Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2009/10/31 00:00

El puente no está quebrado

Con la inauguración de la Casa de la Cultura Binacional en Ipiales se demuestra que los vínculos culturales con Ecuador son más fuertes y resistentes que la tensa política.

Este es el nuevo epicentro de la cultura en Ipiales y la frontera, después de estar en un deplorable estado de abandono. En 2008 fue declarada Patrimonio Arquitectónico de Colombia gracias a su remodelación, y hace ocho días se inauguró con un concierto

Sobre el río Guaitara, la frontera natural entre Nariño y el norte de Ecuador, hay dos puentes. El primero, el Puente Internacional Rumichaca, conecta a Colombia con el sur del continente por la Vía Panamericana. Unos 1.600 automóviles lo cruzan todos días, entre trancones, puestos de aduana y retenes militares. Sobre el otro, que se ve a la distancia, se asientan dos casas republicanas: del lado sur del río, la antigua sede de Aduanas del Ecuador, alta, blanca y con columnas rosadas; y, del otro, el frontiscipio art nouveau de La Casa de Aduanas de Colombia, que hasta hace poco estaba en ruinas. Su señorío contrasta con el caos de una frontera entre dos países que rompieron relaciones diplomáticas hace más de un año.

Desde el 22 de octubre la antigua Casa de Aduanas del lado colombiano es sede del Centro Binacional de la Cultura en la frontera. Un centro que, como su nombre lo dice, pretende estrechar los lazos culturales entre los dos países. Será la sede de una Orquesta Binacional a cargo de la Fundación Batuta, el centro de operaciones del Consejo de Juventudes de Ipiales y, centro de reuniones binacionales entre ambos gobiernos. Como abrebocas, el día de la inauguración hubo una muestra de las danzas típicas de la región (el sanjuanito, el son sureño y la guaneña) y otra del Carnaval Multicolor de la Frontera, que se celebra los primeros días de enero. La viceministra de Cultura, el alcalde de Ipiales, el vicealcalde y el cónsul de Tulcán (la ciudad ecuatoriana del otro lado de la frontera), y una delegación de ambos países recorrieron la casa, cortaron la cinta roja y presenciaron la bendición del obispo de Ipiales. Todo era optimismo. La casa, después de todo, pretende fortalecer los deteriorados vínculos entre Colombia y Ecuador.
Días antes de la inauguración, el 9 de octubre, unos 400 comerciantes colombianos y ecuatorianos se habían tomado el Puente Internacional, para protestar por las nuevas medidas con que la Dian y la Policía ecuatoriana intentan restringir el intercambio comercial entre los dos países. Los comerciantes quemaron un carro y, para bloquear el tránsito definitivamente, inmovilizaron una tractomula que cruzaba el puente. Pedían a las autoridades que flexibilizaran las medidas de restricción comercial entre los dos países (un comercio que, según ellos, es su única forma de vida, aunque la Dian lo clasifique de un tiempo para acá como contrabando). Y aunque su principal objetivo era llamar la atención de los cancilleres Jaime Bermúdez y Fander Falconí, que ese día estaban reunidos en el centro de Ipiales, el gobierno no se pronunció. Dos días después, los disturbios se repitieron en la sede de la Cámara de Comercio. Que la Dian iniciara un decomiso masivo a las bodegas y los almacenes del centro a las 5 de la mañana enfureció de nuevo a los habitantes de Ipiales.

Cultura más allá
de la frontera
“El puente de allá es el puente político”, dice Jaime Coral, antiguo director de la Casa de la Cultura en Ipiales, mientras señala desde el segundo piso de la Casa de Aduana el Puente Internacional que atraviesa la Vía Panamericana. “El de acá (el puente natural, sobre el que está construida la casa) es el puente cultural, el puente histórico”. Coral cuenta que el río Guaitara (El Carchi, del lado de Ecuador) frenó la furiosa expansión incaica del siglo XVI. El puente, sede de la aduana en la época republicana, ha sido desde entonces punto de encuentro entre presidentes, escenario de firmas de tratados binacionales y testigo de los cambios históricos de las relaciones entre los dos países. En 1978, con la construcción del Puente Internacional que une la Vía Panamericana, la casa se convirtió en sede las estrafalarias fiestas de los aduaneros. Montaron un billar en el segundo piso de la casa, traían mujeres de Cali y tomaban whisky de contrabando. La casa de fiestas fue desmantelada en 1988 y durante años estuvo deshabitada.
La reciente necesidad de tener una sede de encuentros binacionales en territorio colombiano (hasta hace poco las reuniones se llevaban a cabo en la Casa de Aduanas del lado de Ecuador o en Ibarra), hizo que hace unos 15 meses el alcalde Gustavo Estupiñán pusiera los ojos en la deteriorada casa republicana. Gracias a su gestión, la casa fue declarada Patrimonio Arquitectónico de la Nación y Bien de Interés Cultural en 2008, se consiguieron fondos del Ministerio de Cultura y la Gobernación de Nariño para remodelarla y de la Corporación Andina de Fomento (CAF) para ponerla en funcionamiento. La casa cuenta ahora con una sala de cómputo, un salón de exposiciones, una plazoleta de eventos, cafetería e instalaciones para las reuniones entre gobernantes. Con todo, “el significado de esta casa trasciende lo político”, dice Carlos Andrés Arteaga, el secretario de Cultura de Ipiales. “Aquí las relaciones binacionales se empiezan a ver a través de otros procesos. Se nota la presencia del Estado, pero de otra manera. No desde la dominación, sino desde la cultura”.
Un ejemplo claro de lo que dice es la Orquesta Binacional de la Frontera de la Fundación Batuta. La idea es que 90 niños colombianos y 90 ecuatorianos se reúnan dos veces a la semana en la Casa de la Cultura Binacional y que en un par de años haya una Orquesta Sinfónica que funcione de manera permanente en la frontera. En palabras de Juan Antonio Cuéllar, director de la Fundación, “los músicos de una orquesta están obligados a armonizar entre ellos. Esto, que se convierte en metáfora de la armonía entre las personas es una estrategia muy bonita para estrechar vínculos entre los pueblos”. Y lo que dice no es un simple juego de palabras. La estrategia de crear una Orquesta Binacional es tan efectiva no es la primera vez que se pone en marcha. El director argentino–israeli Daniel Baremboim fundó hace 10 años The West Eastern Divan, una orquesta conformada por jóvenes palestinos e israelíes y aunque la iniciativa ha generado controversia, es conocida en todo el mundo como ejemplo de unión de dos pueblos en conflicto.

Lo que queda
En las calles de Ipiales se oye decir que el conflicto entre Colombia y Ecuador es un problema de los gobiernos, entre Rafael Correa y Álvaro Uribe, y de los cancilleres. No de la gente. “A diferencia de lo que puede parecer en el centro del país, nuestras relaciones con los ecuatorianos se han caracterizado por ser fraternales”, dice Jorge Woodcock, uno de los organizadores del Festival Internacional de Tríos que se realizó a mediados de octubre en la ciudad. “Tenemos relaciones comerciales, familiares y culturales”. Los colombianos, por ejemplo, bailan el sanjuanito en las fiestas como si fueran ecuatorianos, y los ecuatorianos con un par de tragos bailan el son sureño o la guaneña como si hubieran nacido en Nariño. Pero los ipialeños y los tulcaneños no sólo comparten costumbres. Son hijos de un mismo ancestro: los indígenas pastos. De ahí que los habitantes de ambos lados del río compartan leyendas, tengan el mismo acento y se parezcan físicamente.
De ahí, también, que las manifestaciones binacionales en la frontera no sean pocas y hayan aumentado, al parecer, desde los inicios del conflicto diplomático entre Colombia y Ecuador. Woodcock recuerda el abrazo fraternal entre los alcaldes de Ipiales y Tulcán sobre el Puente Internacional, días después del rompimiento de relaciones diplomáticas entre Colombia y Ecuador –un gesto que movilizó a cientos de colombianos y ecuatorianos a la frontera para acompañar a sus gobernantes–. Desde entonces, eventos como el Festival Internacional de Tríos, el Carnaval Multicolor de la Frontera y la inauguración de la Casa Binacional de la Cultura parecen más urgentes. “Nosotros lo que queremos es darle muestras al gobierno central de que aquí vivimos en paz y queremos pedirle que nos respete las condiciones que necesitamos para vivir como siempre lo hemos hecho”, termina Woodcock. La antigua Casa de Aduanas quizá sea una manera. De ser una fría sede administrativa y comercial, pasó a ser símbolo de la hermandad entre los dos países. Un símbolo que por estos días vale más que mil palabras cruzadas entre mandatarios. n

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