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| 2/13/1984 12:00:00 AM

EL RETORNO DE SCRIABIN

Un disco con tres sinfonías y dos poemas permite a los melómanos recordar parte de la obra del músico ruso .

Hasta la primera guerra mundial Alexandr Scriabin fue considerado en su Rusia natal y en Europa occidental como uno de los mayores revolucionarios musicales, junto con Schoenberg y Stravinsky. Desde entonces, y hasta los años 60, Scriabin fue olvidado; aun hoy en día su música es apenas conocida por parte de melómanos y dilettantes, excepción hecha de iniciados pianistas. El gran público de todos estos años ha estado entretenido en otras obras más impetuosas y caracteristicas, además de que sobre la reputación póstuma de Scriabin pesan adjetivos incómodos (dandysmo y misticismo), circunstancias que han preservado de cierta popularidad a este enigmático músico ruso.
Alumno y profesor en el conservatorio de Moscú, notable pianista, Scriabin (1872 1918) fue un confeso admirador de Chopin y un decidido seguidor de los poemas sinfónico filosóficos de Richard Strauss cuyas partituras quiso sublimar en medio de vapores y emanaciones derivadas del impresionismo y de la teosofía. Romántico y afrancesado, demócrata de aritocráticos bigotes a la Mallarmé, siempre permaneció fiel a los principios académicos, especialmente por su respeto a la forma sonata y a la libre imitación canónica. Acólito de segunda generación de Liszt y de Wagner, campeón de una estética mórbida del dolor y de las emociones muy en boga a principios del siglo XX, su música orquestal (3 sinfonías y 2 poemas) tiene colores comunes con la de otros compositores occidentales, particularmente con la de Franck y Mahler. Tildado de músico "peligrosamente occidentalizado" por la crítica y el público soviético, Scriabin, como el joven Rimbaud y tantos otros trapecistas del hambre, también defendió el principio de que el arte puede transformar la vida. Heredero de la mejor tradición musical rusa, un grupo de filósofos excéntricos fueron sus autores de cabecera: Marx y Nietzshe, Rudolf Steiner y Madame Blavatsky. Más cercano a Tchaikovsky que a Rachmaninoff, de quien fuera amigo y contemporáneo, pretendió transformar la esencia misma de la música, del ser y del espíritu. Resultado: un clima musical extraño y cautivador, con innegables influencias sobre "el pájaro de fuego" de Stravinski y con tempranos efectos de timbre emparentados con Webern y Berg, de la escuela atonal.
En sus composiciones para piano (85 preludios, 24 estudios, 10 sonatas, y algunos nocturnos) surge el músico personal e íntimo, discípulo ferviente de Buda y Debussy. En sus obras sinfónicas (el Poema Divino, d Poema del Extasis y el Poema del Fuego) aparece el músico fuerte y exteriorizado, émulo consciente de Icaro y Eros, alados y traviesos. Alentó una serie de principios que bien podrían constituir un credo espiritual contemporáneo, curiosa simbiosis de orientalismo y post capitalismo: eliminación del dinero y de las clases sociales, supresión del individualismo a ultranza, instauración de niveles o planos vitales. Una filosofía exótica a comienzos del siglo, ambientada con una de las obras musicales más singulares y ricas de la blanca Rusia. Alexandr Scriabin, músico precursor y teósofo refinado, figura de leyenda que es preciso desempolvar, conocer y disfrutar.
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