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| 11/12/2011 12:00:00 AM

El patio trasero del Tercer Reich

Un libro que acaba de llegar a librerías hace una completa radiografía de la presencia nazi en Suramérica antes y después de la Segunda Guerra Mundial. SEMANA habló con uno de sus autores.

América del Sur siempre estuvo en la mira de los nacionalistas alemanes. El lazo viene desde finales del siglo XIX, cuando miles de inmigrantes de esa nacionalidad llegaron al continente a territorios recién colonizados para organizarse en comunidades poco abiertas al contacto con los nativos. Y entre estas, las comunidades menonitas del Paraguay, aisladas del mundo exterior por motivos religiosos. Su creador, Bernhard Forster, un cuñado de Federico Nietzsche, pretendía que de allí salieran los nuevos alemanes llamados a renovar una Europa decadente por la degradación de la raza aria.

Este es uno de los hallazgos de los periodistas Jorge Camarasa, argentino, y Carlos Basso, chileno, autores del libro América nazi, que pretende desentrañar los vínculos entre este continente y el Tercer Reich. Para Camarasa, su trabajo fue posible gracias a que "hoy hay más posibilidades de acceder a documentos como los que ha desclasificado Estados Unidos. Además, con el tiempo, personas que sabían cosas y que por temor las guardaron durante mucho tiempo, al ver que se han revelado otras informaciones e historias, han decidido hablar".

Según los autores, en la Primera Guerra Mundial el proceso se catalizó. Varios sobrevivientes de barcos hundidos por los aliados permanecieron en países como Chile y Argentina y con el apoyo de algunos de los inmigrantes que ya tenían empresas en estos países crearon organizaciones que se alinearon con el partido nazi cuando este llegó al poder.

Además, por esa época, la Sociedad de Investigación de la Herencia Ancestral, creada por los nazis para darle bases científicas a su obsesión por la pureza racial, puso sus ojos en América a través de expediciones a la Antártida y a las ruinas de Tiwanaku en Bolivia, que creían había sido erigida por los primeros arios. Camarasa y Basso mencionan el 'Proyecto Guayana', expedición que tuvo lugar entre 1935 y 1937 por el Amazonas en busca de lugares para establecer colonias germanas, y una expedición a Argentina para encontrar el Santo Grial, reliquia que obsesionó a los discípulos del Führer. Adelantaron sus pesquisas en un cerro que había sido habitado por una comunidad, los 'Comechingones', que, según relatos de viajeros, eran altos, de ojos claros y tupidas barbas, por lo que también podían entrar en el árbol genealógico de los alemanes. Al fin y al cabo, los nazis estaban obsesionados con encontrar antepasados arios en todos los rincones del planeta.

El libro también da cuenta de cómo altos jerarcas del Vaticano y gobiernos como el de Juan Domingo Perón y también el estadounidense contribuyeron por acción u omisión a que muchos criminales alemanes huyeran al terminar la guerra. El gobierno de Perón, incluso, les dio trabajo a varios de ellos, como también lo hizo el dictador paraguayo Alfredo Stroessner, quien contrató a alemanes y franceses colaboracionistas para asesorar a sus fuerzas armadas. Hay otros casos, como el de Adolf Sasen, que llegó a ser instructor de la Policía ecuatoriana, y el de Walter Rauff, inventor de las cámaras de gas, quien trabajó para la dictadura de Augusto Pinochet en Chile. Por su parte, el Carnicero de Lyon, Klaus Barbie, exjefe de la Gestapo, bajo la identidad de Klaus Altmann les vendió tanques de guerra a los militares bolivianos y los asesoró en el macabro Plan Cóndor, por el cual una alianza de militares del Cono Sur persiguió y asesinó a los izquierdistas de Chile, Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay.

Varios de esos nazis terminaron envueltos en sangrientos líos de faldas, como el médico de Auschwitz, Josef Mengele, quien, además, según testigos, estuvo a comienzos de los sesenta en una zona de la provincia brasileña de Rio Grande do Sul, en donde abundan las colonias conformadas por alemanes o sus descendientes. El alto número de gemelos que hoy se registra en esta zona es interpretado, según los autores, como pista de la presencia de Mengele, recordado por sus experimentos genéticos durante el Tercer Reich y que estaba obsesionado con duplicar el número de varones aptos para conformar el ejército del Führer.

Y de todo esto, llama la atención la forma como el Vaticano ayudó a varios nazis en su huida con rumbo al Nuevo Mundo. Estados Unidos, por su parte, tampoco hizo mucho para impedirlo. Para Camarasa, "la primera amenaza para Estados Unidos y sus aliados era una nueva guerra, esta vez contra la Unión Soviética. Y compartían este temor con las esferas vaticanas. Eso explica también la ayuda de la Iglesia". Camarasa añade: "Estados Unidos, por lo tanto, se hacía el de la vista gorda en tanto estaban localizados y ya no eran un problema. Al contrario, su anticomunismo los convertía en potenciales aliados, al punto de que en la cacería de Eichmann no participó Estados Unidos".

Para Camarasa, el nexo entre los nazis y Argentina obedece a varias razones que comienzan por la tolerancia del gobierno de Perón. Acá entra a jugar el factor geográfico: "Buenos Aires era el puerto de llegada de todas las líneas de navegación que partían de Europa. Brasil había declarado la guerra a Alemania. Argentina no. Había hecho una farsa disfrazada de neutralidad, solo declaró la guerra a pocas semanas de la caída de Berlín. Todo esto conformó un escenario donde finalmente ocurrió la llegada masiva y la dispersión por el resto del continente".

Según Camarasa, en toda la investigación no encontraron presencia de criminales de guerra nazis en Colombia. Y tampoco evidencia alguna sobre una eventual huida de Hitler a Argentina, como algunos han llegado a sugerir. "Es un disparate, no hay ninguna posibilidad. Es lo que la gente quisiera escuchar, pues siempre va a ser más atractiva la teoría conspirativa".
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