Sábado, 21 de enero de 2017

| 1988/01/04 00:00

EL NUEVO PALACIO

El proyecto para reconstruir el Palacio de Justicia: una propuesta con bemoles.

EL NUEVO PALACIO


Dos años han pasado desde los acontecimientos que condujeron a la destrucción física del edificio del Palacio de Justicia en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Hace pocos días apareció en la primera página de El Tiempo el dibujo de lo que será la nueva fachada del edificio, una vez terminen las obras de su reconstrucción en 1990. Con esta fachada el sufrido edificio enfrentará a sus ilustres vecinos en el recinto de la Plaza: la Catedral Primada, la Capilla del Sagrario, el Capitolio Nacional y el Edificio Liévano, sede del gobierno distrital.

Todos estos vecinos han sido en uno u otro momento de su historia transformados. La Catedral, iniciada en 1807, ha sido objeto de diversas transformaciones de sus torres desde 1811, la última de ellas efectuada en 1943, fuera de los lineamientos de la propuesta original de Fray Domingo de Petrés, el capuchino autor de sus planos. El Sagrario, la construcción más antigua de la Plaza ( su fachada se terminó en 1689), recibió dos nuevas espadañas en 1904, en reemplazo de las antiguas severamente destruidas por temblores sucesivos. La puerta de vidrio que actualmente ostenta y que afecta severamente su imagen, es mucho más reciente. El Capitolio Nacional es indudablemente una de las grandes obras de arquitectura que se han construido en Colombia. Su construcción se inició en 1847 y concluyó en 1926. En tan dilatado período de tiempo hubo muchos cambios y adiciones al proyecto original del arquitecto Thomas Reed, pero el resultado final fue enormemente satisfactorio y coherente, al punto de ser la edificación que da la pauta para todo el resto de la Plaza.
El edificio Liévano, levantado en el sitio de las antiguas galerías de Arrubla, se comenzó a construir en 1902 y fue remodelado en 1967, con criterios discutibles en cuanto al tratamiento de la galería del primer piso y la eliminación de la manzarda central. Es otra obra excelente y su fisonomía, aunque diferente, armoniza perfectamente con el Capitolio. La plaza misma fue remodelada en 1962 y, a pesar de las fuertes críticas que suscitó su nuevo tratamiento, se constituyó en el mejor complemento de los edificios y ha probado ser un acierto completo.

Fue en este contexto en el que se insertó bruscamente el destruido Palacio de Justicia, edificio que por su lenguaje no armonizó en el conjunto de la Plaza. Previo al proyecto definitivo había sido propuesto otro, de gran calidad urbana y arquitectónica el cual fue desechado por prejuicios entonces en boga. El edificio que se construyó y que tuvo el triste final que todos conocemos, carecía de vinculación con la Plaza, era hermético con un tajante tratamiento de su primer piso el que sólo favoreció la aparición recurrente de letreros con consignas políticas. Sus restos son la base sobre la cual se ha de emprender una reconstrucción, la que cuenta con todos los factores favorables para alcanzar el nivel de calidad del resto del conjunto de la Plaza, centro de representación del poder en el país. Ya no existen prejuicios hacia el empleo de referencias históricas, ya no se requiere demostrar originalidad a ultranza ni afirmar la modernidad de las intervenciones. Existen ejemplos internacionales de manejo de la relación entre una nueva obra y un lugar histórico y existe además el interés por lo que este nuevo proyecto representa y que es en cierto modo una reivindicación de la maltrecha imagen de la justicia colombiana. Es pues, un trabajo de gran responsabilidad e importancia profesional.

La fachada presentada a consideración del público es desconcertante. Si bien existen intenciones positivas de conciliar la nueva imagen con la arquitectura circundante, el resultado es definitivamente inferior. Se propone una fachada neo-neoclásica que contiene evidentes referencias estilísticas al Capitolio, pero que no responde a una lección urbana semejante: esa vinculación, en el Capitolio del patio principal con la Plaza a través de la doble columnata y la terraza que permite un espacio de participación del ciudadano de la doble experiencia del edificio y del espacio público. La arcada propuesta a lo largo de la carrera 8a es un beneficio para ese espacio, pero se ignora la importancia de la carrera 7a, donde un tratamiento similar podría ser un aporte al enriquecimiento de la vida urbana en esa arteria esencial en la ciudad. (A propósito de esto, ya en 1940 el urbanista austríaco Karl Brunner había propuesto crear galerías en los primeros pisos de los edificios a todo lo largo de esa vía). En el aspecto urbano, la fachada presentada sugiere más un maquillaje que una realidad espacial definida. Y sin entrar en el análisis del manejo de los elementos estilísticos del neoclásico, en la nueva fachada aparece un enorme tímpano triangular que contrasta con la horizontalidad del Capitolio y que emparenta esta propuesta más con la arquitectura comercial de la calle 85 que con los edificios circundantes.

En muchas ocasiones una propuesta arquitectónica es un asunto público y ésta es una de ellas. No se puede pensar que, con antecedentes como la propuesta urbana de Brunner y el proyecto anterior no realizado, y que, dada la oportunidad de embellecer aún más la Plaza de Bolívar, se opte por una propuesta que se acerca peligrosamente al remedo estilístico. Si existen las condiciones favorables, cabe esperar que el resultado final sea óptimo, de lo contrario no se justificará la enorme inversión que requiere esta reconstrucción.--

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