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| 2/6/2010 12:00:00 AM

El periodista absoluto

La muerte de Tomás Eloy Martínez, uno de los cronistas y escritores más respetados del continente, deja un gran vacío. Su legado es una obra narrativa contundente y una profunda reflexión sobre el oficio del periodismo.

A principios de agosto de 2004, Tomás Eloy Martínez dictó uno de sus últimos talleres sobre periodismo narrativo, en Santiago de Chile. Frente a un grupo de periodistas jóvenes de todo el continente, entre los que me encontraba yo, habló sobre los desafíos del oficio en el futuro. En la última sesión del taller -organizado por la Fundación de Nuevo Periodismo- Tomás Eloy presentó un decálogo que, según él, era una guía infalible para cualquier periodista. Todos sus consejos giraban en torno a la ética y la eficacia, tal vez sus dos palabras favoritas. El último de los 10 puntos era: "El único patrimonio del periodista es su buen nombre y su lenguaje. Cada vez que se firma un texto insuficiente, se pierde parte de ese patrimonio". Aunque parece evidente, este punto es un resumen de su propia trayectoria: una carrera de cinco décadas en la que la ética y la dignidad se mezclaron con la eficacia y la buena escritura. Tomás Eloy se entregó, sin concesiones, a la búsqueda de la excelencia: y por eso, a los 75 años, murió con su único patrimonio periodístico, su nombre, intacto.

Empezó su trabajo como corrector de pruebas en el diario La Gaceta, en su ciudad natal, Tucumán, situada en el noroeste de Argentina. Y desde entonces nunca dejó de ser periodista: ni siquiera cuando fue amenazado de muerte o cuando, hace tres años, un tumor cerebral lo atacó sin clemencia. Dicen que en sus últimos días se arrastraba hasta su escritorio para terminar su novela Purgatorio (2008), o para dictar su columna que aparecía en los diarios El País, La Nación, The New York Times y El Espectador, entre otros.

A los 30 años ya era crítico de cine de La Nación, en donde escribía con entusiasmo sobre las cintas de la nueva ola francesa. En 1974 publicó La pasión según Trelew, un extenso reportaje que narraba la matanza de un grupo de guerrilleros en tiempos de la dictadura de Lanusse. El libro lo convirtió en una de las figuras más llamativas del periodismo argentino, pero también le causó problemas: La pasión según Trelew fue prohibido por el gobierno de Videla, y gran parte de sus ejemplares fueron incinerados por el ejército en la ciudad de Córdoba. Tomás Eloy pasó a dirigir el suplemento cultural del diario La Opinión, en 1975, pero fue amenazado por la Triple A, la organización paramilitar nacida durante el gobierno de Isabel Perón. Se exilió entonces en Caracas, donde fue editor del periódico El Nacional y fundó El Diario de Caracas, en el que ocupó el cargo de jefe de redacción hasta 1979. Entre los corresponsales de su diario había dos novelistas ya consagrados: Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Pero más que un editor, Tomás Eloy siguió siendo un reportero. Viajó por el mundo para cubrir algunos de los eventos más trascendentales de la Guerra Fría. Fue, por ejemplo, a la Unión Soviética a entrevistar a Gagarin y a Titov y fue el primer periodista occidental que entró a la Ciudad de las Estrellas, la planta en donde los soviéticos desarrollaban, en secreto, su plan espacial. Varios de estos viajes quedaron registrados en las magníficas crónicas y perfiles que componen Lugar común la muerte, un libro de 1978. Ahí, por primera vez, Tomás Eloy empezó a mezclar, según sus propias palabras, las aguas de la literatura y el periodismo. Sus textos, que parecían de ficción, estaban basados en historias reales: como ocurre en el reportaje sobre los sobrevivientes de la bomba atómica en Japón. "Hace ya tiempo descubrí, no sin sorpresa, que los azares del periodismo me acercaban con persistencia al tema de la muerte. Hacia 1965 supe, en Hiroshima y Nagasaki, que un hombre puede morir indefinidamente y que la muerte es una sucesión, no un fin", escribió en el prólogo. Tomás Eloy estaba convencido, desde entonces, de que los orígenes del periodismo narrativo se podían rastrear en las novelas de Balzac, Dickens, Dostoievsky y Dumas.

Regresó a Argentina, donde estuvo a la cabeza de diarios y revistas. "Tomás fue un gran editor. Fue el primero en publicar los textos de jóvenes autores como Rodrigo Fresán o Alan Pauls. Marcó a toda una generación de periodistas en el país", dice, desde Buenos Aires, Leila Guerriero, una reconocida editora y cronista argentina. Una de las lecciones de Tomás Eloy fue la de buscar ángulos diferentes para contar las noticias. Según él, el escritor tenía que llamar la atención del lector, en medio de una avalancha de noticias, y obligarlo a leer su texto. Hacerle ver que su historia era diferente, fundamental y afectaba su propia vida.

Siempre alternó su trabajo periodístico con la literatura. Y dos de sus novelas, La novela de Perón (1985) y, sobre todo, Santa Evita (1995), le dieron reconocimiento mundial. De hecho, Santa Evita -en la que relata la peregrinación del cadáver de María Eva Duarte de Perón- sigue siendo una de las novelas argentinas más leídas y traducidas. Con estos dos libros quiso descifrar las claves del peronismo, pero escogió hacerlo a través de la ficción. Sin embargo, Tomás Eloy contaba que varias veces se encontró en textos académicos e históricos datos que él mismo inventó para las novelas y que eran presentados como verdaderos.

Pero el éxito como novelista no lo alejó del periodismo. Al contrario, Tomás Eloy se dedicó a fundar nuevos medios -participó en la creación del periódico Siglo XXI en Guadalajara y del suplemento Primer Plano de Página/12 en Buenos Aires- y defendió el oficio desde la academia. Fue profesor y director del programa de Estudios Latinoamericanos, en la Rutgers University de Nueva Jersey. "Tomás Eloy solía decir que la ética comienza al cuidar el lenguaje con que nos expresamos, es decir, el lenguaje nos determina porque el lenguaje es el vehículo de nuestra interacción con el mundo y los otros", escribió el periodista venezolano Boris Muñoz, quien fue alumno suyo en Rutgers. También, a principios de los 90, ayudó a crear la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, junto a su amigo García Márquez.

Quienes lo conocían dicen que Tomás Eloy podía hablar de cualquier tema: sabía cuál era el mejor nuevo restaurante en Manhattan o cuál era la banda de rock independiente más interesante de Buenos Aires. Era un conocedor de todo tipo de música -como la atestiguan varias de sus columnas-, y su cultura cinematográfica era enorme. "Era la representación del periodista absoluto, ese que está enterado de qué está pasando en todo el mundo y no deja ni un segundo de informarse. A él le quedaba bien, como a pocas personas, el calificativo de erudito", dice Guerriero. En 2002, Tomás Eloy ganó el premio Alfaguara de novela por El vuelo de la reina, y en 2009, el premio Ortega y Gasset de periodismo a toda su trayectoria profesional.

"Preguntar, indagar, conocer, dudar, confirmar cien veces antes de informar: esos son los verbos capitales de la profesión más arriesgada y más apasionante del mundo. La gran respuesta del periodismo escrito contemporáneo al desafío de los medios audiovisuales es descubrir, donde antes había un solo hecho, al ser humano que está detrás de ese hecho, a la persona de carne y hueso afectada por los vientos de la realidad", escribió en un texto de 2002, publicado por la Rutgers University. Y algo muy similar repitió en el taller de Santiago de Chile, en el que lo vi por primera y última vez. Entonces me pareció que sus ideas eran adelantadas para su tiempo. Pero ahora, en medio de la peor crisis de los medios escritos, creo que son proféticas. En un momento en el que las empresas están despidiendo a los reporteros y acabando, sin mayor consideración, con diarios y revistas, bien valdría la pena volver a las palabras de Tomás Eloy. Su lección es clara: la única salida que tiene el periodismo ante las amenazas es la dignidad y la calidad.
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