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| 6/4/2001 12:00:00 AM

El sacerdote

Cuatro años después de la muerte de Carlos Rojas la Galería Diners le rinde homenaje con una selecta muestra de su trabajo.

Carlos Rojas quiso ser sacerdote. Entró al seminario a pesar de que sus padres eran ateos, a pesar de que su padre, un liberal de trapo rojo, era lo más parecido al primero de los Buendía en la saga de Cien años de soledad y un buen día, en Albán, su pueblo natal, en donde en los años 30 las neveras eran invenciones de gitanos, llevó a su hijo, el futuro mito del arte abstracto colombiano, a conocer el hielo en la maravillosa forma de una paleta. El viejo quería mostrarle las maravillas del mundo. Le regaló una biblioteca con libros prohibidos y, a todas luces, más cercanos al progreso que a la espiritualidad. Sin embargo su hijo insistió: quería ser un santo, buscaba a Dios y creyó que todos los caminos lo llevaban directamente a un seminario. Pese a todo no pasó mucho tiempo entre vitrales y sacerdotes. De los inciensos y las hostias del convento pronto pasó a los planos de arquitectura de la Universidad Javeriana y a los lienzos y a los pinceles de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional. Ganó una beca y continuó sus estudios de artes plásticas en Italia. Ese viaje le sirvió para confrontarse. Por esa época ya había trabajado sus series Papeles pegados y Mujeres en faja, una particular mezcla de arte pop y abstracto, había hecho homenajes a Malevich y Mondrian en su Ingeniería de la visión (y algunos de estos cuadros están hoy en la exposición de Diners). Era un artista reconocido pero todavía no era un abstracto colombiano. Y ese era su destino. Rojas, literalmente, se convertiría en profeta. ¿Qué predicó? Arte. Su vocación espiritual, esa que lo iba a convertir en sacerdote, se hizo cada vez más evidente. Desde la década del 60 hasta su muerte, hace cuatro años, Rojas se comprometió con el arte y con el país de una manera poética. Con su obra se aferró a causas políticas sin necesidad de recurrir al panfleto o a un dibujo que mostrara los horrores de la violencia. Presentó la belleza del continente en su serie América, en especial en sus Horizontes, en los que, a través de líneas horizontales, unas sobre otras, recuperaba los colores de la tierra, el verde particular de la Sabana o el azul del cielo en el Pacífico. Hizo una sabia alegoría personal con El Dorado, una serie en la que trabajó con pigmentos dorados que aluden no sólo al oro indígena y a la furia española en su afán de riqueza, sino a la necesidad de encontrar ese dorado interior que tratan de hallar todos los seres humanos. En sus Cruzados utilizó la cruz como centro de la composición, el cura que llevaba adentro, pero para representar las líneas de un mundo lleno de edificios y presa de la idea de progreso. Pero el desencanto y la rabia por los problemas de Colombia también lo tocó y afectó su obra. Mutantes tal vez es su obra más política. Vuelve a la arquitectura pero sin la fe en los grandes rascacielos: tiene los ojos clavados en la miseria de las zonas suburbanas. En Mater materia, su serie anterior, realizada a principios de los años 80, Rojas empezó a trabajar el collage con materiales de desecho. Su interés era componer pinturas con materiales sólidos y hacer alusión a un mundo en caos; en Mutantes los materiales ya están definidos: son cosas que encuentra en la calle, son maderos quemados, son trozos de ventana de una casa abandonada, son latas, son pedazos de plástico sacados del techo de un rancho de Villa Miseria; son partes de Colombia atrapadas en una composición abstracta. Luego volvió a la pintura con su serie Por pintar, después llegó la muerte. Hoy, en la Galería Diners, se expone algo de su evangelio: sus obras. Ahí están parte de sus Mutantes, la belleza de sus Horizontes; la poesía de El Dorado, la esperanza de su serie Por pintar. Cuatro años después de su muerte el niño que quiso ser sacerdote sigue dando sermones, sermones estéticos, sermones vitales; el sermón de un artista.
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