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| 10/31/2015 2:00:00 PM

Hornos crematorios en Norte de Santander: el paisaje de lo perdido

Semana.com presenta el primer capítulo de libro Me hablarás del fuego del periodista e investigador Javier Osuna.

“En suma, el paisaje concierne a lo visible pero también a lo invisible. A lo material pero también a lo espiritual. Es esta ambivalencia lo que es esencial, y lo que hace la realidad del paisaje”: Agustín Berque.

Todos hemos tenido en algún punto de nuestra vida la experiencia de regresar a un lugar que recordamos con afecto después de muchos años (casa materna, parque, escuela, etcétera). Lo curioso de estos reencuentros es que, en la mayoría de las ocasiones, esos espacios entrañables, con los que conseguimos generar una profunda identificación, se han transformado tanto que se hacen casi irreconocibles.

“Desde un determinado punto de vista, el paisaje no ha tenido ni que nacer ni que inventarse; siempre ha estado allí (o casi), porque es la forma de determinada porción de superficie terrestre. Desde otro punto de vista, esta vez centrado en la percepción humana, tiene desde luego una historia”.

Esto explica por qué a pesar de enfrentarnos a un panorama diferente al que recordamos, somos capaces de vislumbrar en él los lazos emotivos que nos permitieron sentirnos conectados en el pasado, a tal punto, que podríamos referir, a quien no lo conociera, la ubicación de los objetos que existieron previamente o las anécdotas que allí ocurrieron.

Este tipo de fenómeno ha sido una de las principales lecciones de Augustin Berque en su libro El pensamiento paisajero, en el que se afirma que “el paisaje no está en la mirada sobre los objetos, está en la realidad de las cosas, es decir, en la relación que establecemos con nuestro entorno”. Esto quiere decir que cualquier panorama es susceptible de convertirse en paisaje y que, a su vez, la impresión que este genera varía de acuerdo a quien lo contempla.

Para exponer lo anterior me gustaría traer a colación una experiencia que tuve en 2009 cuando acompañé a un grupo de desplazados en el departamento de Bolívar, que después de un complicado proceso de desminado comenzaban a regresar al corregimiento de Bajo Grande tras la última toma de los grupos paramilitares que asesinaron a varios pobladores e incineraron sus viviendas.

Como desconocía profundamente las dinámicas de la región (era mi primera vez allí), pedí el favor a uno de los pobladores de que me permitiera acompañarlo en ese proceso de reingreso al pueblo. Eso sí, con una sola condición, yo grabaría y tomaría fotografías mientras él me contaba, no lo que se veía a primera vista (que era poco), sino lo que él conoció de esos espacios ahora inhabitados y que la naturaleza comenzaba a devorar.

Uno de los espacios que visitamos fue precisamente el lugar donde solía estar asentada su vivienda. Se trataba de un rectángulo irregular con claras señas de haber sido consumido por las llamas, sin señales de puertas, paredes u objeto alguno, salvo unos palos irregulares que se mantenían erguidos y podían verse desde lejos.

El rostro de este hombre se transformó totalmente una vez puso sus pies adentro de lo que él reconocía como la sala de su casa. Su voz adquirió un color diferente, miraba entre los restos de tierra, no con dolor, sino con una profunda alegría, recordaba aquellas cosas que hacía con su familia antes de huir. En medio de un ataque de entusiasmo (similar a un trance hipnótico) decidió sentarse sobre los restos de la casa para mostrarme el sitio exacto donde solía escuchar música, cruzó sus piernas, miró el vacío y continuó hablándome sin percatarse de que un escombro del suelo se enterraba en su pierna izquierda.

El influjo se rompió y lo trajo al presente, donde yo lo esperaba para continuar aprendiendo de ese Bajo Grande que no se llevó la violencia (el del pasado). El resto de la jornada fue fascinante, por momentos conseguí imaginarme cómo vivía la gente de este pueblo antes de 1999. La plaza de las celebraciones, la cancha de los partidos de futbol, la escuela. En fin, lugares donde antes latía la vida y que ahora parecían las calles de un pueblo fantasma, pero que en sus palabras revivían con la magia del pasado: “La belleza no está en la naturaleza en sí misma; quien la hace es el propio sentimiento del observador” , decía Berque.

Fue tal la emoción del recorrido que una vez terminada la visita olvidé pedir de vuelta el micrófono de solapa que le había prestado a mi guía para capturar sus impresiones. Tan pronto como pude solicité a la tripulación que me esperara y bajé antes de que despegara el último helicóptero. En el proceso de búsqueda (que terminó con éxito para alivio del dueño del equipo) tuve la oportunidad de volver a recorrer aquellas calles que anteriormente había conocido a través de las palabras de mi guía, pero esta vez solo. El contraste fue desolador, la experiencia que hasta entonces había sido placentera se convirtió otra vez en la superficie: un pueblo arrasado por la guerra.

Esto sucede porque existe una relación directa entre la impresión que nos causa el paisaje y los objetos que reconocemos en él. Tanto el poblador, como yo, mantuvimos contacto con la misma realidad, pero en momentos diferentes. Ese lapso nos permitió generar una impresión distinta del espacio.

“La creación de las cosas fue al mismo tiempo la nominación” . La silla, la radio y las puertas de esa casa no dejaron de existir en la memoria de los habitantes de Bajo Grande, de hecho, cobraban sentido en mi mente cuando las nombraban porque me permitían evocarlas, imaginarlas. Al ver el espacio solo, era incapaz de sentir ternura, veía simplemente el registro de la violencia; después, escuchándolos, me integraba al pasado, transformaba mi mirada.

De regreso a Bogotá, solo atiné a elaborar una galería para Semana.com llamada “Regreso a Bajo Grande” , de donde extraigo las fotografías que utilizo para ilustrar estas palabras. Una de ellas, da cuenta de lo que me gustaría expresar en este libro con relación a los hornos crematorios de los paramilitares en Norte de Santander: las implicaciones de releer el paisaje, de transformar nuestra mirada a partir del ejercicio de nombrar lo que ya no puede verse. Para hacerlo, se hace necesario referir un último episodio del viaje.

Recuerdo que recién ingresé al pueblo ese día, libre ya de las autoridades y de otros colegas, entré intempestivamente a la iglesia, esto, a pesar de las indicaciones de mi guía, que sugirió mantenernos afuera de la construcción advirtiendo que dentro existía un panal de abejas o avispas que podían picarnos.

Dentro de la fachada, mantuve un diálogo casi banal con mi acompañante, que permaneció siempre en la puerta mientras yo tomaba las fotos, como si una cerca o un muro le impidieran el ingreso. En medio de la altísima temperatura, a pesar de mi miopía, vino a mí la imagen de una virgen decapitada vestida con una túnica rosada en medio de los escombros. Traté de registrarla rápidamente con la vergüenza de no prestar suficiente respeto a un lugar religioso que había sido profanado por la violencia.

Tomé una última imagen para salir lo más pronto posible. Lleno de vergüenza le pregunté a mi acompañante, casi de forma maquinal, si venía regularmente a rezar a la Iglesia antes de la toma paramilitar. Su respuesta fue implacable: desde entonces le era imposible hacerlo porque no comprendía cómo Dios había permitido que les hicieran tanto daño.

No encontré avispas ese día en la iglesia, tampoco volví a rezarle a su dios. Estoy convencido de que pican porque la marca del contacto con el espacio quedó en mí: “En principio, el paisaje está allí fuera, a mi alrededor o delante de mí, y el pensamiento, aquí dentro, en algún lugar. Detrás de mi frente. Entre los dos hay como una frontera. Es difícil decir en dónde se sitúa exactamente, pero parece indudable que la contemplación no es la meditación” . Esto sucede porque el paisaje orienta nuestro pensamiento.

Darse la posibilidad de contemplar el paisaje, después de que sus elementos invisibles han sido nombrados, implica una ruptura no solo con lo que sabemos, con nuestras creencias, también con lo que somos. No es un movimiento externo sobre el espacio, nos permite mirar hacia dentro. Nos transforma. 

El objetivo de este libro es generar un ejercicio similar al que sentí aquel día en Montes de María (trayección en palabras de Beque ), pero esta vez en Norte de Santander. La restitución al  paisaje de aquellos elementos que fueron suprimidos para hacerlos visibles; nombrarlos, para generar en los lectores una observación más profunda, una que desvele, al menos, los niveles de vida que lo conforman.

No solo se trata de dar cuenta de un espacio físico. El objetivo de este libro involucra las historias de vida de cientos de seres humanos que fueron suprimidos del paisaje y que nadie, salvo sus familiares y amigos, tienen la posibilidad de ver.

Las edificaciones y espacios donde se produjo la desaparición de 560 seres humanos podrán adquirir un significado más completo en la medida en que los elementos que incidieron en su construcción, uso y abandono sean nombrados para resignificarse. Todo es cuestión de expandir el horizonte de la mirada. 
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