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| 5/11/1987 12:00:00 AM

EL OLOR DEL COCO

La primera novela de Marvel Moreno, deja muchos hilos por tejer

Una muñeca de porcelana, raso rojo y tul blanco bordado, manos rígidas y pies torcidos, parece mirar hacia adentro de sí misma, sentada torpemente en la cubierta del libro. Detrás de esos ojos y detrás de esas páginas comenzarán a surgir y volverse añicos muñecas y adolescentes, mujeres devoradas y devoradoras que comparten un mundo sin sentido.
Hace dos años, con el nombre "Muy cerca del mar", esta novela fue finalista en un mal premiado concurso de Plaza & Janés. Desde entonces ha sido un libro esperado, no solo porque en Colombia no hay muchas novelistas de dedicación y envergadura, sino porque su primer libro, la colección de cuentos "Algo tan feo en la vida de una señora bien" (Bogotá: Editorial Pluma, 1980), ya había mostrado a una autora madura y crítica. La versatilidad e ironía de sus cuentos conservan una total autonomía respecto a la novela, y en ciertos aspectos seguirán insuperados. Injustamente, como pasa con tantas ediciones locales, la de Marvel Moreno sigue sin distribución y desconocida en América Latina, aunque la edición del libro en francés (Une Tache dans la Vie d'une Femme comme il Faut. Trad. Jacques Gilard, Editions des Femmes, 1982) se hubiera agotado.
"En diciembre llegaban las brisas" no es una novela fácil, ni de leer ni de escribir. Marvel Moreno ha producido una obra densa y laboriosa, de controlada energía, qué no tiene la estructura tradicional. Hay pocas anticipaciones, no hay suspenso a largo plazo, hay muchos elementos eludidos, no hay historias secundatias que dependan de un eje central. Las historias se encadenan, crecen como burbujas, adquieren volumen, brillo y vida hasta que revientan y desaparecen, con sus protagonistas, para pocas veces volver a ser integradas. Es un libro que continuamente recomienza y se repite, como el mundo que refleja.
La voz narrativa es un yo que no se nombra, pero que se somete a la perspectiva y al conocimiento de un personaje-testigo, Lina Insignares. Solo en un corto epílogo aparece la voz de Lina en primera persona, cerrando la obra y subrayando su distancia espacial y temporal ante el material relatado. Ni los años que han transcurrido ni el océano que separa a París de Barranquilla, sin embargo, la han distanciado de un mundo que la obsesiona y que ha tratado de reconstruir persiguiendo, mezclando y escogiendo versiones. Decenas de personajes aparecen y se desarrollan, con historias que los diseccionan en sus pasados más remotos y más intimos.
Pero es precisamente Lina, el personaje más elusivo, el que menos detalles nos da de sí misma, en enorme contraste con el tratamiento de todos los demás. Su historia no es burbuja, sino parte de toda la resaca de la novela. Cómplice y apoyo de su propia generación, sabe encontrar alianzas en la generación anterior y sobrevivir siendo confidente de los seres más heterogéneos. Como si no tuviera sino hilos de vida propia, su historia consiste en ser esencialmente devoradora de historias, intérprete y a veces, como todo relator, traidora. Su traición al relatar y al relatarse es, sin embargo, su única acción realmente válida. Su palabra se opone al recuerdo secreto y a la confidencia, y así, transforma las vidas en denuncia y les impide ser apenas curiosidades.
Tres partes de estructuras paralelas conforman los recuerdos de Lina. En cada parte domina una mujer vieja que le sirve de apoyo en su interpretación y manejo de las decisiones vitales de tres de sus amigas.
Tal vez la clave del mundo que Lina trata de recuperar no está en las voces concretas de sus conocidos, sino en los oscuros rincones del jardín de la torre sin estructura coherente, en donde ella es parte del universo y se comunica con otras voces menos identificables: "Aquellas voces intentaban comunicarle el eco de un mensaje olvidado desde hacía miles de años, pero no destruido mientras hubiese alguien que lo escuchara en el secreto de un jardín, sabiendo que a alguien debería entregarlo cuando sintiera aproximarse los primeros pasos del silencio" (página 228).
La novela deja muchos hilos por tejer, para lecturas futuras. Un significativo aporte es la recuperación de un mundo femenino semitransgresor, que transmite oral y gestualmente las tretas del débil y enseña así a sobrevivir en vidas dobles, matando, poseyendo, anestesiándose y obteniendo placeres tan parciales y dudosos, que solo denuncian su real ineficacia. Como tantas obras de la historia de la literatura, "En diciembre llegaban las brisas" gusta porque no puede gustar. No hay paz, ni complacencias, ni salidas. La primera lectura no es fácil ni dulce. Al fin y al cabo, cuando llegan las brisas, muy cerca del mar, el unico sabor que queda, pegajoso, es el de la sal. La sal, antiguo rito bautismal, puede ser un paso hacia la sabiduría.
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