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| 2/28/2015 10:00:00 PM

El poeta asesinado

Esta novela retoma la tesis del asesinato de José Asunción Silva y recrea en detalle la Bogotá de finales del siglo XIX.

Ricardo Silva
El libro de la envidia
Alfaguara, 2014
525 páginas


José Asunción Silva no se suicidó. A José Asunción Silva lo mataron. Esta afirmación, que suena delirante y absurda, fue planteada por el historiador Enrique Santos Molano en su libro El corazón del poeta, publicado en 1996. No es fácil digerir semejante tesis. No es fácil aceptar que nuestro mayor poeta, como nos lo han repetido toda la vida, no le pidió al médico Juan Evangelista Manrique que le dibujara una cruz en el corazón para pegarse un tiro en el lugar exacto del dibujo, en su cama, junto al libro de Gabriele D’Annunzio El triunfo de la muerte. A nadie le gusta que le derriben sus mitos y menos si se trata de un mito romántico. Pero la tesis de Santos Molano es seria y aunque le falte la prueba reina —que solo sería posible obtener exhumando el cadáver del poeta—, tiene, entre muchos argumentos, uno que me parece irrefutable: nadie, absolutamente nadie, en la Bogotá de 1896, escuchó ningún tiro en el silencioso barrio de Las Aguas. Cien años después, el propio Santos Molano, en el mismo sitio —ya convertido en un ruidoso barrio de finales del siglo XX— hizo el experimento de disparar un tiro con una idéntica Smith & Wesson y fue todo un escándalo en La Candelaria.

José Asunción Silva, además, no tenía razones para suicidarse. Había pagado todas sus deudas, estaba montando una fábrica de baldosines –que terminó siendo exitosa– y se disponía a viajar a Nicaragua con "sus viejas adoradas", su hermana Julia y su mamá, a ejercer un cargo diplomático. Pleno de vitalidad y de proyectos –escribía también un ensayo sobre Leonardo da Vinci– repetía aquí y allá una frase que recién había leído en un libro de Maurice Barrès: ‘Los suicidas se matan por falta de imaginación’.

El libro de la envidia, de Ricardo Silva Romero, desde luego se inspira en la biografía de Santos Molano y retoma su tesis del asesinato del poeta. Pero es otra cosa, una novela, una creación literaria autónoma y autosuficiente, con sus personajes y su trama, que recrea admirablemente la Bogotá de finales del siglo XIX. El Loco Cacanegra, un personaje real de esa época, dibujado por José María Espinosa, el abanderado, el testigo gráfico de momentos decisivos de nuestra historia, retoma vida en la ficción para ser testigo del asesinato de José Asunción Silva en un pastizal de Puente de Aranda, cerca a la proyectada fábrica de baldosines y a la choza en la que vive el Loco. Como loco que es, Cacanegra se obsesiona con la denuncia de este crimen, que vocea por las calles y las plazas de la ciudad, desencadenando la ira y la represión del inspector Quijano, el temible policía del gobierno de Caro y encargado material de sostener la ‘regeneración conservadora’. Los encargados espirituales, como lo muestra la novela, serán la gramática y la religión: “Y lo único que nos queda para imponer el orden, decía mi padre, son las reglas del castellano y las normas de Dios”.

El Loco Cacanegra, Juan de Dios Montejo, hijo ilegítimo de don Fruto Montejo, un notable bogotano, se fue enloqueciendo por su condición de bastardo, por los horrores que vio y padeció en la revolución de 1854 que intentaba derrocar al dictador Melo y por la muerte de su hija y de su esposa. A esta última trata de revivirla con un conjuro, para el cual el último plazo es el 31 de agosto de 1896, día en el cual transcurre la novela —tres meses después de la muerte de de José Asunción— bajo la amenaza inminente del terremoto vaticinado por el cura Margallo: “El 31 de agosto de un año que no diré sucesivos terremotos destruirán Santafé”. Un loco lúcido y generoso, que aplaza siempre sus asuntos por hacerle favores a los demás, en una Bogotá pobre, de ríos malolientes y epidemias, provinciana, con hijos ilegítimos y liberales y pecadores de puertas para adentro, tertulias eruditas, llena de envidia contra todo lo que le recuerde su medianía, quiere resolver el crimen del poeta con una acompañante no menos bizarra y entrañable: la Virreyna, una prostituta indomable que usa una peluca colonial y que por ningún motivo se acuesta con un conservador. Un loco y una prostituta porque la verdad siempre ha sido marginal y relegada en este país.
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