Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1997/05/26 00:00

EL PINTOR NO ES EL ARTISTA

Nadín Ospina y la desmitificación del arte.

EL PINTOR NO ES EL ARTISTA

Aunque a primera vista la exposición de Nadín Ospina que se presenta en el contexto del Premio Luis Caballero en el Planetario Distrital parece desligada de sus trabajos más conocidos, se trata de una muestra que guarda coherencia con los argumentos de toda su producción y que permite precisar algunas prioridades de su obra. La exposición tiene también el mérito de involucrar directamente al observador y de hacerlo partícipe de los designios del artista. La impresión inicial que produce la muestra es la de una exposición convencional, compuesta por pinturas abstractas y dibujos instalados en mesas. La verdad, sin embargo, es que se trata de un duro cuestionamiento, precisamente, a las exposiciones convencionales, y en general a los principios de la modernidad artística. Para Ospina la calidad de una obra está más relacionada con su efectividad para clarificar algún aspecto o circunstancia de la sociedad o de la vida que con la creación de un estilo, la singularidad de una forma o la invención de una imagen. Por ejemplo, sus falsas cerámicas precolombinas son elaboradas en barro por expertos en las técnicas de las distintas culturas aborígenes, y representan a Bart Simpson, el Ratón Mickey, Tribilín o el Pato Donald, en una sacrílega simbiosis que no puede ser más explícita sobre la penetración cultural de que es objeto la sociedad colombiana y principalmente la población infantil. Pero aparte de apoyarse en formas y figuras ampliamente conocidas en las áreas de la arqueología y la diversión, el artista se abstiene de intervenir en la elaboración de las piezas, impugnando la importancia tanto de la originalidad como de la manualidad en el trabajo artístico, e insistiendo en que la validez de una obra depende de la corrección de sus planteamientos en relación con el ser y con la sociedad, y no de la singularidad de sus elementos ni de la habilidad en el manejo de un determinado medio plástico. Pues bien, en la exposición se trata de pinturas que tampoco son originales ya que provienen de dibujos de la hija del artista cuando niña y de bocetos que le ha estado enviando un dibujante anónimo como respuesta a una convocatoria para participar en la muestra. Se invita además al público que visita el Planetario a elaborar una obra para presentarla a la consideración del artista, quien escoge dentro de esos bocetos _como un curador_ los trabajos que le interesan para hacer parte del proyecto, y contrata finalmente con un pintor profesional _que no es artista_ para que los traslade al lienzo. La exposición tiene cierto aire de parodia, pero hace perfectamente claro que el oficio artístico lo puede realizar cualquier persona entrenada en la materia porque lo importante es concretar por cualquier medio una idea, o visualizar un raciocinio, sin tener que renunciar a todo tipo de consideración estética. La exposición, además, al igual que las cerámicas, desmitifica al artista como héroe capaz de producir algo inimitable y hace obsoletos conceptos como 'la pincelada de Santa María' o 'el trazo de Obregón' que llegaron a determinar la validez del trabajo artístico. La muestra encauza al observador hacia el terreno de los cuestionamientos con el objeto de liberar al arte de todo el bagaje estilístico y egocéntrico que lo acompañó durante la época moderna, y de extirpar el misterio y reverencia que circunda a las exposiciones. Solo así obras como los personajes de Disney al estilo muisca, quillacinga o tairona podrán cumplir fielmente con las tareas culturales y sociales que se les encomiendan.

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