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| 12/12/1988 12:00:00 AM

EL REY NILO

Por fin en español "El callejón de los milagros", la novela del egipcio Naguib Mahfouz, premio Nobel 1988.

Quien ve a Zaita una vez, lo recordará el resto de su vida. Zaita es delgado, muy delgado. Negro, muy negro y en la oscuridad lo único que se destaca, como una amenaza maliciosa es el blanco de sus ojos. Vive en una pequeña habitación que le han alquilado los panaderos una habitación llena de basuras, escombros y desperdicios donde Zaita duerme todo el día y sólo en la noche, cuando una ciudad como El Cairo busca el sueño, el licor, el juego o el sexo para sobrevivir a sus propias angustias, sólo entonces, Zaita sale a la calle a trabajar, en busca de los clientes que siguen amarrados a sus manos como si fuera un vicio.
Zaita ejerce un oficio que todos desprecian y que los niños recuerdan con horror. Nadie le habla, nadie se interesa por su vida y él, con el hedor que desprende de su cuerpo que jamás limpia, ayuda a que la leyenda de maldad y soledad aumente: Zaita es el mayor fabricante de lisiados y mendigos de El Cairo. En su habitación convierte a un hombre sano que no ha podido encontrar trabajo,en un mendicante que logra unas cuantas monedas porque se ha transformado en un cojo, un jorobado, un ciego, un tuerto, un manco o un paralítico. Con sus manos que son garfios y con la ayuda de tenazas, palos y palancas, los brazos, las cabezas, los pies, las manos, los ojos y todos los demás miembros de quienes están desesperados por el hambre son triturados, volteados al revés, amputados, agrandados o recogidos, convertidos en muñones sangrientos que le aseguran a su dueño la supervivencia en esas calles llenas de desperdicios y rameras jóvenes.
Zaita sale por la noche a cobrar un porcentaje de lo que han ganado los mendigos y éstos saben que no pueden eludir ese pago, porque entonces la lesión o las cicatrices que ostentan podrían empeorar.
Zaita vive en una de las zonas más pintorescas y antiguas de El Cairo y es uno de los personajes recreados por el escritor egipcio Naguib Mahfouz en su novela "El callejón de los milagros" (editada en castellano por Alcor en su colección "Las otras culturas"), un libro de 300 páginas que es un retrato delicioso, entretenido y repleto de humor y vitalidad alrededor de personajes comunes y corrientes, que comparten su vida estrecha con los vecinos, que son testigos de amores, odios, resentimientos y lágrimas, que apelan a la amistad y la nostalgia para sobrellevar la carga de haber nacido en un pedazo de tierra donde, aparentemente, nunca ocurre nada y donde el sol tiene que esperar hasta mediodía para calentar ese pedazo de calle donde el lector se topa con los personajes más disparatados.
Son personajes que el escritor ha venido retratando en más de treinta libros, novelas y cuentos, que son un reflejo de la emoción permanente que le producen esos hombres y mujeres que vagan por ciertos sectores de El Cairo en busca de la muerte o el amor.
Si alguien todavía se pregunta por qué le concedieron el Nobel a este hombre que millones de lectores en el mundo entero desconocían hasta la noticia del premio, basta que lea esta novela, que se sumerja en ese callejón donde un barbero está locamente enamorado de una muchacha de pelo muy negro y muy largo que sólo se lava cada dos meses, y quien un día desparecerá con un señor bien vestido. Ese callejón donde la panadera azota al marido todos los días y donde los contertulios del café se la pasan haciéndole bromas a un anciano que pide una mortaja para verle mejor el rostro a Alá y cuando le dicen que ya la tiene, entonces pide que se la regalen, para venderla y ganarse otros centavos.
"El callejón de los milagros" con tiene numerosos elementos que el lector recordará después con una sonrisa y hasta una carcajada, por el humor negro y sutil que se cuela en medio de la miseria de algunos personajes y la tensión de ciertas escenas: en esa atmósfera olorosa a comida, esencias, licor, sueños atrasados y basuras acumuladas, funcionan el café de Kirsha (el propietario es un hombre perdido por la droga y quien a veces, cuando la urgencia del sexo lo empuja a buscar muchachos hermosos, sorprende a los clientes y amigos con una nueva conquista), la tienda de dulces del tío Kamil, la barbería de Abbas, el bazar de Salim Alwan, la panadería, la calle misma y los personajes pintorescos que irán entrelazándose en esta crónica, que tiene como escenario sólo una calle determinada en una ciudad laberíntica y misteriosa como El Cairo, pero con un alcance universal que en algunos momentos recuerda el Macondo de García Márquez, o ciertas zonas de la Alejandría mirada por Durrell, el condado de Faulkner o los suburbios del Buenos Aires de Osvaldo Soriano y así sucesivamente. Ahí están Saniya Afify (la casera que tiene 50 años y quiere casarse de nuevo pero se siente avergonzada), Umm Hamida (tiene fama de conseguirle marido o mujer a los clientes más difíciles), Sanker (el joven camarero del café se convierte en ojos y oídos de todos los dramas que circulan por mesas y sillas), el doctor Booshy (dentista que aprendió el oficio sin ir jamás a una escuela), el anciano poeta que siempre anda de la mano del hijo (sobrevive recitando textos del Profeta, pero poco a poco está siendo remplazado por la maravilla del aparato de radio que pasa canciones y discursos políticos), Hussain Kirsha, hijo del dueño del café y quien trabaja para los británicos (es uno de los pocos personajes a quien la vida ha golpeado menos), el jeque Darwish que se la pasa dormitando mientras los demás juegan ruidosamente, y demás personajes que quieren escapar de la monotonía y la pobreza. Son hombres y mujeres que se enamoran y desengañan, que sufren y se alegran, que beben, juegan y convierten sus gestos más cotidianos en señas de esperanza.
La literatura egipcia es menos que desconocida en Colombia y la obra de autores como Ibrahim al Mazini, Mahmud Taymur, Taha Hussein, Tawfiq al-Hakim, Yahya Haqqi, Yusuf as-Siba'i y Yusuf Idris nunca es mencionada. El descubrimiento de Naguib Mahfouz, gracias al Nobel, es la oportunidad estupenda de asomarse a un mundo alegre, misterioso que se entiende mejor en las respuestas del escritor a las innumerables entrevistas que le han planteado en los últimos días:
- "Me sorprendo cuando los críticos me llaman el Balzac de Egipto, cuando analizan la energía y la vida y el humor que hay en mis personajes, pero no quieren aceptar que no he inventado nada, que todo eso está en las calles, que lo único que hago es repetir lo que veo, oigo y palpo en esa realidad que me acompaña desde siempre".
- "Mis amigos se ríen cuando algunos comentaristas hablan del estado depresivo de mis historias, porque saben que en el fondo soy muy alegre que lo único que quiero es estar en casa con mi mujer, mis dos hijas y mis dos perros, tranquilo".
A los 27 años publicó su primer libro, "Un soplo de locura", y de ahí en adelante no ha dejado de escribir. Lo hace todos los días, desde la madrugada, luego camina por las calles de El Cairo y se reúne en un café con sus amigos, divertido quizás con las interpretaciones que los críticos occidentales están haciendo ahora, apresuradamente, de sus obras.
No hay héroes en la narrativa de este autor, ni sus personajes aspiran a quedar en la historia. Que una mujer los ame, que ganen un juego de dominó o que tengan lista la mortaja para encontrarse con el Profeta, es suficiente para ellos. Y que los dejen dormir tranquilos.
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