Domingo, 21 de diciembre de 2014

| 2013/05/25 03:00

El padrino del cine

Francis Ford Coppola ha llevado a su familia a la cima de Hollywood. Su hija Sofia acaba de estrenar una nueva y exitosa película en Cannes y se fija así en su papel como heredera. Su caso no es único y otros clanes ya tienen sus propios delfines.

Francis Ford Coppola y Sofia

"Bergman no fue un buen padre, a Picasso los niños no le gustaban, y Fellini no pudo ser padre. No me sorprende que estos grandes artistas no hubieran tenido herederos dignos”. Francis Ford Coppola dijo esas palabras a finales de 2012 en una entrevista. Había comenzado hablando sobre su más reciente película, pero terminó, como siempre, tratando el tema que a la crítica más les interesa: ¿Cómo hizo él para conseguir esos herederos dignos? ¿Y cómo ha podido extender de esa manera sus tentáculos en Hollywood y desafiar a la industria del cine estadounidense?

La semana pasada, algo similar le ocurrió a su hija Sofia durante el estreno de The Bling Ring en el Festival de Cannes. Su carrera como directora es todavía joven —en 1999 rodó su primer largometraje—, pero al contrario de lo que se esperaba, la crítica la ha recibido magníficamente pues, entre otras cosas, tiene una identidad propia, muy diferente a la de su padre. 

Sus filmes Lost in Translation (2003) y Maria Antonieta (2006) han sido éxitos de taquilla y han ganado premios como el León de Oro de Venecia y el Óscar al mejor guión original. Sin embargo, cuando pisa la alfombra roja en algún estreno las preguntas suelen girar en torno a su familia. El pasado jueves, respondió con calculada coquetería: “El mundo del ‘show business’ me es familiar desde chica”.

En el cine, más allá de las cámaras, los galardones y las galas, hay un invisible pero fuerte tinglado de personas influyentes que luchan por acumular poder. Como en la política, también allá existe la nostalgia de la fama: quien ha llegado a la cumbre, no desea bajar. Y en una profesión donde las estrellas fugaces abundan, suele ser más frecuente la frustración que la felicidad permanente. Los Coppola, sin embargo, parecen estar alcanzando esta última.

Para entender por qué, es necesario echarle un vistazo a la biografía del patriarca. Nació en 1939 en Detroit y creció en Nueva York en una familia de creativos. Poco después de terminar sus estudios de Arte Dramático y Dirección, en 1969 ya había dirigido dos largometrajes y junto con su amigo George Lucas, que crearía Star Wars, fundó la productora American Zoetrope en San Francisco. 

Con ella quería emular a la maquinaria holly-woodense y hacer un cine más audaz y ecléctico. Pronto llegó el éxito con El padrino, la mejor película de los Óscar de 1972; La conversación (1974), que le trajo la Palma de Oro del Festival de Cannes; la segunda parte de El padrino, que recibió seis Óscar, y Apocalipsis ahora (1979), tal vez su obra más ambiciosa, que se llevó los máximos galardones en Cannes y en Los Ángeles.

Desde el principio llamó  la atención que Coppola, en contraste con otros grandes de la industria, estaba completamente dedicado a su familia. Se casó a los 24 años con Eleanor Jesse Neil y vive con ella hasta el día de hoy. Quienes han trabajado con él cuentan admirados que llegaba a los set de grabación con su mujer y sus hijos y se instalaba con ellos en el hotel más cercano hasta terminar de trabajar. “Mis hijos eran niños de circo, el set era su gran plaza de juego (…) para mí es absolutamente lógico que hoy estén en el negocio del cine”, dijo recientemente.

Cuando apenas era un bebé, su hija Sofia apareció en una escena clave de la primera parte de El padrino, donde también tuvo un rol Talia, la hermana de Coppola. A los 19 años, Sofia tuvo un papel principal en la tercera parte de esa película; y aunque como actriz recibió más críticas que elogios, hoy es una directora exitosa. Otro hijo, Roman, dirige cine y videos musicales, y el mayor, Gian-Carlo, se desempeñó como productor antes de morir en un accidente en una lancha. Sofia fue novia del director Quentin Tarantino y sus sobrinos Nicolas Cage (cuyo nombre es Nicolas Kim Coppola), Robert y Jason Schwartzman,  Marc Coppola y el director Christopher Coppola le deben su carrera. Su nieta Gia ya incursiona en Hollywood.

El caso de Coppola, sin embargo, no es único. Una generación de cineastas que revolucionaron el séptimo arte entre las décadas de los setenta y los noventa está entrando a la vejez y parecen haber fijado los ojos en sus hijos. Brandon Cronenberg, hijo del director David Cronenberg, debutó en 2012 con Antiviral. Sean Ali Stone, hijo de Oliver Stone, no solo actuó en películas de su padre como Nixon, Asesinos por naturaleza y JFK, sino que él mismo dirige; y su crítica antiestadounidense ha ido más lejos que la de su padre: en 2012 se convirtió al islam.

Luke Scott no es el único hijo de Ridley Scott, ni el único que se ha dedicado al cine, pero ya alcanza pequeños triunfos con cortometrajes experimentales como Loom (2012), grabada en la emergente resolución 4K, cuya cinematografía y calidad técnica impresionó a la crítica. Menos éxito ha tenido Jennifer Lynch, hija de David Lynch, que empezó a dirigir en 1993. Vapuleada por la crítica, solo se animó a volver a hacer películas en 2008 y no ha querido renunciar.

Contar con una red de familiares talentosos y comprometidos con el cine parece haberse convertido en una garantía de continuidad. Francis Ford, Sofia y su clan parecen estarlo logrando. Y la verdad es que, en términos de El padrino, la estrategia es excelente si de lo que se trata es de mantener vivo el apellido: no el Corleone, pero sí el Coppola. 

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