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| 10/3/1994 12:00:00 AM

EL PLACER DEL MUSICAL

A pesar de su sobresaliente producción, 'La casita del placer' demuestra la necesidad de crear una escuela de canto y baile.

EN UNA EPOCA EN la que países como Argentina y España están reduciendo por sus costos la producción de musicales, el Teatro Nacional sigue insistiendo en crear toda una cultura alrededor de este tipo de espectáculos.

Primero fue Sugar, luego Doña Flor y sus dos maridos, Sorprendidas y otras más. Ahora ha estrenado La casita del placer, en versión libre de Mario Morgan sobre la obra de Larry King y Peter Masterson, bajo la dirección de Manuel José Alvarez. Y la verdad es que, en materia de producción, en esta nueva obra se notan los avances.

La casita del placer gira en torno de un burdel ubicado en un pueblo de la costa Caribe. El alcalde, protagonizado por Carlos Barbosa, intentará por todos los medios el cierre definitivo de tan pernicioso negocio. Mientras tanto, la matrona, Vicky Hernández, se encargará de defenderlo con el apoyo del jefe de Policía,Alvaro Ruiz.

La orquesta en vivo, la música, las coreografías y el excelente manejo del escenario dan buena cuenta del progreso en la realización de este tipo de eventos. Pero si la producción es sobresaliente, no se puede decir lo mismo de los protagonistas. Cuando se estrenó Sugar, todo el mundo les perdonó a los actores que no supieran cantar ni bailar, pues al fin y al cabo era un género que se estaba ensayando y nadie podía exigirles que de buenas a primeras lo hicieran bien. Sin embargo, luego de varios años en el empeño de hacer de los musicales un género consistente, muchos piensan que ya es hora de exigir calidad vocal y dancística. Por eso, a pesar de su reconocido talento para la actuación, Vicky Hernández queda desdibujada por su escasa capacidad para cantar.

Salvo algunas excepciones, como las voces de Alvaro Ruiz y de Linda Lucía Callejas; y la versatilidad de Julio Sánchez -uno de los pocos jóvenes con una completa preparación para bailar, cantar y actuar-, los demás intérpretes se ven obviamente opacados por Carmenza Duque, esta sí una cantante sobrada de lote.

Con todo, además del espectáculo, La casita del placer ha dejado dos conclusiones. Por un lado, Colombia está capacitada para hacer excelentes producciones. Pero por el otro, hace falta una verdadera escuela de actores que los prepare para responder adecuadamente a inversiones tan serias.-
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