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| 8/28/2000 12:00:00 AM

El odio

Esta película refleja la desesperanza de un grupo de jóvenes en los suburbios de París.

Director: Mathieu Kassovitz
Protagonistas: Vicent Cassel, Humbert Yunde, Said Taghmaoui



"Y así el odio está condenado a la suerte lamentable de no poder jamás dormirse bajo la mesa". Charles Baudelaire (1821-1867)

El odio (1995) transcurre básicamente en un suburbio en estado de sitio, Muguets, a 30 kilómetros de París, entre las 10:38 y las 6:01 del día siguiente, después de que el joven Abdel Ichah fuera atacado brutalmente por la policía y de que un inspector perdiera su revólver. Mathieu Kassovitz (1971) toma partido de entrada: “Filme dedicado a los que murieron mientras se rodaba”. Los planos iniciales de la revuelta (“policías: sois unos asesinos; no tenemos armas, sólo piedras”) sumados al blanco y negro, dificultan trazar límites entre documental y ficción: “La visión de ‘El odio’ es mi visión, pero esta no es la única ni por fuerza la mejor”. Los protagonistas, Hubert, Vinz, Saïd, nombres originales, un negro, un judío y un árabe, aun así son inseparables, lo que aludiría a un idealismo universalista... a pesar del sistema. Esto no habla de una utópica solidaridad entre ellos o que el director piense en un final feliz. Saïd, desdramatizador del relato, sobrevive en lo ilícito; Vinz ve en el odio la razón para no morir; Hubert, boxeador, cree que para vivir lo ideal es ser pacifista... Tales actitudes se relacionan con el desempleo, la injusticia social y el rechazo de los tres al “puto sistema”. Si Abdel muere, Vinz ha prometido matar a un policía con la misma arma que se extravió. Saïd sabe que la venganza se come fría. Hubert es consciente de que el odio atrae el odio, como pensaba Malcolm X. Pocas veces se ve un filme cuyo valor, sinceridad y honradez están fuera de toda sospecha y que no intenta complacer a nadie pues la verdad no tiene que ver con seducción, al igual que amor y odio no existen en sí mismos y cada uno es sólo la ausencia del otro. El parecido con la realidad de cualquier otra latitud no es casual: El odio es la historia de una sociedad que cae... y que aun con el inminente aterrizaje —la caída no importa— piensa que “de momento, todo va bien”, como diría Virgilio... Barco. La obra de Kassovitz no es esperanzadora pues sería falsa. Aunque la mayoría apueste aún por un universalismo compatible con las diferencias el final es apabullante. En ese fundido a negro en que el rebelde Hubert ya se enfrenta al poli-Notre-dame queda claro que millares de amarillos, negros y morenos desembocaron en tropel en Europa y sus razones de vida murieron entre la xenofobia. A las 6:00 a.m., cuando todo está por consumarse, surge el as de Kassovitz: el inspirador poeta del spleen y de lo marginal, con su implícita inconformidad frente a un medio hipócrita que se opone al cambio del statu quo: Baudelaire. Así, el espectador vuelve al presente de una sociedad que sigue cayendo en el pozo sin fondo del tonel del odio y que pretende olvidar que aquél está condenado a la suerte lamentable de no poder dormirse jamás bajo la mesa.
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