitado siempre temores y resistencias ‘neofóbicas’. No obstante, argumenta, tal ha sido la característica de la especie humana, su curiosidad exploratoria: la razón determinante del proceso evolutivo de la hominización radicó en su decidida tendencia ‘neofílica’, tendencia a la exploración y a la novedad opuesta al conservadurismo ‘neofóbico’ de las especies animales. La actitud ‘neofílica’ implica riesgos y puede convertir la audacia en temeridad. Muchos antepasados sucumbieron por ello, pagando con su vida un alto precio a sus arriesgados intentos de hacer progresar sus tribus.

Con esa fatalidad ancestral hacia los cambios, pero también con el conocimiento cierto de que a pesar de sus indudables beneficios los mencionados inventos tecnológicos —y en especial la televisión, como lo muestra Gubern— han implicado efectos nefastos en el comportamiento social, nos enfrentamos ahora a la última gran novedad: Internet, la red de redes. El temor aumenta cuando observamos la velocidad con que se impone: mientras la radio necesitó 30 años para alcanzar en Estados Unidos una audiencia de 50 millones de personas, la televisión necesitó 13 e Internet sólo cuatro.

En Internet, el conocimiento se ‘balcaniza’ y no hay criterios previos de selección: “Es una gran librería desordenada”, dice Umberto Eco. El exceso de información dificulta las funciones básicas de la memoria: “En vez de una aldea global, las nuevas autopistas podrán convertirse en un fumadero de opio de 500 pipas”, advierte Steven Miller. Si la sociedad televisiva era la sociedad del aislamiento, sometida a la tiranía de la información única, la red crea comunidades invisibles que erosionan el sentimiento de pertenencia territorial: “Una suma estéril de monólogos paralelos de personas con afinidades culturales”. No es muy alentador que hasta ahora la pornografía constituya el principal uso de la red. Por cierto, las primeras experiencias de sexo virtual son, aparte de frustrantes, bastante patéticas. Pero es indudable que la ‘sociedad cableada’ también representa “el arraigado mito de la democracia directa y participativa en tiempo real”.

La discusión está abierta. Y el libro de Gubern nos ayuda con una gran cantidad de datos, de anécdotas, de lúcidas reflexiones. “Algo está cambiando”, decía en una canción Bob Dylan. Todo indica que es cierto, pero en un rumbo completamente distinto al que él pensaba.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.