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| 12/26/1988 12:00:00 AM

EL REGRESO DEL PATRIARCA

Cuando se creía agotado el tema, el chileno Fernando Jerez publica una novela sobre dictadores.


Dentro de ese género curioso y resbaladizo que en Latinoamérica une la política con la narrativa o, para ser más exactos, dentro de ese género que parecía extinguido de la novela sobre dictadores y mandatarios abusivos, existe- una historia modesta que los estudiosos siguen mirando como un ejemplo de perfección, humor negro, contradicciones humanas y sorpresas políticas; la novela "La alfombra roja" de la escritora argentina Marta Lynch quien, en octubre de 1985, asqueada de la parálisis que le afectaba medio cuerpo y preocupada por una belleza y una elegancia que ya no eran más suyas, se disparó, encerrada en su estudio de Buenos Aires. En ese libro dibujaba muy bien el ascenso de una clase política asqueante y la presencia de personajes secundarios que medran alrededor del poderoso. Cuando algunos comparan el alcance humano y político de "La alfombra roja" con otras novelas más famosas como "El otoño del patriarca", "Yo, el supremo", "Tirano Banderas", "El recurso del método" o "El señor presidente", entre otras, sobreviven el humor negro y ese toque humano indispensables para hacer más verídico ese aire de descomposición moral y humana que se respira en esa breve historia.

Cuando se creía que los dictadores y los mandatarios inescrupulosos ya no daban para más en Latinoamérica, surge "Un día con su excelencia" del chileno Fernando Jerez, editada por Santillana a través de Alfaguara. Los lectores más avisados sabrán encontrar elementos comunes entre ese reino de despotismo, locura, sangre y ambición que es recorrido a zancadas por ese hombre solitario y los acontecimientos que han sacudido a Chile en los últimos años. Jerez ha apelado a las situaciones más extravagantes y los personajes más ridículos para contar una historia que tiene demasiados nexos con la realidad inmediata.

Con un lenguaje que no es renovador pero si cuidadoso, con un hábil empleo del tiempo para ir de atrás hacia adelante y viceversa, como si mezclara los rollos de una película escandalosa, avanza la historia de este gobernante que enloquece con los valses, que se siente fastidiado por la cercanía de sus obsecuentes funcionarios y que siempre quiere comprobar su virilidad con las muchachas que el secretario le proporciona como descanso entre discurso y discurso.

Rodeado de un sistema de alarmas electrónicas que registra hasta los menores roces y rumores sobre las alfombras de palacio, desconfiando de todos, mirando por las cerraduras lo que los demás --amigos y enemigos--están haciendo, el presidente viene ya de regreso a través de la memoria de tantos acontecimientos, de tantos homenajes, de tantas medallas, de tantas mujeres profanadas que ahora apenas son un olor en el recuerdo. Y ese hombre, que ha llegado a acumular tanto poder, se convierte en una sombra de su propia sombra, mientras los niños lo miran como un objeto que debe ser desechado del todo. En medio de la barahúnda de funcionarios, lacayos, amantes y familiares ambiciosos, los únicos que le permitirán a su excelencia medir la realidad, serán los niños, los que no mienten, quienes entre los fuegos artificiales y las bandas de música, son capaces de identificar el malestar que sacude el cuerpo lleno de arrugas y calambres de un hombre que se empecina en seguir gobernando mal.

Este no es un libro excelente, está lleno de lugares comunes, recursos técnicos que otros autores han explotado con mayor fortuna y las situaciones que intentan ridiculizar al personaje --ese gobernante mítico que no tiene la proyección histórica de los que fueron reproducidos en sus libros por Carpentier, Roa Bastos o Garcia Márquez--, muchas veces se salen de manos de Jerez y se convierten en simples descripciones que confunden al lector. Pero el autor ha sabido conducir su crónica con el apoyo de varias voces que van aportando los distintos elementos que se acoplan, se contradicen, se excluyen y se complementan hasta cuando emerge la figura de ese hombre lascivo, que se siente más emocionado con las mujeres que tuvo que con los beneficios dejados al pueblo que lo ha soportado durante todos estos años. Por eso el erotismo es uno de los elementos claves en esta novela y Jerez lo dosifica convenientemente. Serán los impulsos sexuales del dictador, solitario y acabado, los que den cierta unidad a un relato que en ocasiones camina ciegamente, como algunos de sus personajes.

Es interesante seguir la trayectoria de la carrera pública de este hombre y descubrir rasgos comunes con Pinochet. La afición por las paradas militares, los uniformes, las medallas, la desconfianza hacia todos, la obsesión por las medidas de seguridad. Ciertas frases soltadas como quien no quiere, en medio de diálogos aparentemente anodinos, sirven para comprender que la insania del personaje literario no es gratuita, está anclada a pocos pasos de la Casa de la Moneda y las escenas, mientras espera los equipos de televisión, son típicas, lo mismo que la descripción de los torturados. Es que en medio de la broma salta el puño en alto.--
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