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| 9/15/1986 12:00:00 AM

EL ORIGEN DE LA COMEDIA

Una historia de tragedias, sexo, religión, infidelidad y mucho humor, en la última película de Woody Allen.

La protagonista de la nueva película de Woody Allen, "Hannah y sus hermanas", se llama, obviamente, Hannah; es rubia, pecosa, con un carácter muy fuerte, alguna vez fue actriz y estuvo casada con un productor de televisión, un hombre extraño que sentía temor de todo, temor a enfermarse, temor a ser olvidado por Dios, temor a quedarse solo, temor a que el amor se les acabara, temor a no ser capaz de engendrar un hijo. En medio de devastadoras depresiones sexuales, religiosas, morales y sociales, Hannah y el marido deciden que ella sea inseminada artificialmente. Cuando comienza la película, Hannah ya no está casada con ese maniático sino con un asesor financiero, mayor que el otro y más sensual, más ambicioso y también más depredador.
Hannah (Mia Farrow), el productor de televisión (Allen) y el segundo marido (Michael Caine), apenas son tres de los innumerables personajes que componen la que ha sido considerada por algunos como la película más agresiva, más madura y más personal de este realizador, porque también están las otras dos hermanas de Hannah, Lee (Barbara Hersehey), casada con un pintor neurótico (Max von Sydow), y Holly (Diane Wiest), soltera, siempre a la caza de hombres y conflictos y con un corazón muy grande. Las tres hermanas tienen papá y mamá (interpretados por Lloyd Nolan y Maureen O'Sullivan, quien en la vida real es la madre de la Farrow), y esa mamá es aficionada al alcohol y con frecuencia pelea con el marido y lo increpa y amenaza con suicidarse. A esta galería de parientes hay que agregar otros dos personajes, un arquitecto loco por la hermana soltera (Sam Wasterson, el reportero de "Los gritos del silencio"), y Carrie Fisher, quien interpreta a una amiga de la familia.
Una historia que contiene estos personajes no puede ser tranquila ni apacible: todos pelean, sienten celos desean a los demás, se detestan pero se necesitan, beben para olvidar la realidad, echan mano de la memoria como si fuera un exorcismo contra el presente, buscan a Dios sin encontrarlo, rechazan el dinero y la felicidad, son masoquistas, ejercen la egolatría y la envidia y siempre están juntos, comiendo y bebiendo y haciendo el amor y alterándolo todo.
"Hannah y sus hermanas" es un resumen de todas las preocupaciones y obsesiones y fantasmas del realizador. El sexo, la religión, el amor, la infidelidad, la soledad, el humor son tratados aquí con la paciencia de un cirujano. Todo eso se siente, observando cómo el marido de Hannah desde las primeras escenas de la película, organiza la cacería contra esa mujer sensual que usa suéteres dos tallas más pequeños y cómo ella engaña al marido-pintor sin sentir que lo está engañando. Y se siente, presenciando la agonía del productor de televisión que un día descubre una sordera incipiente, siente que se morirá pronto, acosa a los médicos y cada vez se va hundiendo más en la duda hasta que apela al último recurso que se le ocurre: buscar consuelo en la religión. Prueba con varias creencias y entra y sale de los templos en una ridícula cacería de señales que deben bajar del cielo. Y también se siente con ese pintor que rechaza las mejores ofertas por sus cuadros, y con esa muchacha que se entrega a diferentes hombres con una inocencia tan profunda que nadie pone reparos morales.
En medio de ese infierno que cada personaje respira, sólo hay alguien que conserva la cabeza y el corazón en su lugar, Hannah, la única que no duda, alrededor de quien se aglutinan todas las esperanzas y ternuras, la que no le teme a nada, la que dice las cosas como las piensa, que sirve de testigo al desmoronamiento de los demás. Sabe que el marido la engaña con su hermana, sabe que el marido de esta es débil, sabe que la otra hermana busca desesperadamente el amor, sabe que sus padres se pelean y detestan, sabe que detrás de cada sonrisa se esconde el rictus del fracaso, la amargura y la soledad, sabe que debe seguir con esa apariencia de mujer que nunca se cansa, que nunca se queja, que tiene muchos hijos y los atiende (en la vida real son los hijos de la actriz), que debe organizar comidas y reuniones para que todos beban y coman, se sientan vivos y ella, que los conoce profundamente, que identifica sus cicatrices, tiene tiempo, humor e imaginación para escuchar los problemas de cada uno.
Mirando el desmoronamiento de este grupo familiar, contemplando tantos conflictos, es difícil llamar "comedia" a un drama cada vez más devastador, pero en cuyo fondo yace ese humor negro de Woody Allen quien no sólo cuenta lo que él piensa y siente sobre determinadas situaciones, sino que hace un inventario de las desgracias que le ocurren a personajes como ese espectador anónimo que está sentado ahí en la oscuridad de la sala, el mismo espectador ante quien, como ocurrió en "La rosa púrpura del Cairo", los personajes de la pantalla saltan y escapan y cobran vida propia.

WOODY ALLEN
"SOY UN TIPO ORDINARIO"
Woody Allen ha sido más bien parco en declaraciones y entrevistas. Estas son algunas de las últimas que ha concedido a la prensa americana:
-¿El Woody Allen de la pantalla es el mismo de la vida real?
Woody Allen: El Woody Allen de la pantalla es una anticipación de mí mismo y no me canso de repetir que llevo el tipo de vida que llevaría cualquier hombre ordinario. Me levanto por la mañana, voy al estudio o a la sala de montaje si estoy trabajando en una película. Si no, leo, compongo música, veo los partidos de beisbol en la tele o paseo por la calle. No hay nada de misterioso en todo esto, o al menos, no más que en mis películas, que los críticos se empeñan en analizar en forma confusa.
-¿ Tiene una mitología personal de héroes?
W.A.: Para no citar a muchos le diré que admiro a Louis Armstrong, Ingmar Bergman, Picasso, y Albert Camus porque es el único autor francés que puedo comprender en su propia lengua.
-¿Cómo explica su éxito con las mujeres?
W.A.: Debe ser porque soy educado, amistoso, cálido, intento ponerme ropa que me favorezca y... jamás dejo de hablar y hablar y hablar.
-¿No ha sentido la necesidad de tener hijos con las mujeres que ha amado?
W.A.: No, por la simple razón de que desde el comienzo de mis relaciones sabía que no serían eternas. Era inútil traer hijos al mundo y colocarles en la incómoda situación del divorcio.
-¿Qué siente al ser tan famoso?
W.A.: Cuando tenía veinte años era mi mayor deseo. Hoy me parece una absoluta futilidad.
-¿Cómo definiría su vida?
W.A.: No tengo grandes necesidades. Ni barcos, ni caballos de carrera, aunque me muero de ganas de tener un Monet. Me gusta mucho ir a los anticuarios y comprar un objeto o un mueble de vez en cuando, pero no lo convierto en obsesión.
-¿Le gustaría que sus películas lo sobrevivieran durante muchos años?
W.A.: Si, pero no me pregunte por qué. Yo estaría ya muy lejos de este mundo y sin embargo la idea es reconfortante. Si aún pasan mis películas, tanto mejor, pero no es eso lo que va a hacer que resucite.
-¿Cree en el más allá?
W.A.: Estoy abierto a todas las posibilidades. Es algo en lo que pienso mucho sin llegar a una conclusión definitiva, salvo que la fe, como el talento, es innata. A veces me digo: Dios mio, si es probable que existas... Me gustaría que me respondiera que la vida aquí abajo no es sino una ínfima parte de nuestra experiencia. Por ahora vivo como si no existiera un más allá. Si estuviera convencido de lo contrario, cambiaría radicalmente y estoy seguro de que esto haría de mi una persona más segura y más serena...
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