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| 3/21/2004 12:00:00 AM

El renacer de un oficio

Una generación de arquitectos colombianos se abre paso con propuestas novedosas y de gran calidad. Sus ideas ya han trascendido las fronteras.

Durante más de una década la arquitectura colombiana permaneció en la sombra. Hoy, cuando el optimismo en el país regresa, una nueva generación de arquitectos comienza a emerger con gran entusiasmo. Sus edificios hacen pensar que el período de hibernación ha terminado. Es el despertar de las nuevas ideas y la nueva arquitectura.

A lo largo de la historia el hombre ha buscado inmortalizar su cultura a través de la arquitectura. Grandes civilizaciones pueden reconstruirse a partir de fragmentos de muros o columnas. Los edificios delatan el espíritu de una época. Los recientes años de crisis en Colombia quedaron retratados en millones de metros cuadrados de mal gusto. La arquitectura colombiana transitó un largo túnel oscuro, del cual hasta ahora comienza a verse la salida. Los dineros ilimitados del narcotráfico que usó la finca raíz como fuente constante para lavar dinero y la abrupta apertura económica la empujaron a un abismo de extravagancias importadas. Los que se aventuraron a asumir la vanguardia cayeron inevitablemente en la mala copia de edificios que llegaban a través de revistas extranjeras. Fue así como se expandieron las ideas del querer parecer. Parecer minimalista, parecer deconstructivista, parecer loft.

Untitled Document Sin embargo, al margen estuvieron jóvenes arquitectos que buscaron con mucho ingenio y reflexión la manera de salir adelante. Sus obras, ante todo, hacen recordar la época dorada de Fernando Martínez, Guillermo Bermúdez y Rogelio Salmona. Con ellos comparten el empeño por devolverle el protagonismo a valores arquitectónicos heredados desde la colonia como la sobriedad, la pureza y el significado.

Al finalizar la década de los 90, un nuevo aire de optimismo en el país -acompañado del creciente auge de la construcción- hizo que se promovieran concursos públicos para construir edificios de gran envergadura. La red de bibliotecas, colegios, alamedas y obras de transporte en Bogotá y el pabellón de cremación del cementerio Campos de Paz, de Felipe Uribe, Mauricio Gaviria y Héctor Mejía, y la Plazoleta de los Pies Descalzos, de Ana Vélez, Giovanna Spera y Felipe Uribe, en Medellín, se constituyeron en obras que sirvieron como guía para enderezar el camino extraviado.

Reacomodado el norte, en la actualidad edificios como el Archivo Distrital, de Juan Pablo Ortiz, en el centro histórico de Bogotá, y el nuevo Restaurante Wok, de Guillermo Fischer, en la calle 120 con avenida 19, en el norte de la ciudad, son ejemplos de esa exitosa mezcla de elementos que parten de una acertada lectura del lugar a intervenir, una conciencia histórica y un diseño contemporáneo consecuente con las necesidades.

Ortiz partió de una revisión histórica de la zona donde iba a construir. "A primera vista parecía no existir un referente histórico importante, pero después de investigar encontré que en la esquina del lote funcionó la principal toma de agua del barrio en la época colonial. En memoria a este hecho, diseñé una plazoleta ceremonial en esta esquina que contiene un espejo de agua y el acceso principal al edificio", dice Ortiz.

Fischer, por su parte, combinó su característico cuidado por el diseño de los espacios interiores con un volumen que remonta a las formas básicas del movimiento moderno. El edificio, que libera su primera planta para realzar la entrada, parece flotar sobre sus columnas. Esta sensación de liviandad se combina con un meticuloso trabajo de los cielorrasos. Para esto decidió construirlos en madera y jugar con sus alturas, con lo que logró transmitir sensaciones de movimiento que contrastan con la aparente rigidez de las fachadas. La cocina, la barra y las zonas de servicios se integran con el área del comedor. "Pretendo que mis edificios transmitan una honestidad constructiva", dice Fischer.

Otro trabajo destacado es el de Simón Hosie, que con sólo 28 años construyó con el apoyo de la embajada del Japón y el Ministerio de Cultura el centro comunitario La Casa del Pueblo en la vereda Guanacas-Inza, en el departamento de Cauca, a seis horas por carretera de Popayán. De la mano de los habitantes del resguardo indígena paez de Yaquiba, él experimentó nuevas formas de hacer arquitectura fusionando lo que aprendió en la academia con las tradiciones constructivas indígenas. El proyecto, que originalmente fue su tesis de grado, se materializó pocos años después gracias a la experiencia adquirida como colaborador en la reconstrucción del Eje Cafetero. Allí aprendió las posibilidades de la guadua y el trabajo con la gente. Hoy construye con el patrocinio de la Unión Europea otro proyecto similar.

No obstante, estas nuevas ideas parecen no ser compatibles con el mercado inmobiliario de vivienda. Hay contadas excepciones, como el recientemente inaugurado proyecto La Playa, de Ana Elvira Vélez y Juan Echeverry, o el meritorio trabajo de Carlos Pardo desde el grupo Obra Negra, ambos de Medellín. Pero son escasos los proyectos de vivienda masiva que se liberan de la rigidez del mercado para proponer diseños que por lo menos estén a la altura de edificios de vivienda hechos en Colombia décadas atrás. Como ejemplo permanecen las Torres del Parque en Bogotá, de Rogelio Salmona, que en su época fueron construidas para vivienda popular.

La lista de los nuevos arquitectos colombianos es larga. Obras consolidadas como la de los arquitectos Giovanna Spera, Rafael Esguerra, Giancarlo Mazzanti, Luis H. Duque, Leonardo Álvarez, Daniel Bermúdez, Fernando de la Carrera y Daniel Bonilla auguran un futuro esperanzador.

Gracias a los proyectos de estos y muchos otros arquitectos, las futuras generaciones verán en las ciudades -como en un gran libro abierto de historia- que al comenzar este milenio Colombia vivió una época de optimismo. Lo podrán leer en periódicos o ver en películas de archivos históricos, pero sólo al recorrer las ciudades y espacios de los edificios de la nueva arquitectura podrán revivir el espíritu de la época.
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