Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1984/10/29 00:00

EL R-4 DE LA LECTURA

La nueva colección de La Oveja Negra, muestra de gran mercadeo y mala tipografía

EL R-4 DE LA LECTURA

Cien años de lectura debería llamarse sin aspavientos la impresionante colección de 100 títulos que bajo el título "Biblioteca de literatura colombiana" ya está en circulación. Autores, temas y $ 195, todos colombianos, definen la enjundia del proyecto. Porque no es fácil y sí muy arriesgado vender literatura en esas dimensiones. Desde las colecciones oficiales de los años 30 o el añejo esfuerzo de Colcultura, en toda América Latina jamás una empresa privada se había atrevido a editar patria y de la inédita: 20 autores saborean la tinta impresa por primera vez o con obras originales. El resto, reimpresiones. Cinco mujeres comparten el paquete editorial. Cuatro empresas financieras, nueve imprentas, una papelera, dos distribuidoras ,junto con cinco directores, resumen la labor. Han adquirido derechos de autor de libros y autores clásicos que estaban en poder de otras casas editoriales. Que cuando son estupendos sucede lo mismo que con los futbolistas: se cotizan a precias astronómicos. Y los pases valen millones. No hay que olvidar que un editor por cada buen autor que refuerza sus arcas imprime novelas y escritos de desconocidos. Incluso muchos de ellos viven de su best-seller. Por ello no deja de ser espectacular que esta biblioteca agrupe a García Márquez, Samper Pizano, Klim, Castro Caycedo, Caballero Calderón, Luis Vidales, Alvarez Gardeazábal, Soto Aparicio, etc., cuyos libros en muchos casos son de lectura obligatoria en el bachillerato nacional. Si pasamos al diseño que es de lo que se ocupan los ojos y esta columna, por desgracia el panorama se torna incierto, brumoso y crítico.
El diseño de cubierta no es colombiano. Y todo lo era. Aunque apenas sea un asunto formal y de presentación, muestra una grieta que alude a la indiferencia del editor por este aspecto; o más grave aún, a la desconfianza que imprime trabajar estas áreas con nativos. No hay que olvidar que el aspecto visual cobra tal importancia hoy día, que en un alto porcentaje la envoltura vende el confite. La cubierta de la colección es la adaptación de un finísimo diseño elaborado hace años por la casa española Bruguera para su serie "Narradores de hoy". Una característica es el uso de cuatro tintas planas que para cada libro varían. En el caso colombiano sólo una lo hace. La tipografía es distinta: mayúsculas versus minúsculas.
La española para cada ejemplar acompaña un ornamento tipográfico que le otorga un toque de elegancia. En nuestro caso el sello editorial reemplaza la viñeta, ya desplazado de su eje central y rompiendo la simetría original. Adicionalmente se eliminaron las solapas que prolongaban una unidad visual y servían para introducir al lector a la obra. En contracubierta se descartó la nota biográfica del autor y su fotografía, de nuevo demeritando el patrón original y privando al lector de saber quién es Germán Cuervo, José Cardona, o alguno de los monstruos como Zalamea Borda, Cordovez Moure o Uribe Piedrahíta. El único elemento colombiano es lo obvio: la bandera tricolor en el lomo, simpleza de concepto y precariedad de medios. Con el inconveniente que "corta" abruptamente con los sepias y cafés, emblemas del conjunto.
Los dos primeros ejemplares son reimpresiones. Al usar matrices impresas, la disparidad de tonalidad por página, y grosores de letras diferentes ocasionan un obstáculo inconsciente pero determinante en la legibilidad, tiempos de lectura, etc., apenas compensados por la fruición que transmitan los autores. Si pensamos que de la centena de títulos unos 75 son ejemplares ya publicados valdrá la pena estar atentos para no repetir el desliz. Mientras el libro de García Márquez coloca fechas, el de José Eustacio Rivera las omite. Ni ciudad ni año de impresión, suprimiendo convenciones establecidas. Además olvidó colocar adentro el número del tomo: error que pagará una encuadernación futura cuando se cambie la pasta blanda por una dura. A pesar de ser errores menores en el aspecto bibliográfico, la pureza editorial se menoscaba al desdeñar aspectos profesionales, de orgullo, de oficio, de talante.
Si los libros los escriben escritores ¿por qué no los hacen los tipógrafos y diseñadores? ¿Qué vale ser expertos en mercadeo y promociones si los productos no pasan las barreras de sanidad tipográfica? Hay una tradición en estas lides, y jamás de la dificultad de lanzar cohetes o fabricar relojes. La tecnología del libro es sencilla pero especializada. Esta biblioteca, el R-4 de la lectura, se defenderá por el motor pero no por la carrocería. La oveja sigue siendo negra en diagramación y tipografía pero inigualable en capacidad, esfuerzo, coraje y ejemplo de mostrarle a un país su historia y su imaginación, más allá de la latente frustración. Viva la Oveja Negra Editorial.- Camilo Umaña Caro -

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