Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1996/03/25 00:00

EL PINTOR DE LA LUZ

EL PINTOR DE LA LUZ

Cuando los maestros españoles del siglo pasado estaban deleitándose con la minuciosidad del detalle en obras monumentales, cuando el realismo llegaba a su apogeo luego de decenios de búsqueda en la perfección del dibujo,surgió un hombre dispuesto a cambiar la mentalidad de su generación. Por supuesto, no era el único. El maestro catalán Ramón Casas, retratista excelso y uno de los pintores más lumínicos de España, hacía de las suyas en Barcelona, llevando las retardatarias corrientes de su época hacia la vitalidad de un movimiento que estaba causando revuelo en Francia: el impresionismo. Al mismo tiempo, los pinceles del levantino Joaquín Sorolla, guiados por la compulsión irrefrenable de sus manos, empezaban a construir una obra que ayudaría a transformar la visión de la pintura en la España de entonces. Nacido en Valencia en 1863 y muerto en Madrid 60 años más tarde, Sorolla decidió que la pintura de taller sufría de esclerosis y que el estudio del artista era un lugar demasiado frío. En contraste, propuso que los pintores se volcaran sobre los paisajes, basado en que la naturaleza era el taller de donde salían los mejores cuadros. ¡Cómo iban a servir los talleres si la luz estaba afuera aguardando a que el pintor captara el instante de un ocaso que no volvería a presenciar jamás!Impulsado por el legado de su gran maestro, Diego Velázquez, cuya obra conoció en 1881 en el Museo de El Prado, en Madrid, Joaquín Sorolla exhibió en primera instancia dotes de dibujante, y si bien sus primeras obras estaban influidas por el realismo imperante, los impresionistas franceses serían los encargados de registrar en su mente la obsesión por la luz, por su intensidad y su manera de transformar el color en manchas lumínicas sólo imitables con la destreza desarrollada en el pincel de un buen observador. Había viajado a París de contrabando, pues sus estudios los estaba cursando en la Academia de España en Roma, pero ese breve encuentro con los impresionistas lo transformaría para siempre.A partir de ese momento la luz sería su pasión y sus manos y sus ojos el camino para acariciarla. Inspirado en su Valencia natal, Sorolla descubrió en el mar, en las playas y sus gentes el ideal pictórico. Le coquetea con su pincel a la luz rebelde que no se dejaba atrapar en el instante, juega con la paleta de colores, intenta apropiarse del alma de la naturaleza. Con una particularidad: Sorolla no necesitaba formatos grandes para plasmar la eternidad en el lienzo. Por el contrario, sus representaciones, que parecía improvisar en pocos minutos, las pintaba a manera de apuntes en formatos pequeños, a veces diminutos, quizás con la idea de llevarlos a formatos mayores. Pero la pasión lo desbordaba y tal vez prefería seguir pintando a tratar de repetir obras que, en últimas, ya estaban acabadas. Pintó tanto que su legado alcanza las 5.000 obras. Pintó tanto que el destino le cobraría la osadía al final de sus días, cuando un ataque de hemiplejía le paralizó las manos.A pesar de que a Sorolla se le conoce como el autor de la obra colosal _en tamaño y concepción_ que realizó para vestir la Biblioteca de la Hispanic Society of America, entre 1912 y 1920, para los críticos es probable que la expresión más fiel al sentimiento del artista español sean sus obras de pequeño formato, conocidas como 'notas de color'.Son estas 'notas' las que componen la muestra que el Museo de Arte Moderno estrena este martes 27 de febrero en su sede de la capital. Es la primera vez que la colección, que pertenece al Museo Sorolla, de Madrid, sale de España y lo ha hecho en exclusiva para Colombia, pues no se trata de una exhibición itinerante. La exposición, compuesta de 176 piezas, está organizada de manera cronológica, para que el espectador tenga la oportunidad de admirar la evolución del artista en sus diferentes períodos. La exhibición estará acompañada de un ciclo de conferencias en las cuales participará Blanca Pons-Sorolla, descendiente del artista y quien reside actualmente en Colombia. Una oportunidad de oro para que el público capitalino se encuentre con la obra de quien es considerado como uno de los más grandes gestores de la pintura española contemporánea.

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