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| 11/4/1985 12:00:00 AM

EL PUENTE ESTA EMPACADO...

Toda una polémica se armó en torno del insólito trabajo del búlgaro Christo Javacheff: la envoltura del Pont Neuf parisino.

Con la prisa de aquellos que temen perder al filo de la medianoche el último metro, los parisinos se han volcado en estos días de verano tardío sobre el Pont Neuf, el más bello y paradójicamente, el más antiguo de la ciudad. Todos están urgidos de acudir a este sitio, donde Christo Javacheff, un artista búlgaro de 50 años obsesionado por lo insólito, les ha puesto una cita que sólo pueden cumplir ahora: el venerado Pont Neuf, empaquetado en tela color champaña de uno a otro costado del Sena, será un espectáculo forzosamente provisional. En quince días, todo habrá vuelto a su anterior estado.
Las reacciones del gran público ante lo que se ha convertido en el mayor evento cultural de la rentrée, son diversas. Es, sin embargo, fácil percibir, en medio del ir y venir de la gente, la simpatía que despierta este monumental trabajo. "Es una sorpresa muy agradable", le dice a SEMANA Jacques Dimier, un dibujante que ha ido dos veces a contemplar la obra de arte. "Un nuevo modo de ver una cosa conocida es escondiéndola" , agrega. "Antes de verla realizada pensé que esa idea era una locura. Ahora no pienso lo mismo. Veo que es otro y a la vez el mismo puente", comenta Claude Fister, un fotógrafo profesional que está convencido de que "en todo esto hay algo de magia".
Otros, sin cuestionar a fondo el planteamiento de Christo, hacen reproches menores. "Podría haber salido con algo más audaz, con un color más intenso", nos dice Patrick Roche, un reportero gráfico. Juanita Gómez, una sicóloga colombiana, parece coincidir en este punto. La ausencia de mayor colorido la desilusionó. "Yo sé lo que ha hecho Christo en otras partes. Esta vez hizo demasiadas concesiones a la ciudad", dice, al comentarle a SEMANA que había un tráfico endemoniado de autos y peatones sobre el puente cuando ella lo visitó. No obstante, es justamente ese tono crudo de la tela lo que más agradó a un profesor francés consultado por este reportero. "El contraste del dorado champaña con el verde de los árboles del vecindario es estupendo y no rompe el ritmo del color local", dijo Gerard Fenoy.
Mientras este debate continúa informalmente entre los paseantes de la calle de los Augustinos, o entre las parejas que toman el sol en la plaza Dauphine, el desfile prosigue sobre el puente, congestionando en especial su andén derecho, que está igualmente cubierto por la inmensa tela color piedra. La sensación de no camínar necesariamente sobre asfalto, parece fascinarle a la gente. Algunas ancianas, no menos entusiastas que los observadores jóvenes, tras enérgica caminata deciden descansar un poco y toman asiento en las bancas (tambien invadidas por la tela de Christo) que ofrece el monumento en algunos puntos.
Al fin y al cabo, se trata del Pont Neuf, un lugar hospitalario y libre desde siempre. Todo el mundo sabe aquí que éste fue el primer puente de la ciudad que el pueblo pudo cruzar sin pagar impuesto. Empezado a construir en 1578 por el reinado de Enrique III, e inaugurado sólo hasta 1606 por Enrique IV, cuya estatua ecuestre vigila la Cité desde 1792, el Pont Neuf fue durante mucho tiempo, lugar bullicioso y festivo, punto de encuentro de comerciantes ambulantes y artistas extranjeros, quienes podían allí representar sus comedias al aire libre.
Diez años tuvo que esperar Christo para que las autoridades le permitieran realizar ese proyecto. El año pasado la Alcaldía de París dio su permiso, pero sólo hasta julio pasado otorgó la confirmación definitiva, gracias a la mediación personal del presidente Francois Mitterrand. El primer paso que dio el búlgaro fue abrir una oficina en la calle Malaquías. Allí él y su mujer, Jeanne-Claude, contrataron las 320 personas que pusieron en marcha la obra. "Este es el más urbano de mis trabajos", dice él. "Toda la organización, los materiales, los centenares de personas que trabajaron en el asunto, se agolparon en un perímetro de 300 metros, sin afectar la circulación".
Jeanne-Claude es toda una ejecutiva. Presidenta y tesorera de la corporación CVJ, sociedad con sede en Nueva York desde 1964, e hija de un militar francés, es quien dirige el personal, atiende a la prensa, ahuyenta a los fotógrafos intrusos, dispuesta a cobrarles cada toma exclusiva, etc. Fue ella quien absolvió el mejor interrogante del público: cómo financia Christo sus obras. "Con la venta de sus bosquejos preparatorios", insiste. "Un diseño típico de 72 por 56 centímetros se vende a 18 mil dólares", asegura, al explicar que para la realización del empaquetamiento del Pont Neuf, su esposo hizo entre 400 y 450 dibujos y maquetas, de tal suerte que el producto de las ventas les permitió costear una parte del montaje. Un banco les prestó el faltante. "Lo importante es haber realizado la obra" concluye Jeanne-Claude.
Se calcula que, en total, Christo ha gastado dos millones de dólares en esta nueva aventura. La envoltura del monumento necesitó casi 40 mil metros cuadrados de una tela especial a prueba de incendios tejida en Alemania Federal y 11 kilómetros de cuerdas diversas. En sólo salarios dicen haber pagado casi 90 mil dólares. Como una de las condiciones puestas por la Alcaldía fue no hacer perforaciones ni adherencias en el puente, tuvieron que fabricar contrapesos de hormigón y acero para sujetar la tela, e instalar protecciones en hierro y madera a todo lo largo de la vía, así como contratar carpinteros, alpinistas, buzos e ingenieros para izar y coser las piezas, de acuerdo a las formas del monumento. Un pequeño ejército de estudiantes y de jóvenes desempleados fue reclutado para garantizar la vigilancia día y noche de la obra y suministrar información en inglés y francés a los curiosos. Una vez desmontada la creación, el ropaje fugaz del puente será devuelto a Alemania y quemado delante de un alguacil.
Sumo sacerdote del arte contemporáneo y a su vez jefe de la cuadrilla de artesanos que pone en movimiento el descomunal aparataje que supone cada obra suya, Christo Javacheff, de pelo ensortijado y gafas ordinarias, es el mejor comentarista de sus propias creaciones: "Esta es una cuestión más de escultura que de pintura", declara a Le Monde. "De una escultura gigantesca. El puente sigue siendo el puente. Vuelve a mi memoria mi vieja idea acerca de aquella marginalidad de la tela en la historia del arte; pienso en la importancia de los ropajes en la antiguedad, en todos esos velos esculpidos por gentes anónimas y por todo el mundo, en madera, mármol y bronce... ".
La transitoriedad de las obras de Christo es otro elemento. El viene empaquetando cosas hace tiempo. En 1974 fue un muro romano, a comienzos de esta década rodeó las pequeñas islas de la bahía Biscayn, en Florida, con seis millones y medio de metros de plástico color rosa; en 1972 tendió una inmensa cortina de nylon en Colorado. Todas fueron obras de vida muy corta, no más de dos semanas, como mucho. El embalaje del Pont Neuf correrá igual suerte. "Mañana, esto terminará. Así es como yo veo al mundo: precario. La tela tiembla, y el puente parece agitarse".
No todo el mundo acepta estas categorías. Arturo de Narváez, un pintor colombiano que encontró SEMANA observando el desfile de gentes sobre la calzada, declaró que lo de Christo "es más una operación política que un hecho estético". Indudablemente estos gestos contribuyen a recuperar la imagen de París como capital del arte, pero no van más allá, dice. "Además, aquí todos los días empaquetan edificios para limpiarlos o repararlos, luego, ¿dónde está la orginalidad?", ironiza.
El próximo paso de Javacheff será en Japón, donde le han dado permiso para levantar una descomunal cortina de sombrillas. Más tarde, dará nuevos toques a su proyecto de empaquetar el Reichstag, en Berlín, y reunir el dinero que debe por lo que hizo en París. Christo no descansa, al parecer. "Pero cómo", le respondía una persona a este reportero. "Con un nombre así, es lógico que trate de inmortalizarse".
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