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| 4/20/1987 12:00:00 AM

EL PRECURSOR

Murió el judío polaco que antecedió a Marta Traba en la crítica de arte.


Comenzaban a correr los años cuarenta, en Europa humeaban las ciudades destruidas en la Segunda Guerra Mundial y en América se sentía toda aquella hecatombe de ultramar con la llegada de nubes de refugiados que buscaban nueva vida. Entre esa multitud de exiliados forzosos y espantados, a Colombia le tocó en suerte un judío polaco de nombre castizo y risueño--Casimiro--y de apellido lejano--Eiger--.

Casimiro Eiger, pues, fue uno de esos exiliados que llegó al país por aquellos años, se estableció en Bogotá, se amañó en la ciudad y la ciudad con él, porque muy desde el comienzo se empezó a ver el propósito que contemplaba: impulsar las artes plásticas a través de organizar el comercio de cuadros en galerías.

Eiger (Casimiro lo llamó el medio Bogotá que fue su amigo), era un experto en pintura, un crítico riguroso y un entusiasta tenaz que, prácticamente, fue el precursor del mercado de arte en Colombia, donde vivió hasta la semana pasada cuando un paro cardíaco lo mató a los 82 años de edad.

A pesar de que algo ya estaba marchando en el mercado del arte, fue Eiger el que, con convicción y con visión comercial, puso en marcha las exposiciones más importantes de la época desde El Callejón, la galería de arte que funcionaba como apéndice de la Librería Central, la cual dirigió e impulsó.

Esa visión comercial fue la que produjo las primeras ventas de arte en la capital. Los primeros Botero, Negret, Ramírez Villamizar y Obregón que se vendieron, fueron en negocios hechos por iniciativa de Eiger, "que establecía un estricto criterio de selección de lo que exhibía y de lo que ofrecía, porque antes que un vendedor era un experto en arte", recuerda Alvaro Castaño Castillo, uno de sus amigos y contertulios.

Eiger, en efecto, aprovechó sus vinculaciones con la colonia judía para tender el puente entre quienes producían arte y quienes lo compraban, en operaciones comerciales que generalmente arrancaban de su galería, con inauguraciones que constituían verdaderos acontecimientos sociales, culturales y políticos: para la apertura de cada muestra, Eiger invitaba a un gran personaje de actualidad para que se refiriera al arte y a la exposición, en discursos que, aparentemente, eran en la época lo principal de las inauguraciones, como hoy son los cocteles.

Su recorrido como galerista incluye la dirección de la de Arte Moderno también en Bogotá, ciudad en donde fue todo un personaje por su delicadeza de caballero de la vieja Europa, por su ímpetu de organizador de las entonces célebres Ferias de Navidad, que eran especie de bazares de arte donde se ofrecía de todo (pintura, escultura, poesía, artesanías) y por su irrevocable nacionalidad polaca que mantuvo hasta su entierro: había pedido que sobre su ataúd pusieran un cofre con tierra del jardín de su casa en Varsovia, que había traido al comienzo del exilio. Y así se hizo en el Cementerio Central de Bogotá cuando, además, sobre su tumba, a petición suya, fueron lanzadas hojas sobre el ataúd cubierto con la bandera polaca.

Por todo lo que hizo por las artes plásticas, la semana pasada un pesar general recorrió el sector de la cultura donde, además, se expresó el agradecimiento por todo el camino que abrió Casimiro Eiger, tomado por muchos como el más brillante antecesor de Marta Traba en materia de crítica y como el padre del negocio de las galerías que hoy abundan en todo el país.--
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