11 febrero 2012

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“El periodismo impreso tiene el papel asegurado”

ENTREVISTAJuan Villoro, quien inauguró un nuevo semestre de la Maestría en Periodismo de Publicaciones Semana y la Universidad del Rosario, defiende el oficio y piensa que el más auténtico es el deportivo.

“El periodismo impreso tiene el papel asegurado”. Juan Villoro es el autor de ‘Dios es redondo’ y ‘Efectos personales’, entre otros libros.

Juan Villoro es el autor de ‘Dios es redondo’ y ‘Efectos personales’, entre otros libros.

Alos que auguran la muerte irremediable del periodismo impreso, les sale ahora al paso el escritor y periodista Juan Villoro (México, 1956), para quien la prensa de calidad existirá. Así lo dice en esta entrevista con Luis Fernando Afanador y Juan Carlos Iragorri, de SEMANA, en la que también habla
de política mexicana y de una de sus grandes pasiones: el fútbol.

SEMANA: Phil Graham, que fue editor de 'The Washington Post', dijo alguna vez: El periodismo es el primer borrador de la historia". ¿Le gusta esa definición, que es célebre, o prefiere otra?

Juan Villoro:
Me gusta mucho esa definición, sobre todo porque nunca hay versiones definitivas. Ni siquiera los historiadores pueden presumir de eso. El pasado no es una zona clausurada; podemos volver ahí para redescubrirlo y encontrar cosas que alteran el presente. La historia muestra que tenemos mucho pasado por delante.

SEMANA: El título de su conferencia para inaugurar este semestre de la Maestría fue "Estudien, muchachos, o van a acabar de periodistas". ¿Tan mal está el oficio?

J.V.:
La frase viene de un profesor que tuve en la carrera de Sociología. Para él, el Periodismo era el más bajo escalón social. Esto ocurría a mediados de los años setenta del siglo pasado, cuando abundaban los periodistas sobornables y los periódicos recibían línea directa del gobierno o los empresarios. No todo ha cambiado, pero la profesión se ha dignificado mucho. Baste decir que hoy en día los príncipes, como el de Asturias, ya no se casan con princesas sino con periodistas.

SEMANA: Algunos medios de comunicación en distintos países han decidido no publicar informaciones sobre atentados terroristas. ¿Le parece válida esa tesis, o es ocultar la realidad?

J.V.:
Creo que se debe evitar la exhibición del horror que favorece al terrorismo. Quien comete un atentado cuenta con dos impactos, uno en el mundo de los hechos y otro en los medios. Vale la pena tener cuidado en no propagar el horror. Esto en modo alguno significa censurar los hechos; debemos comprenderlos y complementarlos. Informar implica crear contexto, dar explicaciones. Aislada de toda referencia, la foto de un decapitado no es una noticia. Lo importante no es la sangre sino la vida que se pierde con la sangre.

SEMANA: Si el periodismo impreso desaparece, ¿podrá mantenerse la calidad de internet, donde el usuario no está dispuesto a pagar?

J.V.:
Internet tiene ventajas en la velocidad y el reparto de la información, pero también genera muchos problemas como la falta de criterio al seleccionarla. No hay suficientes sitios autorizados. ¿Podemos creer todo lo que leemos en red? Por supuesto que no. Otro problema es que el periodista pierde control de lo que ha escrito. Su texto puede ser reproducido y usurpado. Si trata de corregirlo, aportando detalles recién descubiertos, suele recibir el reclamo de que entrega un refrito porque el original ya está en la red. Vamos a necesitar sitios mucho más refinados que los actuales para tener una información satisfactoria en red. Agrego un juego de palabras: aunque no sea la forma dominante, el periodismo impreso tiene el papel asegurado.

SEMANA: ¿Por qué cree que el periodismo más auténtico es el deportivo?

J.V.:
Porque no puede falsear los hechos y todo mundo conoce la información. El periodista deportivo sabe que sus lectores han visto por televisión los goles o los encestes. Crear asombro a partir de lo que todo mundo conoce es uno de los mayores desafíos narrativos. Obviamente, solo los grandes logran esto.

SEMANA: Lo hizo Hemingway, lo ha hecho García Márquez. ¿Cuál es el secreto para cruzar la puerta giratoria del periodismo a la literatura?

J.V.:
Demostrar que la eternidad de los sucesos depende de la forma como se miran. Cuando García Márquez narró la historia de una vaca que interrumpía el tráfico de la ciudad, no entregó una exclusiva política ni histórica. Pero el mundo no volvió a ser el mismo después de esa crónica. Lo más simpático del texto es su título, que proviene de un eslogan publicitario: "No era una vaca cualquiera". Si el que ordeña es García Márquez, la vaca merece estar en un museo.

SEMANA: Entre sus novelas y cuentos, por una parte, y sus libros sobre fútbol, por otra, ¿qué se vende más?

J.V.:
Lo que más se vende son los libros para niños y jóvenes, lo cual puede sugerir que mi verdadera edad intelectual es de 13 años, algo que acepto con gusto. Dios es redondo se vende más que mis novelas; los lectores que más me interesan respecto a ese libro son los que detestan el fútbol pero quieren conocer esa locura y los que saben mucho más que yo pero aun así quieren que alguien les cuente la épica de otro modo.

SEMANA: Hace poco Pelé dijo: "Cuando Messi meta 1.283 goles y haya ganado tres mundiales, hablamos". ¿Arrogante, o realista?

J.V.:
El máximo tribunal de un futbolista es el Mundial. Messi tiene ahí una asignatura pendiente. Maradona no logró tanto como Pelé, pero es obvio que Brasil pudo haber sido campeón en 1970 sin Pelé. En cambio, Argentina solo podía ser campeona con Maradona. Ningún otro futbolista ha influido tanto en el desempeño de un equipo. No solo importa ganar un Mundial, sino cómo se gana.

SEMANA: ¿Pelé, Di Stéfano, Cruyff, Maradona o Messi, y por qué?

J.V.:
Mi respuesta se desprende de la anterior. Las comparaciones son injustas, pero prefiero a Diego. En parte, esto se debe a que soy cronista. Anotar un gol con la mano sin que lo vea el árbitro es una picardía. Decir que es la "mano de Dios" es crear un mito. El fútbol no ha tenido mayor mitógrafo que Maradona.

SEMANA: ¿No es absurdo que cada Madrid-Barcelona sea bautizado como 'el partido del siglo'? ¿Se desgastará el apelativo?

J.V.:
Es una simplificación de una liga en crisis. La llamada 'liga de las estrellas' es cosa de dos, el Barça y el Madrid. Al final de la temporada pasada, lo más emocionante eran los partidos para salvarse del descenso: seis equipos podían hundirse. En cambio, en la cúpula todo estaba definido. Me parece una metáfora perfecta de la sociedad española actual, donde la clase media se ahoga y los bancos se salvan.

SEMANA: ¿Qué piensa de Mourinho y Pep Guardiola?

J.V.:
Representan una insalvable diferencia cultural. Los éxitos de Mourinho en cuatro ligas son innegables. Sin embargo, le importa poco la forma de conseguirlos y no le interesa el estilo de juego. Mourinho no se ha repuesto de no haber podido ser futbolista: entrena para demostrar que se puede ganar sin respetar al fútbol. Guardiola es lo opuesto, el triunfo de una pedagogía. Está por verse si alguna vez triunfará lejos de Barcelona. Como Vasco da Gama, Mou ve el mar como un sitio para irse lejos. Como Ulises, Guardiola lo ve para volver a casa.

SEMANA: Hablemos de México. En su novela 'El testigo', Julio Valdivieso regresa a México cuando ha perdido el PRI y se inicia un periodo de transición. Ahora que el PRI puede retomar el poder, ¿qué pensaría Valdivieso?

J.V.:
En la novela, Valdivieso se deprime de que el cambio generado por un partido de derecha lleve hacia atrás, a valores anteriores a la Revolución mexicana. Aunque había poco qué esperar del PAN en el poder, despertó la ilusión de un cambio. Hoy en día pasamos por una crisis de expectativas. No hay nada más grave que carecer, incluso, del anhelo de cambiar las cosas. Es lo que Valdivieso encararía ante el posible regreso del PRI, poderoso antihéroe de nuestra política.

SEMANA: ¿Le preocupa que Enrique Peña Nieto, a quien intelectuales como Carlos Fuentes consideran ignorante, llegue al poder?

J.V.:
Fuentes ha dicho, con toda razón, que tenemos problemas grandes y políticos pequeños. Peña Nieto no solo es ignorante: es un hombre incapaz de enfrentar circunstancias elementales, como la de dar el nombre de tres libros. Lo que está en juego no es su erudición, pues no aspira a ingresar a Harvard, sino su habilidad para enfrentar circunstancias públicas. Ya sabíamos que era un robot. Ahora sabemos que es un robot mal programado.
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