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| 4/16/2014 12:00:00 AM

El regreso de Philip Marlowe

Bajo el seudónimo de Benjamin Black, el escritor John Banville revive en esta novela al legendario detective de Raymond Chandler.

Benjamin Black
La rubia de ojos negros
Alfaguara, 2014
326 páginas

En una reunión de escritores en la que estaban, entre otros, Juan Carlos Onetti, alguien preguntó cuál sería para ellos un libro absolutamente imprescindible. Todos coincidieron en la respuesta: El largo adiós, de Raymond Chandler. No es fácil poner de acuerdo a los escritores. Pero Chandler, sin duda, consigue la unanimidad. Chandler y su gran creación, el detective Philip Marlowe, ese hombre honesto y melancólico que, en los años cincuenta, resolvía sus casos en la ciudad de Los Ángeles.

Raymond Chandler murió en 1959. Por supuesto que Marlowe aún vive. Pero a los detectives modernos no les gusta, como a él, el ajedrez y la poesía. Han perdido la elegancia, algo que era imprescindible para Chandler a la hora de escribir literatura policíaca: “A mí me importa poco quién mata al mayordomo; lo que verdaderamente importa es el estilo. Incluso se puede escribir sobre nada, pero hacerlo bien, con arte”.  El estilo, sin duda, se ha descuidado. Tal vez por eso, los herederos de Chandler, decidieron hacerle al reconocido escritor irlandés John Banville, una propuesta inusitada: revivir al detective Philip Marlowe. No obstante las dudas razonables –ser acusado de un interés comercial- y la dificultad de emular a Chandler, Banville aceptó el reto. Le parecía que la violencia, y en particular la violencia contra la mujer -bajo la excusa de hacer una denuncia social- ha invadido la literatura policíaca. Y que nos estábamos llenando de obras pésimamente escritas “que alientan el sadismo y la crueldad”.

Con el seudónimo de Benjamin Black –que había utilizado para sus novelas negras-, John Banville escribió entonces La rubia de ojos negros, en la que el detective Philip Marlowe vuelve de nuevo a ser protagonista. ¿Funcionó el experimento de reanimación? Según las voces autorizadas, sí. Dice Richard Ford: “Banville ha encarnado a Chandler de manera irresistible: un doble golpe de misterio”. Y dice Stephen King: “Allá donde se encuentre, Raymond Chandler sonríe ante la implacable factura de esta novela negra en la que resuenan perfectamente afinados los ecos de la melancolía del propio Chandler. La historia es fantástica, pero lo que me ha dejado boquiabierto es cómo John Banville ha captado el efecto acumulativo que la prosa de Chandler tenía sobre el lector… Me ha encantado esta obra. Ha sido como si entrase en la habitación un viejo amigo, uno que ya tenías asumido que había muerto”. 

Citas de contraportada y con las citas de contraportada, ya se sabe, podría argumentar un suspicaz lector (en materia de literatura policíaca la suspicacia es regla).  Invito al incrédulo lector a que abra esta novela al azar: en cualquiera de sus páginas encontrará un diálogo memorable, una aguda reflexión. Pero si es de los que hace el examen en el primer párrafo, tampoco se decepcionará: “Era martes, una de esas tardes de verano en que la Tierra parece haberse detenido. El teléfono, sobre la mesa de mi despacho, tenía aspecto de sentirse observado. Por la ventana polvorienta de la oficina se veía un lento reguero de coches y a un puñado de buenos ciudadanos de nuestra encantadora ciudad, la mayoría hombres con sombrero, que deambulaban sin rumbo por la acera. Me fijé en una mujer que, en la esquina de Cahuenga y Hollywood, aguardaba a que cambiara la luz del semáforo…”. 

No todo ha de ser estilo. A pesar de lo que hemos dicho, uno también lee una novela policíaca para quedar atrapado en una trama y no querer soltar el libro hasta que se resuelva el enigma. De eso también hay en La rubia de ojos negros, en la que el detective Chandler es contratado para resolver el misterio de la muerte de Nico Peterson, un representante de actores de Hollywood. Quien lo contrata es la perturbadora Clare Cavendish –otra prueba para el estoico Marlowe- rica heredera de una empresa de perfumes y examante de Peterson. Lo contrata porque hace dos semanas vio, en una calle de San Francisco, a Nico Peterson, vivito y coleando… Como alguien dijo: a esta novela lo único que le falta es el olor a viejo de los libros de Chandler.  
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