Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/03/15 00:00

El primer Darío Morales

Esta semana se cumplen 20 años de la muerte del artista cartagenero. El curador Eduardo Serrano relata cómo impactó al país su primera exposición.

El manejo del lápiz y del carboncillo fue magistral en manos de Darío Morales. En sus obras se reflejan la soledad y la tensión de los protagonistas

Al cumplirse 20 años de la muerte de Darío Morales, un artista que pese a su prematuro fallecimiento logró ubicar su nombre y su trabajo en un puesto de primera línea en la historia del arte, no sólo de Colombia sino, en general, del siglo XX, viene a mi memoria la primera exposición que llevó a cabo en el país después de haberse radicado en París por un par de años. Dirigía yo por ese entonces la galería Belarca en Bogotá, y no sólo me había impresionado hondamente el dibujo con el cual Morales se había hecho acreedor al Primer Premio en la I Bienal Panamericana de Artes Gráficas del Museo La Tertulia en 1970, sino que las noticias que llegaban de Europa sobre sus logros eran cada vez más admirativas y entusiastas. Me propuse entonces invitarlo a presentar su trabajo en una muestra individual, ofrecimiento que él aceptó gustosamente con el ánimo colaborador y descomplicado que distinguió su trayectoria profesional.

Pues bien, la exposición tuvo lugar en julio de 1971 y su impacto no pudo haber sido más resonante. El público de arte, que por esos años no era muy nutrido en la ciudad, se volcó literalmente sobre la galería, que permaneció repleta durante los dos meses que duró la muestra, batiendo todos los récord en materia de visitantes a una exposición artística. Todos querían ver la obra de Morales, puesto que el dominio de su técnica se fue propagando de boca en boca y su temática franca y lúcida había despertado la curiosidad, tanto de hombres como de mujeres, tanto de gente joven como de gente mayor y tanto de entendidos como de personas sin mayores conocimientos de la plástica.

Hubo, por supuesto, quienes acudieron a la muestra movidos por el morbo que podían suscitar sus representaciones de mujeres desnudas en posición explícita, pero la mayoría de las personas disfrutó especialmente de su dominio en la representación del cuerpo humano y de su virtuoso manejo del lápiz y del carboncillo. Se trataba de dibujos de grandes dimensiones y de un realismo apabullante de origen fotográfico, pero ante todo de imágenes de soledad y de silencio, de obras imbuidas por un halo poético que las despojaba de toda malicia o lubricidad y que predecía los nuevos rumbos que habría de recorrer su producción.

A pesar de los importantes aportes que representaron las obras de los otros artistas colombianos radicados en París y presentadas en Colombia en esa década, ninguna tuvo tan honda repercusión en el público y la crítica. Ni los dibujos de Luis Caballero, que empezaban a seguir parámetros renacentistas y cuya intensidad expresiva era evidente, ni las representaciones de Alfredo Guerrero, que por entonces trabajaba en una temática de objetos pop combinados con un afinado sentido del absurdo, ni los peritos billaristas de Saturnino Ramírez concentrados en ese instante de meditación y de suspenso que precede a la jugada, lograron una reacción tan emotiva o incitaron tan unánimemente a la reflexión como los desnudos de Darío Morales.

Su trabajo evolucionaría rápidamente transformando su nitidez en tonalidades suaves y sutiles y orientándose cada vez más francamente hacia una sensualidad idealizada, dirigida a los sentimientos y relacionada con ideales, sueños y evocaciones, abriendo de esta forma camino para la obra de otros artistas que incursionarían más adelante en el desnudo tanto femenino como masculino. Pero quienes fuimos testigos de esa primera presentación de los desnudos de Darío Morales en Colombia, quienes tuvimos la suerte de apreciar en su momento esas imágenes francas y sensuales, sin antecedentes en la historia del arte colombiano, jamás podremos olvidar la honda impresión que nos depararon tanto por su contenido humanista como por su logro artístico.

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