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| 2/8/2014 12:00:00 AM

El padre de la ópera en Colombia

El mes pasado falleció Alberto Upegui, uno de los principales promotores y fundadores de la tradición operística en Colombia.

En el diccionario de Alberto Upegui no existía la palabra imposible. Porque no era un ser humano sino una fuerza de la naturaleza, como su gigantesca figura de casi dos metros de estatura. Capaz de medírsele a las empresas más disparatadas del mundo, como hacer realidad, en 1970, su sueño de una compañía lírica que llamó Festival Internacional de Ópera de Medellín.

Fue un experimento tan exitoso, que al año siguiente presentó seis títulos en el Teatro Colón de Bogotá. Artísticamente la empresa fue un éxito que económicamente naufragó. Pero le cambió la vida. Porque se enamoró de Carmiña Gallo, la primera soprano, se casaron y a partir de entonces dedicó su vida a la música.

Carmiña era muy buena cantante y excelente música, dirigía el Coro de la Universidad Nacional y creó la Coral Verdi. Alberto, en uno de sus delirios, aprovechó la existencia de la coral, le propuso a su mujer hacer ópera ‘en concierto’ y le sonó la flauta. Entonces era director de la Radio Nacional y como la cultura, gracias a las actividades incansables de Colcultura, estaba a la orden del día, les propuso hacer en 1976 una temporada de ópera.

Las condiciones estaban dadas: la presencia de Carmiña garantizaba tener una gran soprano y la Coral Verdi. Colcultura por su parte aportaba los recursos, la Sinfónica de Colombia y el Teatro Colón.

Lo mejor que pudo ocurrir fue que se desató una polémica de dimensiones colosales, con unos a favor y otros en contra. Cuando se alzó el telón el 20 de agosto de 1976 para presentar La bohemia de Puccini, nació la Ópera de Colombia, y ahí, entre bambalinas estaba el padre de la creatura, Alberto Upegui Acevedo, nacido en Medellín en 1937, abogado de la Universidad Bolivariana y ya convencido de que sí era posible una compañía de lírica lo más colombiana posible.

Los astros se alinearon a su favor porque había una cosecha de cantantes jóvenes como nunca había ocurrido en el país como Zorayda Salazar, Marina Tafur, Martha Senn, Sofía Salazar y Alejandro Ramírez, entre otros. Upegui era un abanderado del talento nacional y cuando la Ópera inició en 1980 el proceso de internacionalización de sus producciones, en medio de una feroz polémica abandonó la nave. Carmiña lo siguió un par de años después.

En 1986, por decisión del gobierno, desapareció la Ópera de Colombia. Para 1988, al frente del Instituto de Cultura de Bogotá, Alberto volvió sobre lo mismo: creó los Talleres de Canto del Planetario Distrital y surgió una nueva generación de voces, como Juanita Lascarro, César Gutiérrez y Diver Higuita, entonces hizo Ópera en el Teatro Municipal de Bogotá. Cuando se retiró del Instituto, fue de esas voces que, en parte y paradójicamente, renació en 1991 la Ópera de Colombia.

Con Carmiña crearon en 1992 la Compañía de las Clásicas del Amor, que en el Auditorio de Skandia en Bogotá ha hecho centenares de presentaciones con un repertorio inimaginable, que va de la ópera al rock.

En 2004, con la muerte de Carmiña, se truncó el proyecto más ambicioso de su vida: crear una compañía de ópera para llevarla a los pueblos de Colombia: “Es que en eso soy muy paisa, imagínese una compañía de pueblo en pueblo presentando ‘La Traviata’ o ‘Elíxir de amor’, en una casona, en una iglesia, en una plaza, ¡qué importa!, con una orquesta digital, como la de Las Clásicas… ¡Ah, eso sería muy bueno!”, dijo.

Pero no lo consiguió porque murió el pasado sábado 25 de enero en Medellín, pues por razones de salud se retiró a vivir a Fredonia en Antioquia y solo abandonaba su retiro para visitar médicos en Medellín o para asistir a ciertas presentaciones de sus Clásicas del Amor en Bogotá, su obra, que al igual que la Ópera de Colombia, lo sobrevive.
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